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Crónicas castizas

Ha nacido un lucero

Para alguien que lleva años rodeado de alumnos, que ha visto entrar muchachos con miedo a escribir tres líneas y después los ha contemplado defender un texto, una entrevista o una investigación como si siempre hubieran sabido hacerlo, hay pocas satisfacciones comparables

Me llamó mi amigo Togores y me pidió que la recibiera.

Era una universitaria. De la Universidad pública, además. Y estaba haciendo, pásmense ustedes, una investigación sobre la actualidad de la memoria histórica desde la Transición, especialmente en torno a la figura de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia.

Con un nombre así estaba destinado a fundar y liderar un partido cuyo nombre tampoco se quedaba corto: Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista. Menos mal que Julio Ruiz de Alda había intervenido previamente en el negocio del acrónimo y aquello pudo quedarse, al menos durante un tiempo, en las mucho más manejables siglas de FE.

Y vino a verme a mi cubil de la calle Julián Romea.

Era una chica espigada, morena, con tintes rojizos. Ya conocen ustedes esa querencia de las mujeres por el rojo, tengan la edad que tengan, aunque suele acentuarse cuando llegan a la de piedra. Y que cada cual interprete lo de la piedra como mejor le acomode, que uno ya ha alcanzado una edad en la que procura no buscarse más enemigos de los estrictamente necesarios.

Nos sentamos en la terraza cubierta del bar iraní que está a la puerta de los estudios audiovisuales y allí comenzó el interrogatorio.

Porque aquello fue un interrogatorio en toda regla.

Quería saber mi opinión sobre la mentada Ley de Memoria Histórica, singular empeño legislativo porque uno siempre había creído que la memoria pertenecía a ese reducto último de la libertad humana que es la cabeza de cada cual. Pero parece que no. Parece que la memoria también puede legislarse, reglamentarse y hasta sancionarse. Debe de ser uno de esos curiosos prodigios de nuestro tiempo: viva la libertad de pensamiento y cuidadito con pensar lo que no toca.

La muchacha preguntaba y preguntaba.

Y yo, que tengo más peligro ante una pregunta que un concejal ante un micrófono, contestaba y contestaba.

Así empezó todo.

La universitaria se llamaba y se llama Silvia. Hoy ya es periodista graduada y, entre aquel interrogatorio y unas cuantas conversaciones posteriores, nos hicimos amigos.

Luego llegó mi particular encuentro con la novia de la Legión. Ya saben cuál.

Vino a reclamarme antes de tiempo y, por fortuna, conseguí escapar de sus pretensiones. Algo tuvieron que ver, estoy convencido, las oraciones de mis nietos, de mi familia, de mis amigos, de mis alumnos y de docenas de personas, algunas incluso desconocidas para mí, a las que nunca podré agradecérselo bastante.

Durante aquella temporada Silvia empezó a visitarme con frecuencia en casa.

Hablábamos de libros, de Historia, de periodismo, de sus proyectos, de sus aventuras y de esa vida que a determinadas edades parece que va a durar eternamente. Lo hacíamos muchas veces en la cocina, mientras ella fumaba. Yo ya había abandonado el tabaco, definitivamente además, y bien que lo siento por todos mis Zippo, convertidos desde entonces en pequeñas piezas arqueológicas de una existencia bastante menos saludable y probablemente bastante más divertida.

Silvia hasta llegó a cantarme. Y tengo que reconocer que no lo hacía mal.

En aquellas mismas visitas de caridad coincidió con otra periodista, hoy compañera mía de cubil y tareas en la Universidad, de la que ya he hablado alguna vez en estas páginas. Se conocieron, congeniaron y se hicieron amigas. Uno, a ciertas alturas de la vida, empieza a descubrir que quizá su verdadera función no sea ya protagonizar historias, sino presentar a los personajes para que las historias continúen sin él.

Silvia, entretanto, se dedicó con una perseverancia casi obsesiva a comprar libros sobre el asunto en el que se había especializado. Libros y más libros.

Y luego alguno más, por si acaso.

Cuando abandonó la Universidad para entrar en la empresa privada, cualquiera podría haber pensado que se había terminado aquella pasión. Pues no. Continuó impertérrita, acumulando lecturas, ideas, proyectos y futuro.

Sobre todo, futuro.

Porque, si hubiera que definir a Silvia con una palabra, probablemente sería potencialidad. Tiene mucha. Muchísima. En ocasiones algo dispersa, eso también hay que decirlo, porque quien se empeña en abrir simultáneamente todas las ventanas termina alguna vez cogiendo corriente. Pero prefiero mil veces a quien tiene demasiados caminos por recorrer que a quien, a los veinte y tantos años, ya ha decidido sentarse en la cuneta.

Y llegó el pasado jueves. Silvia tomó la alternativa de mi mano.

Fue en un espacio cultural madrileño, ante un público en el que se sentaban profesores universitarios especializados en la materia, estudiosos y alguna figura prominente del periodismo patrio. No era, precisamente, una parroquia ante la que resultara sencillo ponerse a hablar de José Antonio Primo de Rivera sin llevar los deberes hechos.

Ella los llevaba.

Su conferencia partió de una idea inteligente: los seis José Antonios.

Fue desgranando al personaje histórico desde diferentes ángulos y momentos de su biografía, separando las sucesivas imágenes que se han ido construyendo alrededor de un hombre sepultado demasiadas veces bajo su propio mito. Y lo hizo con documentación, con soltura y, que es todavía más difícil cuando se aborda un personaje de semejante voltaje histórico y político, provocando incluso alguna sonrisa entre el público. Yo la observaba desde mi sitio.

Algo tiene de extraño contemplar a alguien a quien conociste haciendo preguntas sentado contigo en la terraza cubierta de un bar iraní y descubrir, unos años después, que es ella la que tiene delante a todo un auditorio escuchando sus respuestas.

Terminó. Hubo aplausos. Hubo parabienes. Hubo corrillos.

Y entonces ocurrió lo inevitable. Había nacido un lucero.

Unos y otros la secuestraron para felicitarla, preguntarle, discutir algún extremo, pedirle explicaciones o prolongar el debate. Esa es una de las mejores cosas que pueden sucederle a quien acaba de pronunciar una conferencia: que nadie tenga demasiada prisa por marcharse.

Y yo me quedé un poco apartado, mirando.

Me sentí como un padre que contempla a su hija dar los primeros pasos y balbucear las primeras palabras.

Pero no sería justo. Primero, porque Silvia sabe andar bastante mejor que yo, especialmente desde que mis piernas decidieron empezar a negociar conmigo cada desplazamiento. Y segundo porque aquella tarde demostró sobradamente que no balbucea, habla. Sabe lo que quiere contar.

Y, lo que resulta bastante más raro, tiene algo que contar.

Para alguien que lleva años rodeado de alumnos, que ha visto entrar muchachos con miedo a escribir tres líneas y después los ha contemplado defender un texto, una entrevista o una investigación como si siempre hubieran sabido hacerlo, hay pocas satisfacciones comparables. Llega un momento en el que los maestros, si de verdad han cumplido con su obligación, deben apartarse. El alumno continúa. Y a veces adelanta. Bendito sea. Después Silvia me escribió. Entre otras cosas, me dedicó la frase políticamente más bonita que me han escrito nunca. Y esa me la guardo yo.

Porque la memoria, por mucho que algunos se empeñen, todavía conserva un pequeño territorio sobre el que no se legisla.

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