Luis Enrique
La paradoja de Luis Enrique
El precio del éxito
Ya empieza a ser moda la migración de figuras públicas de los medios convencionales a aquellos más modernos como el streaming. Resulta natural este cambio, casi como algo evolutivo, pues está más que comprobado que adaptarse al canal del momento es símbolo de progreso.
La última iteración de este fenómeno lo encontramos con la explosiva introducción de Luis Enrique al universo de los directos en Twitch. El contraste de la cara de la selección española llevando cascos y hablando a cámara, como si fuese un jugador de FIFA, ha monopolizado la conversación en redes. Su carisma y registro boomer, inadaptado a un público adolescente, lo convierte en un peculiar locutor, y su audiencia encuentra sus expresiones y comportamiento absurdamente cómicas.
Es importante entender el significado de que su figura se traslade al mundo del streaming, pues contribuye a la exponencial mudanza del deporte a estos nuevos canales de transmisión, pues Luis Enrique es sólo un ejemplo de algo que lleva sucediendo desde el comienzo de la pandemia.
Su evidente éxito ha conseguido llamar la atención de otros medios, que, por no romper tradición, han decidido declarar guerra abierta contra el entrenador. Por si la ética de alimentarse de polémica no fuese suficientemente cuestionable, aquí llega una red de mentiras y difamaciones para aplastar toda posible decencia. Los mismos medios que utilizan a Luis Enrique como cabeza de turco para deslegitimar el mundo del streaming, han sido fuente de desinformación y bulos, llegando a exponerse fragmentos manipulados para ensuciar su figura.
Los oyentes que intentaban disfrutar de los directos de Luis Enrique han sido sumergidos en una paradójica falsificación, una vez más muestra de hostilidad y burla hacia la creación de contenido en Twitch. Da qué pensar que precisamente aquellos que desacreditan a Luis Enrique, pierden su propio crédito por medio de la desinformación contra su víctima.
Incluso con mucha menos experiencia que estos periodistas, aún puedo afirmar que me aferro a mi responsabilidad de servicio a la verdad. A pesar de que su identidad es conocimiento público, permaneceremos pacifistas, y con la profesionalidad de la que estos sujetos carecen, diremos que se dice el pecado, pero no el pecador.