Los monjes del Císter eran muy conocidos por su habilidad en la vinificación y, en muchos casos, introdujeron nuevas técnicas en el cultivo de la vid. La producción del vino, aquel entonces, no solo era una práctica religiosa, sino que también se utilizaba como medio para el sustento económico del monasterio. El vino tenía un gran valor tanto en la vida religiosa –se utilizaba en oficios litúrgicos– como en la vida cotidiana.