«Érase una vez un pequeño río que estaba destinado a morir pocos metros después de su nacimiento. Consciente de su destino, decidió crear en su recorrido una auténtica obra de arte que todos pudiesen recordar para siempre. Y así se volvió eterno». Sobre esta leyenda se erige Orbaneja del Castillo, reflejo preponderante del paisaje burgalés. Las aguas del arroyo que brota de la cercana Cueva del Agua reflejan en su cristalina superficie, antes de precipitarse en una inolvidable cascada, las numerosas casas montañesas que se abren a las viejas y escalonadas calles de un caserío que aprovecha, en perfecta armonía, unas escasas y estrechas terrazas. Recorrer las calles de este pueblo de la alta Castilla es evocar un interesante y, a veces, misterioso pasado histórico en el que convivieron mozárabes, cristianos y judíos.