La señal
Cuando uno lo pasa bien es porque el tiempo corre como una liebre en un barbecho. Los malos tragos van amargamente lentos y hacen que le demos importancia a lo que dábamos por hecho
Paco González del Valle
El hombre busca señales desde que habita la tierra; vive constantemente analizando rastros, signos o símbolos. Aquel montón de piedras indica una vieja majada. El mojón divide una linde de un vedado. La junquera indica que hay agua somera; la zarza que está más profunda. El cielo raso augura escarchas en las noches de invierno. Además, se menearán las bañas de greda, los cochinos con ese frío buscan los revolcaderos. Si pica el ábrego con viento húmedo, el agua está aquí en menos de lo que tarda en santiguarse un cura loco…
Buscamos señales que nos den certezas, que nos permitan saber lo que ocurre, lo que ocurrirá o lo que ha ocurrido. La jara movida indica que una res ha corrido con pocas precauciones. La apertura de la huella nos dice que lleva prisa y las desiguales hendiduras rezan que va coja o herida. La sangre evidencia su debilidad. Si es roja oscura va de corazón, con espuma va de pulmón. Trozos de hueso blanco indican que va de brazuelo…
Podríamos estar enumerando cientos de evidencias. Porque la vida está llena de estos vericuetos que, cuando la primera nos golpea con fuerza, nos hace quedarnos sentados intentado asimilar el porqué, el cómo o el cuándo ha pasado todo tan rápido que ahora se digiere a cámara lenta; normalmente cuando uno lo pasa bien es porque el tiempo corre como una liebre en un barbecho. Los malos tragos van amargamente lentos y hacen que le demos importancia a lo que dábamos por hecho; que nos acordemos de lo bien que estábamos cuando estábamos bien y lo mal que estamos en los momentos donde somos conscientes de la levedad de la vida.
Era un tipo joven, sano y fuerte. Aficionado al campo y a la caza. Así, sin más, como oímos que le pasó a fulanito que estaba en su casa, le dio un ictus y al poco todos de entierro. Pues esto es un caso similar; el bueno de Paco, con toda la vida por delante, sin venir a cuento, el de arriba le ha llamado a filas. Está en las últimas de un día para otro. Pero al menos Dios le permitió despedirse de los suyos. Su hermano -su hermano del alma- sin encontrar más argumentos que la fe, le pidió al enfermo que le mandara una señal -un aviso- cuando llegara a la Gloria. Es una manera de encontrar consuelo para los que estamos en lo terrenal; saber que los que se van, se encuentran bien.
Pero qué señal, qué signo, que símbolo… podría ser un gorrión posado en la ventana de la oficina que no se espanta ante nuestra presencia. Podría ser una fina lluvia que se nos funde con las lágrimas para lavarlas. Podría ser un rayo de sol que nos da calor en esa umbría que ocupamos. Podría ser una sonrisa de un niño que pasea por la calle, una ola que rompe a nuestros pies con un susurro hondo del mar. Podría ser un rayo que cae cerca cuando vamos a caballo que nos devuelve a la vida cuando estamos absortos buscando respuestas a preguntas inútiles…
La vida es jodida cuando se pone los tacones de hacer daño. Su legión de amigos le empuja a salir al campo, a pisar hierba, bellotas, jaras
Mi amigo Poli, hermano del difunto Paco, está destrozado. La vida es jodida cuando se pone los tacones de hacer daño. Su legión de amigos le empuja a salir al campo, a pisar hierba, bellotas, jaras. Tu hermano quiere que estés en la naturaleza, allí se está más cerca de Dios. Vamos a dar un ganchito, anímate hombre que la vida -aunque renga- sigue. Poli va, a rastras, pero va. Dejadme aquí junto a este ribero, tiene una vista hermosa. Desde aquí se ve bien la sierra de San Pedro. Y Poli se queda allí.
Rumia en su conciencia las andanzas con su hermano. Sus idas y venidas, sus momentos. ¿Estará bien? Le dije que me mandara una señal… y se reza un Padrenuestro. La oración es el bálsamo de los católicos para encontrar paz en la desdicha o agradecimiento en la alegría. Sigue la mañana. Era un ganchito entre cuatro jaras. Una ladra viene directa a Poli. Un tremendo cochino, asomando afiladas navajas, corre justo hacia donde se encuentra el cazador. Éste, no creyendo la imagen, dispara su expres con alza y punto a pocos metros del tremendo verraco… una gran carcajada resonó en aquel ribero.
Llegamos al rato. ¿Qué? ¿qué fue? Lo encontramos sonriendo y feliz, tenía alguna lágrima de satisfacción. ¿Qué? ¿dónde está? Lo vi con mis ojos, mi amigo Poli estaba sentado sobre el catrecillo con la mirada sonriente, emocionada y serena. Nos confesó: el cochino se ha ido con la misma salud que vino. Pero tengo la certeza de que me lo mandó mi hermano para decirme que ya está bien, que la vida sigue… y que ese cochino pese al tremendo susto debe seguir batallando con sus correrías. Y he entendido el mensaje.
Qué gran lección da el campo. A veces hasta nos manda mensajes desde la misma Gloria.
- Lolo De Juan es gestor agropecuario