La labor de España en América, la configuración de lo que es la América hispana, solo se entiende a la sombra de la Cruz. Las dos columnas de Hércules que explican la labor de España en América vienen constituidas por la Evangelización y el mestizaje, y este a resultas de una cristianización que fue el motor y el impulso de una obra ingente, que construyó Universidades, Catedrales y escuelas, plazas y calles, hospitales de beneficencia, caminos y misiones, creando y fomentando el encuentro de dos mundos, dinamizando y remodelando el marco jurídico en el que debía de establecerse la legitimación de la presencia española en el Nuevo Mundo. América sin la Evangelización, sin ese fluir de las órdenes religiosas que ayudaron y fueron el soporte real de la Monarquía, no hubiera pasado de ser una mera conquista en términos de dominio, como lo fueron las otras representaciones políticas que acompañaron a las Monarquías coetáneas.

América se convirtió en la conciencia de España, porque así además se pretendió por aquella que asume, desde el primer momento, una responsabilidad como Reina cristiana. Si España recondujo el camino por el que había de discurrir su papel en el Nuevo Mundo es porque tiene que aceptar el exacto cumplimiento de un deber para con el otro, que deja sentenciado la propia Reina Isabel en su testamento, modelo de reina, modelo de monarca hispano: «Nuestra principal intención fue la de procurar atraer a los pueblos y convertirlos a nuestra Santa Fe Católica».

Las órdenes religiosas que llevan a España en el corazón trascienden las fronteras, llegan hasta tierras donde nunca antes se había oído hablar de Cristo, fundan pueblos y establecen misiones y reducciones, entorpecedoras de la voracidad mercantil, que un día rota ya la alianza entre monarquía y pueblo, serán destruidas, porque la Revolución así lo exige.

Mientras que Europa se perdió para la Cristiandad, España ganó otro mundo donde dar a conocer el Mensaje de Cristo y donde cualquier acción emprendida habría de subordinarse a las reglas y a los requisitos de la legitimidad, que es también la última rendición de cuentas a la conciencia. Y aquí cabe destacar el papel esencial de Francisco de Vitoria, y no solo de él, que determinará los títulos de legitimidad de la Monarquía Hispánica, pero a la luz de una Evangelización, sin la cual nada cobra sentido. Por ella el dotar de personalidad a quien hasta entonces no tenía tal reconocimiento, atribuyéndole unos derechos naturales que son la base de la dignidad humana y que no derivan de la condición de súbdito, cualidad propia de ese momento histórico. Vitoria y con él la Escolástica española, los agustinos, franciscanos, dominicos y jesuitas que trazaron el caudal del pensamiento político de la Monarquía, nos hablaron de la limitación del poder y de un príncipe que antes que político debía ser cristiano.

España le dio a América lo mejor que tenía de si misma, una traza espiritual que es la conforma las naciones, más que un marco territorial o geográfico. Frente a unos dioses vengativos y destructores, un Dios del arrepentimiento y del perdón, una Madre que acoge y que no distingue ni razas ni orígenes, representada por esa Virgen de Guadalupe, Madre de la Hispanidad.