Representación de una sede diplomática en el Madrid de los años 40 del siglo XX
Crónicas castizas
Espías, nazis, judíos y diplomáticos
El disfraz de periodista es habitual entre los espías de ayer y hoy. Permite indagar y ser preguntón impertinente e indiscreto. Y el pasaporte diplomático te libera del paredón o el garrote vil.
Durante la Segunda Guerra Mundial, España oscilaba entre sser un país neutral o no beligerante. Sin embargo, esa posición estuvo lejos de ser pasiva. Madrid se convirtió en un campo de batalla invisible donde «hunos y otros» libraron una guerra de adoctrinamiento, influencia y propaganda crítica para el curso de esa guerra civil en Europa. En ese escenario actuaron figuras clave: los llamados agregados culturales y de prensa, diplomáticos e intelectuales que fueron auténticos agentes políticos.
Entre ellos destacan tres nombres que encarnan las caras de esa guerra silenciosa: Tom Burns, Ekkehard Tertsch y Josef Hans Lazar .Los dos primeros se casaron con españolas.
Tom Burns fue uno de los principales representantes de la perfidia británica en España. En los años cuarenta ingresó en el Ministerio de Información, la rama propagandística de los servicios secretos del Reino Unido MI6. Desde allí fue enviado a Madrid como agregado de prensa de la legación británica. Su misión era impedir que el régimen de Franco entrara en la guerra del lado del Eje.
Burns desempeñó su papel con una combinación poco habitual de donaire, convicción religiosa y profunda reverencia por la cultura española. Católico convencido y gran conocedor del país, se esforzó en adaptar el relato inglés a un contexto marcado por la reciente Guerra Civil, el anticomunismo gubernamental de Madrid y una afinidad inicial hacia la Alemania nacionalsocialista.
Su propaganda no fue agresiva ni explícita. Al contrario, se basó en la persuasión indirecta, el trato personal con periodistas, intelectuales y miembros del régimen, y la creación de un clima favorable a la neutralidad. El objetivo era evidente: mantener a Franco fuera del conflicto para proteger la ocupación colonial de Gibraltar y asegurar el control de la Royal Navy sobre el Mediterráneo occidental.
Burns entendió que en España no bastaba con combatir la ideología nazi; había que respetar las sensibilidades religiosas y políticas del franquismo para resultar verosímil. Su éxito fue silente pero decisivo: España nunca entró en la guerra y él se casó con una hija del doctor Marañón.
En el bando contrario se encontraba Josef Hans Lazar, diplomático austríaco reciclado y uno de los propagandistas más influyentes del nazismo en la España franquista. Acusado de ser judío, filonazi y toxicómano, era todas esas cosas, una contradicción que refleja la complejidad ideológica del periodo. El hebreo Lazar, nacido en Estambul, fue uno de los voceros del Tercer Reich en España.
Su poder fue notable. Durante buena parte de la guerra, llegó a controlar con éxito indirectamente una parte significativa de la prensa española, sembrando titulares, editoriales y enfoques informativos favorables a Alemania. Lazar supo aprovechar el clima de simpatía del régimen hacia Berlín tras la victoria de los alzados en la Guerra Civil.
Lazar heredó del imperio austrohúngaro, (cuya invocación en sus películas era tan cara al guripa divisionario Berlanga), heridas de la Gran Guerra y un monóculo, así como la afición a vestir de oscuro muy del gusto de su aristocrática esposa transilvana, de la tierra del conde Drácula.
Desde su posición ejerció una labor sistemática para presentar a la Alemania de Hitler como el baluarte del orden europeo frente al comunismo de Stalin, a la busca de convertir a España en un aliado estratégico. Pero, a medida que la guerra avanzaba y el equilibrio militar cambiaba, su influencia se debilitó, más por la presión anglosajona tras la derrota de los «invencibles » en Stalingrado.
Lazar representa el rostro más crudo de la propaganda, donde la información se transforma en arma y la prensa pierde su independencia para servir a intereses ideológicos foráneos .
La figura de Ekkehard Tertsch añade una dimensión trágica y paradójica a este entramado. Diplomático y periodista también austrohúngaro, fue miembro del Partido nazi y trabajó en el ámbito de la información y la diplomacia durante la guerra. Sin embargo, su destino dio un giro inesperado.
Tertsch fue detenido por el propio régimen germano, acusado de formar parte de una conspiración contra Adolf Hitler, uno de los intentos inanes de derrocar al Führer que no le llevaron a ser ahorcado con una cuerda de piano como a otros implicados, pero obtuvo el marchamo de resistente, rentabilizable en el futuro. Aunque fue internado en un campo de concentración hasta el final de la guerra.
Tras la derrota alemana, Tertsch regresó a España, cerrando un ciclo que demuestra las tensiones internas de los regímenes y la fragilidad de las lealtades en tiempos extremos. Contrajo matrimonio con Felisa María del Valle Lersundi , Delegada Provincial de la Sección Femenina falangista en Vizcaya, con la que tuvo tres hijos. Uno de ellos es el eurodiputado Hermann Tertsch.
La labor de estos agregados culturales y de prensa demuestra que la Segunda Guerra Mundial no se decidió de forma exclusiva en los frentes militares. En países como España, la victoria se disputó en embajadas, redacciones, tertulias, cenáculos y despachos.
La neutralidad española fue el resultado de múltiples presiones, recelos y cálculos estratégicos, pero también del trabajo de hombres como Tom Burn, Ekkehard Tertsch y Josef Hans Lazar, que entendieron que controlar el relato era casi tan importante como mandar un ejército.
En esa batalla la información es y fue un arma decisiva. Y Madrid constituyó uno de los escenarios más sofisticados del espionaje y la propaganda europea del siglo XX.Esta es su crónica.