La caza sin más
Independientemente de cualquier filosofía, la caza es una actividad natural en el pueblo y en el campo. Durante años, muchos, las piezas de caza han sido un lujo en las mesas mejor surtidas y plato fundamental en las más precarias
Dos cazadores pertenecientes al Coto de Cela, en Galicia
Caza mayor y menor es una división tradicional, en mi opinión, sin mucho sentido; para mí la caza no tiene apellidos y unas veces se utiliza un rifle, las más la escopeta y las menos galgos, rapaces, reclamos o lanzas.
El arma es solamente el utensilio que requiere la modalidad, pero la disposición es la misma para el apasionado de la chocha que para el recechista. Quizás, y tengo mis dudas, los profesionales pueden tener una actitud diferente pues cuando se mezcla la economía con las ilusiones el resultado final acaba siendo un churro.
La cacería es una actividad natural para quien vive cercano a la naturaleza: en una aldea, en un cortijo, masía o caserío tan pronto se sale del entorno urbano los animales están presentes aunque no siempre se les vea. Un simple paseo nos llevará a contemplar el vuelo de un milano, la hozada del jabalí o las bocas de los conejos y de tanto en tanto asistiremos a los saltos en el prado de un zorro desenmascarando ratones o el asomar sigiloso de un corzo en el soto.
Independientemente de cualquier filosofía, la caza es una actividad natural en el pueblo y en el campo. Durante años, muchos, las piezas de caza han sido un lujo en las mesas mejor surtidas y plato fundamental en las más precarias; los guardas rurales, los de caza también, estaban autorizados a cazar conejos para su cocina y todavía recuerdo la anécdota de un conocido furtivo de Fuencarral que se acercó en Viñuelas a pedir permiso para cazar unos cuantos: «Como es la víspera de Navidad, no querría hacerlo a hurtadillas.»
La caza está tan presente en el campo que los romanos, que definieron el derecho, la consideraron res nullius, es decir de nadie y de todos, de quién la cazase. Porque era como el paisaje, el agua de los ríos, la lluvia de las nubes y el sol del cielo -en la zona mediterránea- algo consustancial con los humanos y parte de la vida de quién vive al aire libre.
Como no somos islas, llegó el momento en que hubo que regularla, porque los cazadores podían molestar a sus vecinos o dañar cosechas con botas, perros y caballos pero entendiendo que es una actividad propia de los grandes espacios. Hoy, por ejemplo en varios países europeos es obligatorio utilizar en los rifles el «chupete» para que el estampido del disparo no hiera la tranquilidad del entorno y la norma no se impuso para no molestar a los animales silvestres sino a los racionales.
En España se legisló sobre caza desde muy antiguo, hay cédulas del siglo XVI
En España se legisló sobre caza desde muy antiguo, hay cédulas del siglo XVI y una muy curiosa de 1611 en que se prohíbe el uso de arcabuces porque su estruendo espantaba a la caza, sin duda no debían ser muy eficaces cuando lo más significativo era el ruido que hacían. Se reservó a la Corona y nobleza porque era el principal entrenamiento para la guerra y a ambas estaba encomendada y después del desastre napoleónico -en el que la guerra incluía a todos y todo- hubo ya legislaciones generalistas, hasta que la primera ley para toda España se votara en 1902.
1966 es un año a señalar porque vio la creación de las Reservas de Caza, obra de Jaime de Foxá desde la política y de Jorge de la Peña como ejecutor, que significa el esfuerzo de la Administración para devolver a la naturaleza lo que el hombre le había arrebatado por malos usos. Fueron veintiuna reservas y más del millón de hectáreas, repartidas por toda la geografía del país que resucitaron flora y fauna desde los quercus al rebeco, macho montés, corzo y ciervo.
Ahora se ha propuesto en las Cortes una ley general que regule la caza, motivada en parte por la excesiva abundancia del jabalí que daña cosechas y produce accidentes, en parte -soy una persona optimista- por la demasía del lobo y en parte porque a la Administración le enloquece legislar, regular y prohibir. Si es con el espíritu de 1966, bendita sea, si no tiemblo con la noticia: la experiencia de los políticos ordenando la naturaleza desde despachos con aire acondicionado y contemplando praderas regadas por jardineros no es para animar esperanzas. Es fácil que lluevan anatemas y si la aprueban los mismos del «sí es sí» y otras lindezas semejantes es para temblar y mucho.
El marqués de Laserna es Académico de Honor de la R.A. de la Historia