La población rural, víctima de los experimentos sociales de la UE

Nunca ha habido una construcción de algo común sin que naciera desde la convicción de que existen intereses comunes, que pueden ser materiales o ideológicos

Protestas de los agricultores europeos en BruselasEuropa Press

La construcción de Europa como un ente unido y más allá de un conglomerado de estados que puedan tener intereses comunes, es algo que lleva intentándose desde el final de la II Guerra Mundial. Sobre el papel, parece evidente que Europa occidental, que es una región con más habitantes que USA, también con, teóricamente, un PIB superior, quedaría como un algo residual si se mantenía en la versión 5.0 de las polis griegas, muy cultas y avanzadas, pero sometidas por el imperio romano, despreciado culturalmente por los griegos, pero al final quien les sometió.

Nunca ha habido una construcción de algo común sin que naciera desde la convicción de que existen intereses comunes, que pueden ser materiales o ideológicos. Ello se veía y ve por muchos como un algo imposible en una Europa que ha pasado toda su historia, desde su misma formación, en continuas guerras. Quizás por ello en la UE se ha querido reforzar, como base constructiva, la del interés material común.

Pero la convicción no se impone, ni se consigue desde criterios macro políticos, al menos no sólo desde esos criterios, que indefectiblemente conllevarán sacrificios y «males menores». Los ciudadanos estamos acostumbrados a sabernos parte de esos males menores, siempre que percibamos que obtendremos bienes mayores, aunque sea de forma global y conjunta, a cambio de nuestro sacrificio particular. Y es en este punto donde la UE ha venido fallando estrepitosamente, porque sus políticas cambiantes y con falta de criterio, o sin haber sido capaces de explicar cuál es el objetivo de ese bien común, ha conseguido desenganchar o, cuando menos, ralentizar la convicción del beneficio de la unión al primer colectivo que de forma general y en mayor intensidad se ha visto afectado por la actividad normativa y ejecutiva directa de la UE.

Ese primer colectivo no es otro que el rural, hasta el punto de que la inmensa mayoría de la normativa que les afecta son reglamentos comunitarios o directivas que dejan nulo o poco margen a los legisladores nacionales. Y lo peor es que estas políticas han seguido una estrategia de dirigismo propio de planes quinquenales estalinistas, tan poco fructíferos, como opacos, como carentes de razonabilidad. Ello ha importado poco al resto de la población, quizás porque el pequeño porcentaje dedicada al sector primario ha sido visto como razonable moneda de cambio en el acceso a presidencias. Así, Ursula von der Leyen accedió a la presidencia de la Comisión frente al partido socialista, pactando con los partidos verdes, lo que motivó que gran parte del Partido Popular Europeo apoyara reformas de gran calado ideológico y económico que maniató aún más la libertad de empresa agrícola ganadera en la consecución de fases de la implantación de la Agenda 2030. Pero tal deriva y el consiguiente malestar de la población afectada ni siquiera llegaron a los medios de comunicación y de opinión hasta que se dio el salto y afectó a la política industrial y energética europea, sobre todo de Alemania. Pretender «limpiar el mundo» desde la UE es algo tan irreal que llega a lo infantil, pero ya cuenta con un nada desdeñable número de sacrificados que se sienten como conejillos de indias de esa escarapela multicolor que ven con más terror que los judíos de 1940 a la esvástica.

Con lo anterior quiero decir que la política de convencimiento de creación de un espacio común en la UE ha fracasado (o no ha triunfado) desde el momento en el que sus primeros súbditos, los que han experimentado casi en plenitud la normativa directa nacida de la UE, se sienten como una especie distinta, sobre la que se ejecutan experimentos y comprobaciones sociales de capacidad de sufrimiento. En vez de ser los primeros embajadores de la cosa común europea, son sus mayores críticos, no ya por las consecuencias económicas directas, sino por la sensación de que no hay nadie en el timón.

Que se impongan medidas agroforestales paridas en la Selva Negra y de imposible aplicación en el Mediterráneo, no ayuda

Que se importen productos que incumplen las más mínimas reglas de fitosanitarios o de bienestar animal, mientas que se incrementan las limitaciones y exigencias a los productores propios, no ayuda. Que se impongan medidas agroforestales paridas en la Selva Negra y de imposible aplicación en el Mediterráneo, tampoco. Que cientos de miles de cabezas de ganado masacradas por el lobo en el último decenio no hayan hecho cambiar de opinión a la Comisión, y sí la muerte del poni de doña Úrsula, menos aún.

No se puede construir fomentando el desapego. No se puede convencer sin explicar. No se puede explicar si se incurre de continuo en contradicciones. No se puede conseguir el apoyo social si, ante las protestas, la única política es la de compra institucional de los respectivos representantes de los colectivos (el colchoncito en forma de carguito o subvención). Esto último es efectivo a corto plazo, pero es como querer construir un muro con mortero en proporción de 95 por ciento de arena y sólo 5 por ciento de cemento.

Ambientalmente (y eso incluye a la agricultura y ganadería) la UE se ha convertido en una colección de axiomas, no porque lo que preconizan e intentan no sea positivo en líneas generales, sino porque su mayor afán divulgativo ha consistido en santificar los medios, los que sean, con el único requisito de que se liguen argumentativamente a un objetivo. Es decir, que cualquier medida que viene afectando al agro ha de ser dada por buena en cuanto se asegure protocolariamente que con ello se persigue el cumplimiento de «tal objetivo» de la Agenda 2030.

Hoy los ciudadanos de la UE son conscientes de que esos objetivos son irreales, al menos en cuanto a plazos, porque afectan a sus coches y a su energía eléctrica y exigen un replanteamiento. Pero eso no llegará ya a tiempo de salvar al agro. Y así no se construye Europa.

Antonio Conde Bajén es miembro del Real Club de Monteros