Familia llegando a Madrid

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Crónicas Castizas

Emigrantes, éxodo rural

La madre le aclaró que llevaba al niño en brazos, sufría de espasmos y temía que en uno de esos saliera a la calzada y le arrollara un vehículo. Ya fuera el karma ese que dicen o la divina providencia, la mujer que la interpeló era la enfermera de un afamado neurólogo.

Se vinieron del pueblo, dejaron su zona de confort, familia, amigos y parajes conocidos para mudarse a la gran ciudad en busca de oportunidades, eran jóvenes, fuertes y recién casados. Se instalaron en una pensión, lo que les daba el dinero. A ella no le desagradaba esa convivencia, le gustaba aquello, era sociable y tenía gente con la que hablar. A él un conocido de su tierra le ofreció un puesto de conserje como funcionario pero lo rechazó, era carpintero y muy carpintero, eso lo sabía hacer bien, muy bien. Quería vivir, rara avis, de lo que sabía hacer, no del cuento ni de la cuenta pública. Le cedió el puesto de funcionario a un pariente y éste lo conservó hasta jubilarse incluso cuando su gente medró con otros negocios.

El carpintero trabajó en las obras, había un boom de la construcción de viviendas en España, se levantaron cuatro millones de hogares y todos tenían ventanas, puertas y armarios. No le faltó el trabajo, además faenó como ebanista en la ornamentación de una discoteca de moda que jamás frecuentó después y en los decorados de una película, Doctor Zhivago, también en casa de alguno de los nuevos famosos que querían personalizar su cubil aunque esos eran más renuentes en el pago.

Al cabo de los años dejaron la pensión y compraron un piso en Carabanchel Bajo. Todo iba viento en popa hasta que nació el primogénito y el niño empezó a sufrir ataques epilépticos. En una ocasión en que la madre lo llevaba en brazos a la Seguridad Social, que ya existía aún sin Felipe González, una señora le llamó la atención: «Su hijo ya está crecido, puede andar, no hace falta que cargue con él». La madre le aclaró que sufría de espasmos y temía que en uno de esos saliera a la calzada y le arrollara un vehículo. Ya fuera del karma ese que dicen o la divina providencia que invoca San Pablo: «Los caminos del Señor son inescrutables», la mujer que la interpeló en la calle era la enfermera de un afamado neurólogo. Le consiguió una visita y el médico logró, con tiempo, afán y un tratamiento, detener los ataques. Como la codicia y el egoísmo entonces no eran tan populares, el galeno no les cobró nada aunque la buena mujer se ofreció como costurera, cocinera o limpiadora para pagar los servicios médicos con su trabajo.

El pariente que sí aceptó el puesto en el Estado, único varón en su familia, criado y mimado por sus hermanas que siempre le vistieron de punta en blanco y almidonado, comenzó a transitar por el mal camino y de las juergas pasó al juego frecuentando a mujeres no malas sino estupendas y caras que sabían hacer cosas que a él no se le hubieran ocurrido. De tal manera que en más de una ocasión no llegaba el sueldo a casa y metía en apuros a su esposa y a sus dos hijas. La mujer al final se armó de valor y de entereza, aperos de madre, y se presentó sin cita previa en su trabajo explicando la situación, el responsable hizo que a partir de ese día le entregaran el jornal íntegro a la esposa que cuidaba de las dos hijas y otra en camino, atendiendo al bien común y no a los derechos individuales del vividor que algo se atemperó con el nacimiento de la tercera hermana, otra niña de rompe y rasga, unas bellezas que amargaron la imaginación del padre que sabía de primera mano de la existencia de hombres lúbricos. Estando en la playa, en el apartamento que pudo comprar como segunda vivienda, cosas del pasado, vino una de las bellas muy ufana porque unos señores muy simpáticos «le habían ofrecido trabajo enderezando plátanos». El padre montó en cólera, arre cólera, y salió en busca de los pervertidores a los que por suerte no encontró.

La otra familia, la que le había cedido el empleo, siguió prosperando y pudo comprarle un piso a su primogénito a base de sudor y esfuerzo.

Al final el trabajo duro pasó factura, quebró la salud del carpintero ya viudo y aunque querido y frecuentado casi a diario por su hija y su nieta, hubo de estar a los cuidados constantes de una buena mujer de ultramar que les contaba que en su país pasaron tanto hambre que comían tierra en el Altiplano, lo cual también le pasaría factura pero esa es otra historia, la de Nancy.

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