Promesas de enero
El campo en enero se recoge. Los árboles desnudos muestran indefensos su armazón, ramas recortadas contra un cielo, sin sol ni luceros. No hay gesto superfluo, todo es contención
Primera nevada del año en Picos de Europa
Enero es un libro en blanco, donde la historia se escribe entre surcos de esperanza, con el plumín del arado que labra la tierra en pos de una promesa. Bajo el manto frío del invierno, las raíces prosiguen su labor de zapa, como si quisieran asomar por el otro hemisferio en busca de calor, mientras en la superficie el tiempo parece detenido y el campo aguarda en silencio.
La tierra aprieta los puños bajo el peso del rulo y el incipiente cereal asoma tímido, alfombrando de verdes tallos la tierra antaño inerte, meciéndose al compás de la brisa que libera la escarcha y aroma el suelo. Enero es un mes de promesas, donde el corzo construye su santo y seña en la arquitectura de su testa coronada, que comienza a susurrar.
Enero, de pálida tez, lavada tantas veces por el tiempo. Tiene el color cansado de los campos en barbecho, el verde aún inseguro del cereal que se atreve a asomar y el blanco apagado de las escarchas. Al caer la tarde, la bruma baja despacio y el cielo parece posarse sobre la tierra, como si todo el paisaje aceptara inclinarse un poco más hacia lo esencial. El campo en enero se recoge. Los árboles desnudos muestran indefensos su armazón, ramas recortadas contra un cielo, sin sol ni luceros. No hay gesto superfluo, todo es contención. Incluso el silencio pesa aún más, y caminar es avanzar sobre un suelo que guarda memoria de cada paso.
Enero no concede belleza falaz ni caros adornos; deja a la vista lo imprescindible. Enero no es un mes amable, pero es honesto
A veces, una luz mínima atraviesa las nubes. Recuerdos tenues de un sol bajo que no calienta y, aun así, acompaña. Basta para recordar que no todo está aletargado. Otras tardes, en cambio, el blanco lo cubre todo y el ánimo se repliega. El paisaje se vuelve severo, casi impenetrable, y el tiempo parece detenido en una larga espera, sin música ni consuelo. Pero incluso ahí, bajo ese frío de impúdica desnudez, la vida no desaparece: se enroca. No hay exuberancia ni alarde, solo una resistencia muda que persiste bajo tierra, en los troncos, en los cuerpos. Enero no concede belleza falaz ni caros adornos; deja a la vista lo imprescindible. Enero no es un mes amable, pero es honesto.
Manto del invierno sobre un árbol en el campo
Enero es tiempo de mirar al suelo. Las heladas aprietan la estructura, favorecen la infiltración y terminan de asentar lo que el otoño dejó abierto. Allí donde se puede entrar, se prepara el terreno con calma: se airea, se limpia y se corrigen sustratos. Las parcelas ya sembradas se recorren despacio. Los cereales de otoño se observan tras las primeras heladas; se comprueba la nascencia y se localizan los bajos donde el agua se ha acomodado más tiempo del debido. Enero permite leer el campo con claridad, cuando aún no hay verdor suficiente para tapar errores ni entusiasmo para ignorarlos.
En la huerta se revisan semillas, se planifican rotaciones, se ordenan bancales y se decide qué espacio ocupará cada cultivo cuando la estación sea propicia. Algunas siembras resistentes al frío encuentran ahora su momento: acelgas, espinacas, habas, guisantes o determinadas variedades de lechuga y cebolla.
Enero esboza los colores de la primavera mientras cocina los sabores del verano.
La ganadería intensifica su papel en este tiempo. Estabulación cuando aprieta el frío, suplementación cuando el pasto no alcanza y ajuste fino de cargas sobre rastrojos. El ganado pisa, consume, fertiliza y estructura el territorio a la vez. Cuando se mide esa presión, el sistema aguanta; cuando se fuerza, enero deja debilidades que aparecerán más adelante, cuando el campo trate de arrancar de nuevo.
La fauna confirma esta lectura. Las especies reducen movimientos, optimizan recursos y ajustan su gasto energético al límite. Algunas incluso inician ahora procesos que no se harán visibles hasta meses después.
«Por San Antón, cada perdiz con su perdigón». Los bandos invernales empiezan a disolverse y las parejas se consolidan. Donde hay alimento suficiente, refugio y tranquilidad, la perdiz fija territorio. Donde no, retrasa, fracasa o desaparece. La caza con reclamo nos regala bélicos cantos de afirmación.
A medida que el invierno se acomoda, los corzos adaptan su dieta. Se retiran a tierras de cultivo y bosques mixtos, donde conservan energía gracias a la reducción de movimiento. Los ramoneos perennes, como la hiedra, el acebo y la zarza, adquieren cada vez mayor importancia, ya que proporcionan una nutrición vital cuando escasea el crecimiento herbáceo. Donde las densidades son altas, la presión sostenida del ramoneo puede suprimir la vegetación del sotobosque, reduciendo la diversidad vegetal y limitando la regeneración natural de arbustos y árboles jóvenes. Con el tiempo, esta estructura alterada puede afectar la ecología forestal en general, incluyendo la disponibilidad de hábitat para invertebrados y aves que anidan en el suelo.
Pese a la indiscutiblemente necesaria caza de hembras, evitar molestar a los corzos macho durante los períodos de alimentación diurna resulta clave en este mes. Un estrés innecesario aumenta el gasto energético y afectará a su pervivencia invernal. Levantar un animal del encame, forzarlo a cambiar de querencia, tendrá un coste que no se recupera con facilidad.
Un zorro junto a una corza
No todas las especies esperan. El zorro entra en celo en pleno invierno y enero concentra su actividad. Vocalizaciones nocturnas, mayor movilidad, más exposición. No es un error del calendario, es una estrategia: adelantarse para llegar antes. Mientras el corzo contiene, el zorro arriesga. Ambos leen el mismo mes desde posiciones distintas.
Con la luna nueva de enero, es tiempo de entresacar las varas más rectas y firmes en los avellanares. Apoyos que acompañarán al cazador, al guarda y al pastor.
Enero es el mes en el que se cincelan en hielo las promesas de futuro, bajo el silencio del campo, roto por la chilla de la garduña en celo y el paso torpe y cadencioso del tejón. Arrugados al calor del puchero, esperando la poción mágica de Obélix -sí, ese que cayó en la marmita cuando era un niño-, mes de sopicaldos y chocolate con picatostes, agarrando la taza con las dos manos y la mirada perdida en el fuego.
- Laureano de Las Cuevas Álvarez es miembro de la Asociación del Corzo Español