Corzos y corzas
El macho se alejó un trecho, asustado por el ruido del disparo, pero enseguida volvió a buscar a su enamorada. Fue un espectáculo que no se me va a olvidar nunca
Un corzo que vuelve a buscar a su enamorada
Para el mundo de la caza, el verano consiste en codornices y perros de muestra, si los cazadores son además viajeros puede bautizarse como Gobi, Bostwana u otros muchos lugares y para los monteros en paro el estío se llama corzo. Efectivamente, el celo de los capreolus se inicia en la última decena de Julio y se continúa en la primera de agosto. Eso en España, al norte de los Pirineos -esos tristes pueblos que no ven el sol- disfrutan más días de Agosto cazando corzos. Efectivamente, el celo de los capreolus se inicia en la última decena de Julio y se continúa en la primera de agosto. Eso en España, al norte de los Pirineos -esos tristes pueblos que no ven el sol- disfrutan más días de Agosto cazando corzos.
Este año los taxidermistas hablan de trofeos extraordinarios debido a un invierno lluvioso seguido de primavera bien regada, doble combinación que supone abundante comida en el tiempo en el que se forma la cuerna de los machos. En cuanto a mí, cacerías gustosas con trofeos para guardar sin lanzar cohetes hasta que, al final, sonó la flauta en Ávila junto al Adaja.
Sin embargo, me han ocurrido un par de sucesos verdaderamente notables. En tierras alcarreñas y con las hierbas del mes de Abril, tiré un corzo especial con una punta extra o segunda roseta. Salía muy puntualmente a un prado que obligaba a colocarse más cerca de lo aconsejable y acabé aireándolo en el primer aguardo vespertino. El siguiente día que volví en su busca y cuando me estaba aproximando descubrí que el corzo ya estaba en sus terrenos; en esas condiciones el rececho era imposible y como lo tenía a una distancia aceptable -poco más de doscientos metros- decidí disparar.
Cayó fulminado, pataleó en el suelo unos instantes y luego se incorporó lentamente y se metió al monte tambaleando. Cobrarlo parecía cosa de poco pero no lo encontramos por ahí cerca y decidimos mi amigo Peri, que me acompañaba, y yo dejar que se enfriara y hacernos con él por la mañana.
Un corzo que tuvo dos muertes
Peri, que vive cerca del lugar, lo buscó con insistencia pero no pudo dar con él y a los pocos días me llamó para decirme que lo había vuelto a ver en el mismo prado y con una herida importante en la base del cuello. Había sido un calentón en la espina y se había repuesto pues parecía tan campante. Era sin duda el mismo y resultaba reconocible por la protuberancia que salía en el cuerno izquierdo de la roseta.
Nunca me había ocurrido matar dos veces la misma res y en varios días distintos.
Volví a repetir el aguardo, una cacería que ya se ha hecho tiene el encanto de lo conocido y permite corregir errores. Nos situamos en un extremo más alejado y a la hora exacta y en el lugar preciso apareció nuestro amigo. Con los prismáticos se distinguía perfectamente su herida: le dejamos cumplir con su rito y cuando se atravesó quedó en el sitio esta vez para no levantarse. Nunca me había ocurrido matar dos veces la misma res y en varios días distintos.
La segunda ocurrencia ha sido con el celo y en tierras de Burgos. El 20 de Julio viajamos mi yerno Álvaro Arecibo y yo, carretera adelante, con la esperanza de los amores corciles. La tarde no fue muy provechosa, hembras solitarias y un machete que se perdió entre girasoles.
La mañana es siempre más optimista pues nace el día y con él las ilusiones pero la realidad es muy otra, las hembras que localizábamos eran solteronas o viudas desconsoladas, los ardores del sexo no aparecían por ningún lado. Ya eran la nueve y seguíamos bolos hasta que, de pronto, tras un bosquete surgió una pareja ¡Por fin!
Nos acercamos, a mí el macho no me pareció gran cosa y como hay un exceso de féminas decidí tirar la corza. Al fin y al cabo la cacería era la misma y el remate con un sexo u otro no iba a cambiarla. Apunten ¡Fuego! Una carrerita (es raro que con el 243 queden fulminadas las reses) y cayó. Bien terminada la jornada. El macho se alejó un trecho, asustado por el ruido del disparo, pero enseguida volvió a buscar a su enamorada. Fue un espectáculo que no se me va a olvidar nunca.
Se acercaba donde había caído la hembra, daba vueltas, retrocedía, golpeaba el suelo con las patas delanteras, incluso lanzó un par de ladridos, luego se alejaba a mirar desconcertado el entorno para aproximarse de nuevo y renovar sus intentos de resucitar a la corza. No entendía que con lo que le había costado ligársela estuviera ahora tan indiferente.
Llevábamos cerca de los diez minutos con esos manejos y entretanto pudimos apreciar que, si bien no tenía un gran trofeo, era viejo, con las rosetas caídas y todo ello merecía la memoria. Nuevo disparo y ya tenía juntos a la pareja.
De regreso celebramos el inusual evento de la desesperación de un corzo ante los desaires de su moza con un asado de cordero en Boceguillas, ¡Para enmarcar! Tan extraordinario como el lance vivido.
Dos sucesos corceros, para mí al menos novedosos, y que merecen marcar esta temporada con sus recuerdos permanentes.
El marqués de Laserna es académico de honor de la Real Academia de la Historia