Woke turismo rural versus turismo cinegético

Los de pueblo pueden vivir con tres duros y no tienen tantos gastos como los que vivimos en Madrid. Y si no, que se extingan. Mejor ellos que los animales del monte

Turistas avistan aves en la provincia de CádizEuropa Press

1 de junio. Hoy he tomado una decisión que puede ser fundamental para la conservación de la naturaleza. Un grupo de amigos nos hemos quedado con un coto de caza, pero para no cazar. Así evitaremos que esos asesinos maten a los pobres animales. 400 euros per capita, pero soy consciente de que hay que hacer sacrificios económicos si se es realmente activista del conservacionismo.

30 de noviembre. Nos hemos reunido los compañeros del coto. Los del pueblo dicen que, como no hemos cazado en verano, los jabalíes están dañando las siembras y los árboles. Ellos no son tan solidarios con el conservacionismo como nosotros y no están dispuestos a sacrificios, por lo que amenazan con demandarnos.

Un hijo del pueblo, de los nuestros, nos ha propuesto una idea fantástica: pagaremos a unas rehalas para echar a los jabalíes del monte. Aprovecharemos para hacer una «montería fotográfica». Es un proyecto absolutamente innovador y rompedor que ayudará a acabar con la caza, al tiempo de fomentar el turismo rural del que está tan necesitada la España vaciada de la que sólo el mundo ecologista se preocupa.

12 de enero. 8,00. Llegamos a la montería fotográfica. Está amenazando lluvia y hace un frío que pela, por lo que no comprendo por qué no lo hacemos otro día.

El hijo del pueblo que dirige todo ha organizado que nos acompañe a cada uno un práctico del pueblo. Dice que no es fácil ver a los animales por el monte. Ya me están escociendo esos «gastos generales». Entre el fulano que nos acompaña y los perros hemos salido por otros 100 euros.

10,30. Llueve y hace frío de narices. Encima el acompañante, un chaval muy amable pero que me empieza a tocar las narices, no me deja hacer ruido ni hablar en alto. Empieza a ser muy aburrido.

11,00. Entre el monte oigo berridos espeluznantes de los perreros, que cuando se los ve dan miedo por la pinta de neandertales.

12,00. En el teléfono empiezan a llegar algunas fotos. Que cabrón Carlitos. Ya ha visto tres jabalíes. Yo aquí, como dice mi acompañante, ni rabo.

13,00. Mi acompañante ya me empieza a parecer asqueroso. Tenía ganas de ir al WC y el tío, sin inmutarse, se ha ido unos pasos aparte, se ha tapado entre el monte, se ha puesto en cuclillas ¡Y lo ha hecho! Una vez leí un libro especializado sobre cómo hacer de vientre en el campo, y no he visto que haya seguido ninguna de las instrucciones.

14,00. Esto es insoportable. Estoy calado hasta los huesos y helado. Pero mi acompañante está impasible, como si no sintiera. Eso sí, no deja de estar atento a todo sonido y sin dejar de otear el monte. Varias veces me ha tocado el hombro diciendo que algo se movía, pero no he sido capaz de ver nada, aunque él dice que una vez era un zorro y otras dos veces corzos. No sé si creérmelo.

15,00. Por fin mi acompañante dice que hay que irse porque ya ha acabado todo. No sé cómo lo sabe, aunque dice que porque ha oído a los perreros llamar a los perros con las caracolas. Estos neandertales son primitivos hasta para eso.

17,00. Pese a llevar mis bastones de trekking, saliendo del monte me he caído tres veces. El gilipollas del acompañante no hacía más que decirme que no andaba bien por el monte. ¡Qué sabrá él! Con los kilómetros de vías pecuarias que he andado yo.

Todos saben que el monte debe estar abandonado de seres humanos hasta que no haga más de veinte grados.

Para colmo, el coche se ha atascado en el barro y hemos tenido que empujarlo, acabando totalmente manchados por el barro que salpicaban las ruedas.

Pero al fin hemos llegado al restaurante. Nos dan unas patatas con carne que son una mierda.

18,00. Pensaba quedarme esa noche para al día siguiente hacer alguna ruta cultural, porque los que han hecho noche el día antes nos han contado que hay iglesias románicas preciosas por la zona. Pero, que les den. Quiero llegar cuanto antes a casa, que está mucho más caliente que este gélido y desangelado comedor. Además, el hotel no tiene nada que ver con los que suelo utilizar en mis rutas ecológicas.

Cuando he anulado mi reserva compruebo que no soy el único. Con malestar, la dueña del hotelito se queja y tiene la desfachatez de decir que no ha hecho ni la quinta parte de ingresos que cuando había cazadores. He estado a punto de saltar. Habría que cerrar esos establecimientos que dan cobertura a esa práctica de asesinos que es la caza. No puede admitirse una economía basada en la muerte. Deberían especializarse y ajustar su economía a lo que es el futuro, como son las rutas ecológicas, que se hacen en primavera. Al fin y al cabo, los de pueblo pueden vivir con tres duros y no tienen tantos gastos como los que vivimos en Madrid. Y si no, que se extingan. Mejor ellos que los animales del monte, que no me creo que haya tantos ni que hayan podido hacer tantos daños, porque yo no he visto ninguno

20,00. Acabo de llegar a casa, me he duchado y puesto el pijama. Voy a cenar y a ver una serie de Netflix. No pienso volver a hacer otra montería fotográfica, ni estoy dispuesto a dar un solo duro para contribuir a la actividad humana en esa época del año. Será una buena medida para el medio ecosostenible, porque todos saben que el monte debe estar abandonado de seres humanos hasta que no haga más de veinte grados. He llegado a la conclusión de que lo mejor para el mundo rural y la España vaciada es vaciarse hasta el mes de abril, cuando lleguemos los verdaderos sostenedores del medio ambiente y les llenemos los bolsillos con nuestras rutas ecológicas. De hecho, mañana mismo se lo voy a plantear a Teresa, a Yolanda, a Irene y hasta a Begoña. Ellas sí que pueden.

Antonio Conde Bajén es miembro del Real Club de Monteros