Cacería a caballo

Es el antecedente patrio de las monterías actuales. Con el tiempo los humanos comprendieron que podían valerse del instinto de los animales para facilitar su vida y domesticaron al perro para auxilio de la cacería con su olfato y para la custodia del ganado gracias a su fidelidad

Grabado del libro 'Origen y dignidad de la caza' de Juan Mateos, Madrid 1634

A mis amigos de la jineta

Este modo de caza se ha llamado lanceo o alanceo pero como lo esencial es el caballo y no el arma que se emplea, debe nombrarse cacería a caballo. Así lo ha acordado el entusiasta grupo que ha vuelto a poner de moda cazar los jabalíes desde la silla de montar.

Ha sido el modo de cazar por excelencia. La montería que describen Juan de Mateos o Martínez del Espinar es precisamente esta y los vocablos que ellos usaban siguen utilizándose ahora: por ejemplo «armada» para designar la serie de personas que, en un costado del monte, estaban dispuestas para rechazar con sus «armas» a los animales silvestres que intentaran escapar por ese perdedero. Y por supuesto, las denominaciones de las razas de perro que entonces se empleaban, que son las mismas que ahora se sueltan en las batidas.

La primera acción concertada por humanos de que tenemos noticia es una representación del paleolítico en la «Cueva del civil» -llamada así porque la finca pertenecía a un guardia civil- en el barranco de la Valltorta de la provincia de Castellón. Ahí figuran de un lado cuatro cazadores con arcos y flechas recibiendo a seis ciervas, dos crías con la piel aún moteada, un vareto y un buen venado de cuerna arbolada que llegan ahuyentados por otro grupo de tres personas con venablos. Hay más cacerías representadas, pero esta descuella porque demuestra organización y plan previo. También es curioso que en alguna figura humana viene señalado el sexo masculino, pero no en las otras y no son mujeres, pues tienen liso el torso; los arqueólogos podrán explicarlo.

Es el antecedente patrio de las monterías actuales. Con el tiempo los humanos comprendieron que podían valerse del instinto de los animales para facilitar su vida y domesticaron al perro para auxilio de la cacería con su olfato y para la custodia del ganado gracias a su fidelidad; en seguida vino domar al caballo para acortar las distancias y excusar cansancios. Ambos serán fundamentales en la caza.

El caballo ha sido el medio de transporte de la humanidad hasta que se inventó aprovechar el vapor para mover artilugios y luego la explosión controlada de hidrocarburos para conseguir idéntico movimiento. Y en la caza ha sido el instrumento para desafiar la velocidad de huida de los animales silvestres.

En el «Arte de ballestería y montería» casi todas las ilustraciones recogen monteros a caballo

Hay jinetes en las cacerías de los frisos asirios, en los bajorrelieves egipcios y son muy abundantes en los mosaicos romanos y luego, ya en las sociedades cristianizadas, la caza comenzó a la jineta. Por supuesto, en la obra de Gaston Phoebus y en la montería del rey Alfonso, mal denominada de Alfonso XI, pues los textos se inician con el décimo. En el «Arte de ballestería y montería» casi todas las ilustraciones recogen monteros a caballo y el curioso tomo de Tapia y Salcedo está dedicado a la cinegética del caballo incluyendo cazas tan peregrinas como el elefante o los avestruces, pero insistiendo en el jabalí, paradigma de la caza y de la caza a caballo.

Hasta el siglo XVIII, esto es hasta que los arcabuces dejaron de ser unos instrumentos para ahuyentar a la caza -hay cédulas que los acusan por su ruido- y se convirtieron en útiles armas para abatirla, el caballo es indispensable a la cacería, sobre todo cuando se refiere a la mayor y esta se lleva a cabo montado a la jineta. Cervantes, por boca de Don Quijote, ya reconoce que es el mejor entrenamiento para la guerra por las acciones que se presentan, imprevistas y esforzadas, que son un retrato de lo que puede acontecer también en la lucha armada contra enemigos humanos.

El siglo XIX, que trajo tantas novedades técnicas y políticas, puso de moda al cazador con escopeta, perro y zurrón como un personaje independiente que se enfrentaba en solitario con la naturaleza, visión romántica que se olvidaba del caballo; más tarde la mejora de la pólvora y de las armas fue arrinconando otros modos de caza hasta el punto de que en España, el noble bruto se utilizaba solamente para las rondas extremeñas y con lanza en el coto de Doñana donde los Medina Sidonia persistían en los viejos usos como demuestran algunas imágenes decimonónicas que han llegado hasta nuestros días.

Ya en el siglo XX, el Rey de España Alfonso XIII invitó al Príncipe de Gales a cazar en Doñana jabalíes como lo habían hecho siempre sus antepasados; se prepararon caballos, se concertaron como en el XVII los jabatos (que así los llaman en la marisma) y la buena sociedad se dio cita para contemplar el evento de cómo el Rey de la Monarquía más antigua y el heredero de un país que, en otras épocas, se había atrevido a retarle iban a competir a caballo; no hubo caso, Alfonso de Borbón cumplió alanceando un marrano y Eduardo consideró la acción demasiado arriesgada y expuesta ¡Galopar entre pinos!

Ahora, en esta época que vivimos, nuevas técnicas como visión nocturna y térmica han modificado tanto el reto entre el cazador y la naturaleza que son muchos los que han renunciado a emplearlas para que no se mixtifique la satisfacción íntima que brinda el éxito de una lid entre entendimiento e instinto.

La afición del grupo de cazadores de jabalí a caballo les ha empujado a reverdecer la práctica tradicional de doblegar la fuerza y viveza del cochino sin más arma que una garrocha y mucho coraje. Gracias a ellos, desde las marismas de Hinojos, allá en la baja Andalucía, hasta los paisajes que retrató Velázquez, vuelven a resonar las voces de ánimo y se escucha otra vez el «¡Há perro!», que exclamaba Felipe IV cuando acosaba a los marranos.

  • El marqués de Laserna es Académico de Honor de la R.A. de la Historia