Óptica y calibres

Los hay muy potentes, con tremendos aumentos y con un objetivo de tamaño desmesurado, también son excelsamente luminosos, todo fantástico en la tienda y para el comerciante que los vende

RifleEFE

Hay temas que se repiten constantemente en las tertulias venatorias y entre ellos descuellan los relacionados con la óptica para cazar y los calibres del arma que se utiliza. Se comprende porque hoy conforman el arma de todo cazador.

Entro en la conversación hablando de las lentes.

Tanto en prismáticos para localizar como en anteojos de puntería domina la manía gringa de «cuanto mayor, mejor» y no siempre es así.

Los hay muy potentes, con tremendos aumentos y con un objetivo de tamaño desmesurado, también son excelsamente luminosos, todo fantástico en la tienda y para el comerciante que los vende, mas resultan muy, pero que muy pesados y son tan voluminosos que exigen un cuello de jirafa para mirar por su centro. Esos aparatos están diseñados para utilizarlos en miradores y con posturas muy bien acomodadas, pero son tan fatigosos que cuesta manejarlos si falta el necesario apoyo en el caso de montería, y para los recechistas a la hora de cargar con ellos, se recuerda y no para bien al amigo que los recomendó. Además, con el máximo número de aumentos es imposible encontrar nuestro objetivo si está en movimiento.

Sin olvidar que tanto en la montaña como en las horas habituales de montería hay una extraordinaria luminosidad, que obliga a la pupila del ojo a contraerse hasta los 3/4 mm y hace inútiles los enormes objetivos y convierte en un error el peso y volumen que conllevan. Y prefiero no mencionar que, con la edad ¡Ay dolor! Se pierde 1 mm de capacidad de contracción de la pupila cada diez años y que con cincuenta abriles se ve lo mismo con 30 mm de objetivo que con 60 mm pues el diafragma del ojo ya no permite recibir toda la luminosidad que transmite el anteojo.

En montería con un anteojo variable 1 a 6 aumentos y 20 mm de objetico se está perfectamente servido y para los recechos yo me conformo con 12 aumentos y nunca más de 42/44 mm de objetivo para que el aparato no pese más de 500 gr. y pueda montarse verdaderamente bajo. Esos anteojos no impresionan a la vista pero son cómodos, ligeros y sobre todo útiles.

El rifle debe adecuarse a la distancia para la que se emplea

¿Y del arma, qué? Pues mucho y poco. El rifle debe adecuarse a la distancia para la que se emplea, por lo tanto, en montería (que es el uso mayoritario de los rifles) conviene que el arma sea manejable, es decir corta, con un cañón de 51, máximo de 56 centímetros, pues los disparos se harán sobre piezas en movimiento y a distancias cercanas. Y como a menudo se tira entre el monte conviene utilizar proyectiles de cierto peso para que la vegetación no desvíe la trayectoria de las balas. Si tuviera que recomendar un calibre, me inclino por el 308 W con un peso de bala de 11,7 gr (180 grains) que además es polivalente, pues con proyectil de 9,8 gr (150 grains) resulta un buen calibre de rececho.

Los fervorosos recechistas también agradecen un rifle corto, es decir manejable y liviano. Los 56 centímetros de cañón, que no olvidemos es la parte de mayor peso en el arma, son suficientes para quemar la pólvora que exigen los calibres estándar. Los magnun necesitan 60 centímetros de cañón y los magnum cortos algo menos. Al respecto conviene recordar que las empresas armeras han descubierto recientemente la torreta balística, algo que era evidente desde que se inventó el primer anteojo y que por rutina o astucia comercial ha permanecido ignorado durante casi un siglo. Las torretas igualan todos los cartuchos y para acertar a grandes distancia ya no son necesarios esos potentísimos rifles «de trayectoria muy tensa», que machacaban el hombro y descomponían los empastes de las dentaduras; ahora unos cliques y se da en el blanco lo mismo con un honrado 7x64 que con el magnum más feroz.

Personalmente utilizo un rifle ligero, para algunos puede parecer muy ligero, pero es que los rebecos se cazan con el rifle a hombros del cazador y unos pocos gramos al cabo del día se convierten, al menos para mí, en verdaderas losas. En Asia la cosa es distinta, con mano de obra abundante y donde sigue al cazador una corte de gente, siempre hay alguien dispuesto a acarrear el arma y con mayor garantía porque los locales ni tropiezan ni se caen nunca;sin duda con un arma pesada que se derrumba sobre el morral es más fácil la puntería pero sólo si la lleva otro hasta ese momento.

Todo lo dicho indica que el arma es un compromiso entre distintos parámetros: exactitud, peso, comodidad, etc. y no tienen el mismo valor para todos los cazadores, de modo que a cada cual su cada cuala.

Para finalizar, me voy a atrever a comentar las distancias a las que las técnicas actuales, sumadas a la habilidad del cazador, permiten hoy disparar. Hay armas con ópticas adecuadas para disparar con garantía suficiente de acierto a unas distancias -hasta un kilómetro en casos especiales- inimaginables en otras épocas. Es admirable quien es capaz de efectuar esas proezas, pero conviene advertir que son prácticas militares, de franco tirador, para servicios de alto valor estratégico pero fuera de lugar en la caza, porque la presa no puede conocer el riesgo que corre y por lo tanto tampoco puede desarrollar su sistema de defensa que es la huída. Es decir está desvalido y no existe el reto que es esencial en el espíritu cinegético.

Sigo pensando que, en un rececho, la distancia ideal de disparo es lo más cerca que se pueda uno aproximar.

  • El marqués de Laserna es Académico de honor de la R.A.de la Historia