Mi cuadro del otoño
El otoño se ha hecho de rogar este año. El verano se adueñó del calendario y ha sido difícil robarle su protagonismo. Una prórroga de un mes es lo que se ha alargado el estío. Daba pena otear los valles y majadales donde los arroyos estaban cadavéricos y el pasto agostado
Cerdos campeando en la dehesa
Me gustan las noches largas cuando el frío las acompaña. Me gusta que me arrulle el calor de la chimenea cuando las tinieblas aparecen sin darte tiempo a que la tarde que ha empezado se convierta en un recuerdo. Me gustan y me enamoran esos crepúsculos en el campo cuando solo el crepitar de la leña interrumpe mi silencio. ¡Qué tranquilidad y sosiego el que me brindan!
El otoño se ha hecho de rogar este año. El verano se adueñó del calendario y ha sido difícil robarle su protagonismo. Una prórroga de un mes es lo que se ha alargado el estío. Daba pena otear los valles y majadales donde los arroyos estaban cadavéricos y el pasto agostado. Resultaba hasta cómico pasar al lado de un puesto de castañas con el sol en todo lo alto y luciendo sandalias cuando la urbe era el escenario de mis paseos.
Pisar el campo seco cuando el otoño ya llevaba un mes de recorrido te golpeaba el ánimo llevándote al desánimo. Los ojos buscaban unas nubes que no llegaban. Las borrascas oradas no querían venir a visitarnos y un anticiclón eterno seguía acampado sobre la meseta castellana.
Hoy todo ha cambiado, el cielo se ha abierto y un maná bendito ha regado el campo. La lluvia ha devuelto la vida a un paisaje fustigado desde junio por su falta de presencia. La tierra sedienta de agua ha sonreído al notar el frescor en la superficie. La hierba impaciente ha empezado a brotar mientras las gotas empapaban el terreno. El color ocre que decoraba el suelo ha sido vencido y un verdín de esperanza es ahora la alfombra que lo cubre. ¡Qué bonito es el otoño cuando lleva de la mano la resurrección de la naturaleza!
Muchos dirán que la imagen más típica del otoño son los bosques vestidos con hojas amarillas, naranjas, rojas, púrpuras y marrones. Una paleta de pigmentos que nos recuerda el correr de las estaciones, de los años y de la vida en el sentido más amplio. De lo efímera que es ésta y de como cabalga sin bocado que la detenga.
Para otros, la estampa representativa de este cambio de estación es la aparición de las setas y los hongos. Manjares culinarios como los boletus, los níscalos o los parasoles son buscados con ahínco por micólogos o simples aficionados. Algunos de estos últimos salen al campo con una cesta y una navaja sin los conocimientos suficientes, van cortando todo lo que encuentran a su paso, regresando a sus hogares con un cesto con copete donde la vida y la muerte se entremezclan. La ignorancia da paso a una inconsciencia que se tiñe de tintes de luto bajo la sombra de los cipreses cubierta de malvas y malas hierbas. Confundir una amanita phalloides con una amanita caesarea da la mano a que esporas asesinas penetren en tu cuerpo para que la efimeridad de la vida se convierta en presente.
La fotografía que representa mi galope entre el verano y el invierno es muy distinta. Pasa desapercibida por la gran mayoría, no así para la gente del campo. Para los ganaderos. Para los que se juegan los cuartos cuando la climatología es adversa, cuando la primavera viene pobre en lluvias y los meses de los emperadores romanos se encargan de darle la puntilla a ese monte ya herido de muerte. Donde el fruto esperado se quedó simplemente en eso, en espera y en deseo.
Este año tiñen las campanas de alegría. Este año la montanera es copiosa y tanto las encinas como los robles y los alcornoques tienen las ramas arqueadas por el peso de la bellota
Este año no. Este año tiñen las campanas de alegría. Este año la montanera es copiosa y tanto las encinas como los robles y los alcornoques tienen las ramas arqueadas por el peso de la bellota. Ver campear a los ibéricos por la dehesa es mi sinónimo del otoño. Éste y no otro es el cuadro que aparece ante mis ojos cuando el equinoccio es traspasado y mis párpados se cierran en el sueño.
Caminar por el monte mientras diviso una piara de cochinos dejando a los cascabullos viudos es una delicia. Cobijarme al abrigo de una encina mientras las gotas frías descienden sobre el pasto verde una delicia al cuadrado. Oír como cae una bellota golpeando las hojas que encuentra en su recorrido para aterrizar sobre el suelo con un golpe seco, es uno de mis sonidos preferidos en este tiempo en el que las noches va ganando a los días.
La temperatura ha bajado, mis hombros tienen que volver a acostumbrarse al peso de un chambergo que cubra mi torso y me proteja del agua. Tengo claro mi destino cuando todavía no he empezado mi paseo. La meta está fijada desde que he amanecido. He dejado para el final del día el contemplar mi cuadro del otoño. Sin prisa me pongo en marcha, mis pies conocen el rumbo sin que mi cabeza les de la orden. La lluvia moja mi rostro. Refresca mi ser. A lo lejos, la veo. Construida en piedra con los cantos rodados que lleva el río Huebra me espera. La majada es el desenlace a lo añorado, sus huéspedes mi estampa perseguida. Llego al cobertizo de los cochinos cuando la luz se empieza a retirar con premura. Espero. El horizonte es recortado por figuras móviles que con la cabeza baja enfilan hacia la dormida, añoran el calor de la paja y el refugio que le aportan las paredes. Uno a uno va apareciendo. Su caminar es singular, característico. Se agrupan y van entrado. Los cuento. Están todos. Lampiños grisáceos gruñen al ocaso despidiendo al gran astro. Ninguno se ha quedado rezagado en los carrascales donde la oscuridad es traicionera, los depredadores están deseosos de carne y los ladrones son cobardes. La noche se ha echado encima, es hora de volver a casa donde me aguarda el calor del fuego y el golpeteo de la lluvia contra los cristales.
- Cristina Clemares Pérez-Tabernero es ganadera y cazadora. Tiene el premio Jaime de Foxá de periodismo venatorio