Porque somos hombres (carta a los fanáticos anticaza)

No puedo pedir perdón ni quiero por disfrutar al matar una pieza de caza habiendo superado las dificultades propias de cada lance, ya sea una sacrificada quietud, un acercamiento invisible e insonoro o lo haya propiciado un adiestramiento de muchísimas horas del can

Cazador en GaliciaEuropa Press

Hablo de hombres en el sentido de seres humanos, y así empiezo incumpliendo las normas del 'wokismo' lingüístico, que atribuyen sexo a las palabras pese a que sólo tienen género. Hombres hijos de hombres, con sus contradicciones y motivaciones. Hombres capaces de emocionarse o de espantarse. Hombres que, en lo más profundo de sus sentimientos, nunca renunciarán a la independencia de sus pensamientos y sensibilidades.

Los hombres se sorprenden ante lo nuevo y su respuesta ante lo exterior puede domarse pero, en el fondo, nunca subyugarse del todo.

No puedo pedir perdón ni quiero por sentir atracción ante el contacto directo del campo virgen, con su vida, con su muerte, con su instinto de conquista y conocimiento y su capacidad para revestir la consecución de lo difícil en satisfacción. Por esa misma razón, no puedo pedir perdón ni quiero por disfrutar al matar una pieza de caza habiendo superado las dificultades propias de cada lance, ya sea una sacrificada quietud, un acercamiento invisible e insonoro o lo haya propiciado un adiestramiento de muchísimas horas del can que, respetando distancias, me la ha mostrado y parado.

No puedo pedir perdón ni quiero por dedicar mi tiempo libre y mi dinero a obtener tales momentos de satisfacción, por mucho que ese interno sentimiento no pueda trasladarse íntegro a imágenes, sometiéndolo a una especie de VAR colectivo en redes sociales necesitado de likes.

Los mismos «anti» han tenido que inventar la figura de los «matadores profesionales» en los parques nacionales

Y, ante este sentimiento, vosotros, los violentos anticaza, lleváis decenios incrementando vuestros acosos y vuestra presión pero, mientras el hombre sea hombre, mientras no sea un robot programado, chocareis contra la propia naturaleza del hombre, que, en su libertad, siente y goza con el despliegue de sus instintos que, para desesperación de los «anti», lleva siglos demostrando que no sólo no es perjudicial sino necesario. Ello hasta el punto de que los mismos 'anti' han tenido que inventar la figura de los «matadores profesionales» en los parques nacionales que, permítanme este exceso, es como si por presión de algunos fanáticos moralistas, se contratara un cuerpo oficial de apareadores para sustituir el humano instinto de reproducción, por el hecho de que a los fanáticos les pueda parecer repulsivo el acto carnal.

Soy hombre, hijo de hombres y nunca me doblegaré a dictatoriales exigencias de moralidad fanática. Pudiera ser mi problema, pero es el vuestro, porque nunca los dictadores del alma triunfaron y siempre han conseguido el efecto contrario. Y ya lo estamos viendo, porque veo más jóvenes de veinte años interesados en acercarse a la caza que hace apenas un decenio. Y ello pese a la clara obstrucción de las administraciones que os palmean, que están dificultando enormemente la obtención de las licencias de caza.

Vuestra presión será nuestra victoria, que lo será de la libertad. El hombre es libre para disfrutar o aborrecer actividades o platos culinarios, pero nunca ha soportado durante excesivo tiempo los dictados al alma, por mucho que pretendan ahogarlos con prohibiciones directas o con soluciones alternativas de naturaleza lúdica. El hombre es y debe ser libre para disfrutar como yo lo hago o, de forma radicalmente diferente, como hace mi vecino. Y mientras haya quien disfrute andando al lado de sus perros y sintiendo con ellos sus muestras o su 'jipar'; mientras haya quien sienta como se le sale el corazón ante un romper de monte; mientras haya quien se extasíe ante el volar rápido, casi de proyectil, de una perdiz; mientras haya quien entre en trance ante el bramido de un 'venao' o el ladrido de un corzo; mientras el cuquillero sienta electricidad en su cuerpo cuando su macho encela a un competidor en la plaza… Mientras todo eso ocurra y el hombre siga emocionándose en ejercicio de su libertad, en desarrollo de su sensibilidad de hombre, no venceréis. No os van a valer, ni los acosos directos, ni los descalificativos falaces a través de medios públicos o contratados.

Viva la caza y viva la libertad.

  • Antonio Conde Bajén es miembro del Real Club de Monteros