Ilhéu de Vila Franca do Campo

Azores, los lugares imprescindibles para visitar el Hawái de Europa

Este archipiélago volcánico en medio del Atlántico parece un mundo aparte

En el corazón del océano Atlántico, a unos 1.500 kilómetros de la costa de Portugal, emerge el archipiélago más exótico de Europa: las Azores. Nueve islas cuya singular geología crea un paisaje y un entorno de gran belleza que, según la mitología, estaría profundamente vinculado a la leyenda platónica de la Atlántida.

Las Azores comenzaron a emerger hace diez millones de años, como resultado de las constantes erupciones, pero no fue hasta el siglo XVI cuando los portugueses descubrieron este remoto archipiélago entre las brumas del Atlántico.

Allí, el legado de la furia volcánica está presente incluso en la arquitectura, donde la piedra de lava es el material dominante, desde viviendas hasta iglesias.

Las abundantes lluvias son las culpables de un escenario repleto de frondosa vegetación, hileras de hortensias, cascadas y cráteres boscosos. De hecho, los oriundos aseguran que en las Azores se dan cinco estaciones en un día: las cuatro habituales y una combinación de todas ellas.

São Miguel

Apodada la Ilha Verde (Isla Verde), São Miguel es la más grande de las Azores y ofrece los paisajes más variados. Alberga la capital regional, Ponte Delgada, cuyo encantador casco antiguo está repleto de calles estrechas adoquinadas en blanco y negro que conducen a majestuosas iglesias.

El imponente Fuerte de São Brás, del siglo XVI, custodia la entrada al puerto que antaño fue un punto de escala crucial entre Europa y el Nuevo Mundo.

Al sur de São Miguel nos encontramos el ilhéu de Vila Franca do Campo, considerado uno de los islotes más bonitos del mundo. Accesible en barco (según la temporada) desde el pueblo de Vila Franca do Campo, este islote, de forma casi perfectamente circular, es el cráter de un volcán extinto sumergido. Una experiencia imperdible donde los visitantes pueden nadar en la piscina natural o recorrer el pequeño sendero, disfrutando de las impresionantes vistas hacia São Miguel.

Para degustar el tradicional cozido, un guiso de carne y verduras que se cuece a fuego lento bajo tierra durante cinco horas, hay que ir hasta Lagoa das Furnas. Al otro lado de la laguna, un aroma mineral y húmedo impregna el aire: se trata de un remanso de manantiales con lodo burbujeante y agua hirviendo.

Lago das FurnasGetty Images | Federica Violin

Más allá, el impresionante Parque Terra Nostra, iniciado en el siglo XVIII, es uno de los protagonistas de la historia paisajística de la isla. Los sucesivos propietarios han ampliado el lugar, enriqueciendo su valor paisajístico y botánico. Rodeadas de hibiscos, cedros japoneses y nenúfares gigantes, se encuentran unas pozas de agua cálida color mostaza donde los lugareños se bañan para absorber los ricos minerales.

La vista más famosa de São Miguel se obtiene desde el borde de Caldeira das Sete Cidades, un cráter inactivo donde, según la leyenda, los obispos españoles que huían de los moros fundaron siete ciudades. Desde allí arriba hay una panorámica espectacular de los lagos, uno azul celeste y el otro verde esmeralda, separados por una estrecha franja de tierra.

Vista aérea del famoso lago Lagoa das Sete CidadesGetty Images | TomasSereda

Santa María

Situada a 55 kilómetros al sur de São Miguel, Santa María fue la primera isla descubierta por los portugueses en 1427. Aunque solo tiene 18 kilómetros de longitud, cuenta con impresionantes playas de aguas cristalinas. Esto, sumado a su proximidad a la reserva natural de Formigas y al Banco Dollabarat, la convierte en uno de los mejores destinos de buceo de Europa.

Una de estas singulares playas es Praia Formosa (playa hermosa, en español), que, con cerca de un kilómetro de extensión, sin duda hace gala de su nombre. Bañada por aguas tranquilas, es de las pocas que tiene arena dorada y esta termina en verdes laderas que se elevan suavemente tierra adentro.

Terceira

Aquí, por llamativo que parezca, el número de reses supera al de habitantes con una proporción estimada de 2,5 vacas por persona. Y no es de extrañar, ya que el clima templado y las exuberantes praderas verdes (que recuerdan mucho a Irlanda) convierten a Terceira en un auténtico elíseo para la ganadería lechera y de engorde.

Terceira también es conocida por tradiciones arraigadas como la «tourada à corda», unos peculiares encierros en los que el toro corre con una soga atada al cuello que controla un grupo de personas. En el interior de la isla se encuentra el Algar do Carvão, un cráter que alberga algunas de las estalactitas más grandes del mundo.

Tourada à cordaGetty Images | Joao Ribeiro

Angra do Heroísmo, la capital, parece sacada de otro universo. Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, su paleta de colores, con tonos brillantes que enmarcan edificios encalados, da la impresión de que la ha escogido un niño.

