Cazando a la luz de un mito

Mientras seguimos discutiendo si la luna influye o no, el verdadero riesgo es que la tecnología nos haga olvidar que la caza solo conserva sentido cuando existe cierta dificultad

Luna entre las cuernas de un venadoCedida

Entre las creencias que han acompañado durante siglos a la práctica cinegética, pocas mantienen tan arraigada su vigencia como la que atribuye a la luna la capacidad de guiar el comportamiento de la caza mayor. En tertulias y manuales de campo se repiten fórmulas heredadas: «el corzo se mueve en creciente, el ciervo desaparece en luna llena, el jabalí se confía en menguante». No faltan tablas solunares que prometen señalar la hora exacta en que los animales se pondrán en pie. La luna, transformada en «aplicación», se presenta como un oráculo. ¿Qué hay de verdad en ello?

En el corzo (Capreolus capreolus) los estudios son tajantes. Radiomarcajes prolongados mostraron que su patrón de actividad es esencialmente crepuscular, con picos de movimiento al amanecer y al atardecer. Factores como estacionalidad, temperatura y disponibilidad de alimento explican mucho más que cualquier calendario lunar. En otros trabajos, al cruzar atropellos con fases lunares y nubosidad, se confirmó lo mismo: la influencia del satélite es marginal frente al tráfico, la estacionalidad o la época del año. Solo en entornos urbanos, donde la luz artificial altera los ritmos naturales, se observó más actividad en noches oscuras.

El ciervo rojo (Cervus elaphus) también ha estado rodeado de creencias lunares. Se ha dicho que la luna llena condiciona la berrea o que los venados se muestran más en determinadas fases. Los datos solo confirman ligeros aumentos de movimiento en noches iluminadas, siempre ligados al celo. En ecosistemas mediterráneos son más nocturnos que en el centro de Europa, pero la diferencia se explica por clima y presión humana; su comportamiento está marcado por los ciclos reproductivos, la alimentación y la perturbación del hombre, no por un calendario astronómico.

Venado con la luna antes de anochecerCedida

En el jabalí (Sus scrofa) el mito se invierte: evita las noches de luna llena y se muestra más en la oscuridad. La explicación es sencilla: más luz implica más riesgo. Su nocturnidad aumenta sobre todo por la presión cinegética y la necesidad de cobertura, no por la fase lunar.

Para entender mejor este contraste entre mito y realidad conviene detenerse en la fisiología visual de estas especies. Todos ellos tienen los ojos situados en posición lateral, propia de los animales presa. Esta disposición les concede un campo visual amplísimo —en el corzo alcanza los 320 grados—, lo que les permite detectar movimientos en casi todo su entorno. La contrapartida es una visión estereoscópica muy reducida: apenas unos grados de solapamiento binocular les sirven para calcular profundidad. Son, en cierta medida, miopes funcionales: perciben mal los detalles finos, pero son extremadamente sensibles al movimiento y a las siluetas.

Intensificadores de luz, visores térmicos y cámaras digitales convierten la noche en un escenario impúdico, donde el animal pierde cualquier ventaja evolutiva

A esta arquitectura se suma el tapetum lucidum, una capa reflectante en la retina que devuelve la luz a los fotorreceptores y multiplica la sensibilidad nocturna. Gracias a él, corzos, ciervos y jabalíes ven mucho mejor que nosotros en penumbra, aunque con pérdida de nitidez. Este «espejo interno» explica el brillo de sus ojos al iluminarlos. En noches de luna llena amplifica la claridad, pero esa misma luz también los expone más, lo que explica la evitación del jabalí y la escasa variación de corzo y ciervo frente a factores de mayor peso.

La forma de la pupila completa el cuadro. En ungulados como los cérvidos y el jabalí es horizontal, una adaptación típica de las presas. Este diseño amplía el campo visual panorámico, estabiliza la línea del horizonte incluso cuando pacen con la cabeza inclinada y reduce el deslumbramiento al nivel del suelo. Su función es clara: vigilar para huir. En cambio, muchos depredadores de emboscada —zorros, linces, gatos monteses— poseen pupilas verticales, que actúan como el diafragma de una cámara y les permiten calcular distancias con precisión en penumbra. Los perseguidores activos, como lobos o humanos, mantienen pupilas redondeadas, más versátiles para la carrera. Un estudio en Science Advances confirmó que la pupila se adapta a la estrategia de supervivencia: horizontales para escapar, verticales para acechar, redondas para perseguir.

Puesto de espera durante el atardecerCedida

A ello se suma la cuestión del color. Los cérvidos son dicromáticos: distinguen principalmente tonos azules y amarillos, mientras que el rojo les resulta casi imperceptible. De noche, su visión es casi monocromática, en azul-gris. En la práctica, lo que realmente pesa es el contorno y el movimiento. Un objeto quieto y de contorno difuso puede pasar inadvertido, pero un simple gesto lateral delatará su presencia.

El resultado es un perfil visual coherente: campo panorámico, pupilas horizontales, tapetum lucidum y visión cromática limitada. Adaptaciones que explican mejor su conducta que cualquier calendario lunar.

Con todo esto, el panorama se aclara. En el corzo, la luna apenas deja huella. En el ciervo, su influencia es anecdótica frente al celo. En el jabalí, la relación es inversa a lo que marcan los refranes. El denominador común es evidente: la luna, por sí sola, no es un predictor fiable de la caza mayor. Las verdaderas variables son otras: estacionalidad, frentes climáticos, viento, presión humana, alimento y ciclos reproductivos. Factores que requieren observación paciente, experiencia y conocimiento del campo. Ninguno cabe en una tabla solunar.

Y mientras la ciencia desmonta viejas creencias, otro fenómeno amenaza con borrar de un plumazo el sesgo romántico de la caza nocturna: las nuevas tecnologías de visión. Intensificadores de luz, visores térmicos y cámaras digitales convierten la noche en un escenario impúdico, donde el animal pierde cualquier ventaja evolutiva. Lo que antes equilibraba una espera —el oído atento y la racionalidad del hombre frente a los poderosos sentidos e instintos de la presa— queda ahora roto por un dispositivo que desnivela la balanza.

Mientras seguimos discutiendo si la luna influye o no, el verdadero riesgo es que la tecnología nos haga olvidar que la caza solo conserva sentido cuando existe cierta dificultad. Parafraseando al marqués de Laserna en Dignidad de la caza, «la dificultad es la expresión del desafío, es la medida del esfuerzo que ha de vencer el cazador». Sin esa conciencia cierta y el respeto del equilibrio natural, la caza se desvirtúa, pierde su esencia y con ella el verdadero marchamo de su legitimidad.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es vicepresidente del Real Club de Monteros y miembro de la Asociación del Corzo Español