A las afueras de Castrojeriz, en plena ruta jacobea, se alzan las ruinas del monasterio de San Antón, uno de los conjuntos monumentales más singulares del Camino Francés. Fundado por la Orden de los Antonianos, sus monjes atendían a peregrinos y a quienes padecían el llamado fuego de San Antón, una enfermedad medieval que provocaba intensas sensaciones de quemazón y, en los casos más graves, gangrena y pérdida de miembros. Tras la desaparición de la orden y la Desamortización, el conjunto quedó abandonado y acabó convertido en una imponente ruina gótica. Aunque ha sido objeto de trabajos de consolidación, conserva su carácter monumental. Su gran arco, bajo el que todavía pasan los peregrinos, sigue siendo una de las estampas más reconocibles de la ruta jacobea.