Graciosa

La llaman la isla blanca por la presencia de traquita, una roca volcánica de tonalidad blanquecina que tiñe el paisaje y da nombre a varios enclaves. Algo que contrasta con las pintorescas cúpulas rojas de los molinos de viento que se yerguen como centinelas. La mayoría son piezas de museo restauradas, pero los hay que siguen moliendo maíz como hace 400 años, cuando Graciosa era considerada el «granero de Azores» por su extensa producción de cereales. También es popular por sus burros enanos, una raza autóctona, y sus tartas de queso artesanales, aunque su principal atractivo es el Furna do Enxofre, donde se puede descender a las entrañas de un cráter volcánico.

Las aguas geotérmicas de la isla son conocidas para tratamientos, y las profundidades marinas que la rodean la hacen ideal para excursiones de avistamiento de delfines y ballenas.

Muchos de estos molinos de viento de las Azores están catalogados como monumentos históricosGetty Images | Paolo Graziosi

São Jorge

São Jorge es perfecta para quienes disfrutan de la naturaleza: sus desniveles bruscos atraen a los amantes del barranquismo, mientras que sus senderos hacen las delicias de quienes practican trekking. Podemos recorrer São Jorge a pie a través de estos senderos que atraviesan el accidentado paisaje, dividen pastos y conectan aldeas. De hecho, constituyen en muchos casos el único acceso a algunas de las fajãs de la isla, pueblos costeros construidos sobre las llanuras que antaño fueron campos de escombros o flujos de lava.

El sendero más largo serpentea durante varios kilómetros por la cresta más alta de la ínsula, pasando por el Pico da Esperança de casi 1.036 metros. Desde la cima, se ven perfectamente las otras cuatro islas del grupo central de las Azores y se aprecia con claridad esa forma alargada y montañosa que le confiere a São Jorge el apodo del 'dragón'.

Mujer haciendo senderismo en la isla de São JorgeGetty Images | Rene Schmidt

Uno no puede abandonar esta isla de 9.500 habitantes sin degustar su queso, famoso por la intensidad. Se elabora de manera tradicional a base de leche cruda que se madura para obtener un sabor picante y ligeramente ácido.

Pico

Al otro lado del estrecho se divisa la isla de Pico, que debe su nombre a un volcán de 2.350 metros, el punto más alto de Portugal. La imponente altura de esta montaña es clave para el éxito de la viticultura en la zona, dado que protege a las vides de los vientos del Atlántico y aporta un microclima cálido.

Viñedos en isla de PicoGetty Images | Paolo Graziosi

Los azoreños se han valido de su ingenio desde el siglo XV para poder cultivar la uva en este inmenso terreno volcánico tan inhóspito. La vid no se planta en espaldera, sino en el suelo, protegida dentro de cuadrículas rectangulares de basalto de aproximadamente un metro de altura. La técnica se denomina currais y da lugar a un paisaje de viñedos muy distintivo que le ha valido el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad. El resultado son caldos, en su mayoría de Verdelho, de fama mundial, codiciados por los zares de Rusia y la nobleza europea.

Faial

La última erupción registrada en el archipiélago ocurrió en esta isla entre 1957 y 1958, dando origen al volcán de los Capelinhos. La capital, Horta, es conocida sobre todo por su puerto deportivo, donde hacen escala embarcaciones que navegan entre Europa y América. Pero si por algo fascina este muelle es por la apariencia distintiva que le confieren las pinturas que dejan los tripulantes que lo visitan. Y lo hacen por una superstición que se ha convertido en tradición. Se dice que quien quiere garantizarse un viaje sin incidentes debe dejar constancia de su paso por Faial con un dibujo en la pared del puerto. A lo largo de décadas, todos los navegantes que arribaban a Horta dejaban su impronta y el resultado es un mural gigante lleno de colores.

Mosaico de pinturas en el puerto de HortaGetty Images | Miguel Torres

Situada en el corazón de la isla, la Caldera do Cabeço Gordo –un enorme cráter cubierto de vegetación con un diámetro aproximado de 2 km– es para muchos el símbolo de Faial. Esta reserva natural es uno de los pocos lugares donde aún es posible imaginar cómo eran las Azores antes de la colonización del archipiélago.

Flores

Declarada Reserva de la Biosfera, la isla debe su nombre a la inmensa cantidad de varas de oro y hortensias que cubren su abrupta orografía. Un lugar que durante los siglos XVI y XVII fue refugio de corsarios y contrabandistas que preparaban emboscadas a los barcos que se acercaban al puerto de Santa Cruz, la capital.

Flores tiene la particularidad de que concentra en un mismo sitio la belleza natural dispersa por las demás islas: cascadas, piscinas naturales, senderos...

Corvo

Con poco más de 400 habitantes, Corvo es la más agreste y remota de todas las Azores y una parada crucial para cientos de aves. No tiene playas, pero lo compensa con una vegetación exuberante y un pueblo pintoresco (el único de la isla) de calles estrechas que localmente se conocen como canadas. Un lugar tranquilo donde todo el mundo se conoce y conserva tradiciones como la de tener cerraduras de madera artesanales en las puertas de las casas.