Villas de Azuma Farm Koiwai, el último proyecto de Adrian Zecha, fundador de Aman
Ni yates ni islas privadas: el nuevo lujo de moda entre los más ricos es alojarse en una granja
La apertura más comentada de la temporada no es un hotel submarino ni una isla privada, sino una granja en Japón firmada por Adrian Zecha, fundador de Aman y el hotelero que más ha influido en el lujo de las últimas décadas
Hace algo más de medio siglo, Adrian Zecha cambió radicalmente el lenguaje del lujo contemporáneo al fundar Aman, considerada por muchos la marca hotelera más exclusiva del mundo. Ahora, a sus 93 años, uno de los más visionarios más respetados del sector vuelve a dar un golpe encima de la mesa con un proyecto que dice mucho sobre hacia dónde mira hoy la hotelería de más alta gama.
A sus 93 años, el visionario Adrian Zecha pone en marcha el proyecto Azuma Farm Koiwai dentro de una granja histórica de Japón
El proyecto se llama Azuma Farm Koiwai y abrirá sus puertas el próximo 23 de abril en la prefectura de Iwate, en el Japón más rural y boscoso, dentro de una granja histórica que lleva en funcionamiento desde hace más de 130 años. No es un resort al uso, sino lo que en inglés se conoce como un
farm stay, una estancia en una granja, en este caso con tan solo 24 villas levantadas en madera local e integradas en un bosque de ocho hectáreas. Algunas de las informaciones que han trascendido sobre la apertura subrayan, además, un detalle muy Zecha: las construcciones se elevan ligeramente para reducir al mínimo el impacto sobre el suelo, mientras que los grandes ventanales están concebidos para que sea el paisaje, y no la arquitectura, el verdadero protagonista.
Minimalismo y silencio
Interior de una villa de Azuma Farm Koiwa
En lo estético, Azuma Farm Koiwai responde plenamente al universo de Adrian Zecha: minimalismo, silencio, contención y materiales nobles. Ese lujo zen, casi ascético, forma parte de su lenguaje desde hace décadas y lo imprimió en Aman, grupo que terminó vendiendo. La novedad es que ahora lo proyecta sobre una experiencia distinta: la vida en una granja en activo. Desayunos con leche recién ordeñada y productos recogidos esa misma mañana, cenas elaboradas con ingredientes del entorno, caminatas con silvicultores, cría de caballos, saunas de leña en el bosque y baños de agua fría natural. Más que una escapada rural, lo que plantea es una inmersión en la vida granjera, una forma de lujo regenerativo en la que el huésped participa, aunque sea de forma cuidadosamente coreografiada, en los ciclos de la tierra.
Ahora no se busca esconder el campo, sino convertirlo en experiencia.
La idea no es casual ni el último capricho de un nonagenario que demuestra que todavía da mucho que hablar. En el corazón del proyecto está el concepto japonés de satoyama, que designa ese paisaje fronterizo entre la aldea y la montaña donde la naturaleza no es un territorio salvaje e intocable, pero tampoco un espacio completamente domesticado, sino una zona de convivencia y equilibrio entre bosques, agua, cultivos y actividad humana. En otras palabras: no se trata de esconder el campo, sino de convertirlo en experiencia. Y ahí está, seguramente, la intuición más afinada de Zecha: entender que el viajero contemporáneo ya no busca solo mármol, aire acondicionado y anonimato premium, sino la impresión, aunque sea pasajera y perfectamente diseñada, de estar dentro de un sistema vivo.
Hoy lo raro y lo exótico para el huésped ya no es el caviar, es saber de dónde viene la leche del desayuno
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El nuevo y muy comentado proyecto de Zecha no está solo. Entre los ejemplos más relevantes de esta tendencia, y también entre los más presentes en las agendas del viajero de lujo, figuran Babylonstoren, en Sudáfrica; Blackberry Farm, en Tennessee, e Il Borro, en la Toscana. Lo decisivo es que ninguno inventa una granja para el huésped: todos parten de explotaciones agrícolas preexistentes, con producción real y una vida rural anterior a la llegada del hotel. En otras palabras, se huye de una «escenografía agrícola» para el viajero porque se incorpora el lujo a un paisaje productivo que ya existía.
Granja hotel Babylonstoren, en Sudáfrica
En la finca sudafricana, una de las granjas holandesas del Cabo más antiguas, el huésped se mueve entre huerto, bodega, panadería, jardines productivos y restaurantes en una liturgia donde el lujo consiste, precisamente, en ver de dónde sale cada cosa. Desayunos de la casa, cosechas matinales, pan recién hecho y catas de vino componen una experiencia tan afinada como profundamente agrícola. Sus propietarios han exportado además esa misma fórmula a Inglaterra con The Newt, uno de los hoteles rurales más codiciados del país, aunque para algunos tenga algo más de escenario.
Blackberry Farm, en Tennessee
En Tennessee, la versión americana pasa por una cocina regida por el calendario: ingredientes en su mejor momento, productores locales y menús que dependen de lo que ofrecen el huerto, el bosque y la montaña. Allí el lujo no se mide por el exotismo, sino por la precisión estacional y por la posibilidad de comer solo lo que existe en ese instante exacto del año.
Il Borro, en la Toscana
Y en la Toscana, los Ferragamo han convertido Il Borro en uno de los modelos europeos más acabados de esta tendencia: 1.100 hectáreas de viñedos, olivares, huertos y bosques donde la producción orgánica, la sostenibilidad, la energía solar, el aprovechamiento circular del agua y los oficios artesanos forman parte del relato tanto como el propio hotel.
Pan recién hecho para los huéspedes de Babylonstoren
En todos los proyectos encontramos cierto hilo conductor, y hasta una evolución natural de porqué viajamos. Si en el siglo XIX las élites inglesas se desplazaban a Suiza en busca del aire puro que las ciudades industriales empezaban a perder, hoy el gran lujo parece ensayar otra escapada: no tanto de la fábrica como del sistema agroalimentario contemporáneo. Frente a los conservantes, la producción masiva, los sabores uniformes y la ruptura entre alimento y territorio, estos hoteles venden leche recién ordeñada, panes hechos allí mismo, verduras arrancadas del huerto, huevos recién puestos y cenas que dependen de lo que ha dado el día. El lujo, una vez más, consiste en tener acceso a lo que se ha vuelto raro. Y hoy lo raro ya no es el caviar: es saber de dónde viene la leche del desayuno.
La 'granja' de María Antonieta
Hameau, la aldea de la reina María Antonieta en los jardines del Palacio de Versalles
En realidad, tampoco es una fantasía del todo nueva. Ya María Antonieta jugó en Versalles a idealizar la vida campesina con su Hameau, aquella aldea cuidadosamente escenificada donde la reina podía imaginar una existencia rural sin renunciar, por supuesto, a ninguno de sus privilegios. La pulsión sigue siendo parecida, aunque el lenguaje haya cambiado. Hoy ya no se habla de bucólico o pastoril, sino de sostenibilidad, regeneración, conexión con la tierra, estacionalidad y bienestar. Y ahí asoma, inevitable, el guiño a Orwell: seguramente ni él habría imaginado que la granja acabaría convertida no en escenario de rebelión, sino en el nuevo santuario del lujo. Pero esa es, precisamente, la paradoja de nuestro tiempo: después de siglos identificando el privilegio con la distancia respecto al campo, las élites han descubierto que el verdadero signo de distinción consiste en poder volver a él.