La ciudad de Venecia llena de turistas
Diez fórmulas de diez destinos para frenar el turismo de masas: de pagar por entrar a limitar los cruceros
Capri, Venecia, Santorini o Barcelona se han convertido en laboratorios contra la masificación turística. Entre tasas, cupos, reservas y límites a los cruceros, muchas ciudades prueban medidas para proteger su identidad y mejorar la vida local
El turismo es una fuente de empleo y riqueza, pero en algunos lugares se ha vuelto un problema de convivencia, vivienda y degradación ambiental. La respuesta no es única: hay destinos que prefieren ordenar flujos, otros restringir la oferta de alojamiento y algunos cobran por entrar para financiar la gestión. Lo interesante es que, cada vez más, se impone una idea: no basta con atraer visitantes; hay que gobernarlos. Estas son diez fórmulas que ya están en marcha.
Limitar los grupos (Capri, Italia)
Plaza de la isla de Capri (Italia)
En destinos pequeños y frágiles, el primer enemigo suele ser la multitud concentrada, los rebaños. Capri ha optado por acotar el tamaño de los grupos organizados y reducir el impacto del turismo guiado en calles estrechas, con reglas que desincentivan los tapones humanos y el ruido (prohibido usar megáfonos). No reduce por sí sola el número total de visitantes, pero puede mejorar la experiencia y la convivencia, sobre todo en puntos críticos del casco histórico.
Pagar por entrar (Venecia, Italia)
Turistas en Venecia frente a la Basílica de San Marcos
Venecia ha convertido el acceso en un filtro: quien visita solo unas horas paga una tasa de entrada en determinados días de alta demanda. La lógica es doble: obtener ingresos para limpieza, transporte y control, y empujar a parte de la demanda hacia días menos saturados o hacia estancias más largas. Su éxito depende de los precios y del calendario: si el coste es bajo, puede ordenar, pero no frenar; si sube, sí cambia hábitos.
Topes y horarios para cruceros (Dubrovnik, Croacia)
Aglomeración de turistas en las puertas del casco antiguo de Dubrovnik
Dubrovnik aprendió que el problema no era solo cuánta gente llegaba, sino cuánta lo hacía a la vez. No plantea tanto una guerra al crucero como un control quirúrgico del «efecto ola»: miles de personas entrando al mismo tiempo en un casco histórico pequeño. Su receta es de gestión pura: limitar coincidencias, escalonar llegadas, ordenar desembarcos y evitar que varias escalas se solapen en las mismas horas. El objetivo no es que vengan menos, sino que la presión se reparta y el pico no reviente la movilidad, las colas y la convivencia. Es la medida que se nota rápido: menos tapones, menos embudos.
Menos cruceros (Ámsterdam, Países Bajos)
Turistas en la zona del Rijksmuseum de Amsterdam
Ámsterdam encuadra el crucero como un problema de modelo turístico y de ciudad, no solo de congestión puntual. La clave está en «quitar volumen» y enviar una señal: menos escalas, más restricciones y una estrategia orientada a reducir el turismo de alto impacto y bajo retorno. Es una medida de carácter político y estructural: aunque también ordena flujos, su propósito principal es disminuir la dependencia del excursionista masivo y priorizar otras formas de visita. No gestiona el pico: intenta que el pico sea más pequeño.
Cupos de cruceristas (Santorini, Grecia)
Los turistas abarrotan las estrechas callejuelas de la popular isla griega de Santorini
Santorini aplica una lógica distinta: no se centra tanto en cuántos barcos coinciden o a qué hora desembarcan, sino en el número máximo de cruceristas que la isla puede absorber en un día sin colapsar. El cupo diario, normalmente acompañado de franjas o slots para repartir la llegada, busca ajustar la demanda a la capacidad real de una infraestructura limitada: teleférico, carreteras, miradores y servicios. Se prioriza calidad y sostenibilidad frente a cantidad.
No a los pisos turísticos (Barcelona, España)
Multitud de visitantes frente al famoso Mercado de la Boquería en Barcelona
Cuando la masificación se traduce en alquileres imposibles y barrios expulsados, la palanca más potente es la oferta alojativa. Barcelona ha puesto el foco en los pisos turísticos y en la retirada progresiva de licencias, con la idea de devolver vivienda al mercado residencial y frenar la turistificación. Es una medida con potencial alto, pero exige inspección y control: si no se persigue el mercado ilegal, la actividad se desplaza. Si se aplica bien, cambia de verdad la estructura del destino.
Entradas con hora y cupos (Acrópolis, Atenas)
Acceso a la Acrópolis de Atenas
La Acrópolis ha optado por un sistema de accesos escalonados, con cupos y franjas horarias, para que el patrimonio no se convierta en un embudo permanente. La ventaja es clara: menos aglomeración a la vez que se mejora la conservación y reduce riesgos, mientras que el visitante disfruta sin empujones ni colas interminables. Su reto requiere control digital, vigilancia y coordinación con turoperadores. Cuando se ajusta bien, el resultado se nota en seguridad y calidad de visita.
Reservar para entrar (Calanque de Sugiton, Francia)
Parque Nacional de Les Calanques en Francia
En espacios naturales muy sensibles, la medida más honesta es la más sencilla: limitar el aforo. En las calas de Calanque, la reserva previa para acceder a la zona de Sugiton en temporada reduce el pisoteo, la basura y el riesgo de degradación. A diferencia de otras políticas, aquí el éxito se mide de forma tangible: menos impacto sobre el terreno. Además, obliga a planificar, lo que filtra improvisaciones masivas. Es un modelo cada vez más replicable en playas y senderos icónicos.
Reabrir con reglas estrictas (Maya Bay, Tailandia)
La famosa playa de Maya Bay (Tailandia) llena de gente
Maya Bay, la cinematográfica playa de Tailandia, símbolo de la postal convertida en saturación, reabrió con un enfoque de visita controlada: cupos, turnos, tiempo máximo y restricciones para proteger ecosistemas. No se trata solo de volver a abrir cuando ha pasado la marabunta, sino de cambiar el guion de la visita para que el lugar no muera de éxito otra vez. Cuando el sistema se cumple, la presión se reparte y la naturaleza se recupera. Es turismo, sí, pero bajo condiciones de supervivencia.
Senderos con aforo y sentido único (Cinque Terre, Italia)
Tráfico de turistas en Cinque Terre
Los recorridos lineales estrechos son perfectos para el caos: basta un grupo parado para bloquearlo todo. En Cinque Terre, la gestión de accesos en senderos y tramos emblemáticos, con reservas por franjas y, en algunos casos, sentido único, busca eliminar el tapón y reducir accidentes e incidentes. Es una medida quirúrgica, efectiva en lugares donde no cabe más gente físicamente. Su éxito, como siempre, depende de la vigilancia y de ofrecer alternativas para que el flujo no se concentre en un solo camino.
Gobernar el flujo
La lección que dejan estos diez laboratorios es clara: las medidas que mejor funcionan son las que tocan el volumen o el pico, no solo el comportamiento. Los cupos con reserva (calas, monumentos, senderos) reducen impacto real; el control de cruceros recorta avalanchas instantáneas; y actuar sobre la oferta de alojamiento puede cambiar el modelo de una ciudad entera. Tasas y normas de convivencia ayudan, pero suelen ser más eficaces como herramienta de gestión y financiación. En la era del viaje viral, gobernar el flujo es ya parte del destino.