Santos de noviembre

Todo cazador tiene sus liturgias. Desde el orden de los achiperres en la mochila, la forma de acceder al puesto o el modo de catar el viento, hasta dirigir sus rezos

Cazadores en GaliciaEuropa Press

Probablemente no sea nada original describir la naturaleza como una inmensa y majestuosa catedral, donde árboles y roqueros conforman pilares y archivoltas. Donde la luz entra a raudales por las vidrieras oníricas que trazan Pegaso, Diana u Orión el Cazador; donde el incienso se torna brisa de pinaza y petricor, y el rumor de los arroyos acompasa los graves acordes del cervuno cuando el verano se rinde. En ese templo sin bóveda ni retablo se siente al Creador justo al lado, porque el musgo de su manto acaricia el paso.

En acto de constricción y sin propósito de enmienda, he de confesar que soy más de oraciones que de sermones. Y asiduo visitante de templos recoletos, si es posible vacíos y sin compaña. Ya lo dejó dicho Lope de Vega: «asturiano, loco, vano y mal cristiano». Así nos tachaban desde la Reconquista, aunque el buen Feijóo nos libró de culpa con su humor benedictino: «Si ese adagio fuese cierto, no viviría yo en Asturias»… ¡salvamos por los pelos!.

Todo cazador tiene sus liturgias. Desde el orden de los achiperres en la mochila, la forma de acceder al puesto o el modo de catar el viento, hasta dirigir sus rezos —quien los haga—, a Dios o al diablo. La mía empieza siempre igual: cuando al fin atalayo o dispongo el puesto, lo primero que me pide el cuerpo es dar gracias y musitar mi retahíla de santos protectores. En primer lugar, a la Santina y a la Virgen de la Cabeza, que aunque la misma son, a cada cual encomiendo su labor. Tras ellas, al Santo Ángel de la Guarda y, por último, a San Eustaquio.

Llega noviembre, mes de difuntos y de santos del campo, y con él también los patronos del monte. Doblan las campanas en lo alto, los pueblos despiertan de su letargo y el aire huele a vino caliente, a buñuelos y a cera encendida. En los cementerios se blanquean las cruces, se cambian las flores y se perfilan los nombres de sus moradores. De las tenadas emana el vapor de las bestias, mientras en la viga se afianza la soga donde colgará el marrano. El humo de las chimeneas zigzaguea al tremolar de los alisos, y los ecos de los pasos en las veredas resuenan como toque de oración.

Por San Martín la matanza; por Santa Catalina, las primeras heladas; por San Andrés, la nieve en los pies. Mas el tercero de noviembre destaca a fuego el calendario de los cazadores: San Huberto de Lieja. Su nombre resuena en media Europa, y aunque le rindo respeto, mi devoción viaja más atrás en el tiempo, hacia otro hombre que vio la cruz antes que él.

Llega noviembre, mes de difuntos y de santos del campo, y con él también los patronos del monte

San Eustaquio, general romano al servicio del emperador Trajano. Plácido de nombre, y según la tradición; hombre de armas, reputado cazador y fiel servidor del Imperio. Durante una jornada de caza, persiguiendo a un gran ciervo en los montes del Lacio, el animal se volvió, y entre sus cuernas apareció una cruz resplandeciente con la imagen de Cristo crucificado. Aquella visión lo sobrecogió. Escuchó una voz que le llamaba por su nombre y le invitaba a convertirse. Plácido se bautizó con el nombre de Eustaquio —el que permanece firme—, renunció a sus honores y, junto a su esposa Teopista y sus hijos, partió al destierro. Años después, tras incontables penalidades, morirían martirizados bajo el reinado de Adriano.

De su historia nacería la leyenda del ciervo crucífero, que siglos después reaparece con San Huberto en los bosques de las Ardenas. Entre ambos queda Germán de Auxerre, «el Galo», noble cazador que hizo de la contención su camino de santidad. Tres hombres distintos, unidos por un mismo suceso: la caza transformada en revelación.

El escritor Jaime de Foxá los nombró en su Salve Montera, esa joya que debería rezarse antes de cada montería:

«Ruega por nos, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar tus mercedes en el servicio de una caballerosa regla de intemperies, que ya condujo a Eustaquio el Romano, a Germán el Galo y a Huberto el de Aquitania, por la senda que lleva a gozar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo».

Foxá los ordena con sabiduría: primero Eustaquio, el romano que vio la luz; luego Germán, el galo que la comprendió; y por último Huberto, el aquitano que la predicó. Y aunque se atribuya el patronazgo oficial al de Lieja, muchos seguimos viendo en Eustaquio al verdadero. No por antigüedad: sino por coherencia y linaje.

Henry Moon, paladín del romano, ya lo expresó con su habitual flema británica en su ensayo San Eustaquio «el Romano», Patrón de los cazadores (2009):

«No quiera yo a San Huberto denostar ni darle vilipendio, que eso vileza sería y de baja estofa y condición; santo sí es, y también patrón, pero el segundo del colectivo cazador, pues a San Eustaquio le fue seis siglos posterior, resultando no por menos que intrigante la cuestión de la divina aparición, que es la misma causa de su conversión».

Aunque al igual que Moon, reivindico para «el Romano» el lugar que merece como santo patrón de los cazadores. Rindo aquí pleitesía «al de Lieja», con los hermosos versos que adornan el refugio de caza de la Reserva Nacional de Redes en el Principado de Asturias, y que fueron escritos por Alejandro Casona para la Peña de Cazadores San Huberto, de Oviedo.

¡San Huberto!, rey de los cazadores.

Tú que galopaste por montes y quebradas,

tú que perseguiste ciervos y leones,

tú que derramaste sangre montesina,

tú que empuñas cetro y jabalina,

tú, santo compañero, nuestro guía y patrón,

de todos los peligros que en el monte acecha, libranos Señor.

Líbranos, Señor:

de roca que resbala y nos despeña;

de garra, de zarpazo y dentellada

del rayo, precipicio y avalancha;

del caballo que ciega y se desboca;

de pólvora que estalla y bala perdida.

Por tu luz milagrosa, protégenos, Señor.

Por tu ciervo herido, danos tu perdón.

San Huberto, rey de los cazadores, ruega por nos.

Amén.

  • Laureano de Las Cuevas Álvarez es consultor ambiental