Qué es cazar

El monte no es plaza de guerra. El conflicto lo traen los que vienen cargados de avaricia. Es su opaca concepción. El respeto es un pilar irrenunciable. La sierra no es lugar para egos ni disputas; es un espacio compartido que exige discernimiento, mesura y educación en los actos

Perros de ValduezaCedida por el autor

Cazar es salir al campo temprano, cuando solo se oye el frío, la tierra cruje a nuestro paso y el monte acoge a sus habitantes. No hay que llevar prisa, ni hambre de posesión. En la sierra se anda despacio. Que en el campo se camina como se hace en la casa de un mayor: pausadamente y contenido. Se mira el suelo, el cielo y lo que hay entre medias. Las encinas y las jaras saben quién viene y para qué.

Cazar no es dar muerte. Es custodiar. Cazar es comprender lo esencial: cuidar el lugar que nos sostiene. Cazar no es matar. Es leer el terreno como quien lee la Biblia. Reconocer el ritmo del animal y aceptar que no todo encuentro debe concluirse. Deben ser momentos sin soberbias. El campo no quiere voces altas ni gentes con cargas de ansia. No buscar la posesión, ni perseguir la suma ni el trofeo. Es aprender a observar sin desordenar, a seguir sin perturbar.

El animal aparece como lo hace lo sagrado: sin deber nada. Se ama la caza viva y a la que se ha de cazar. No se va a cobrar nada. No se va a medir la suerte, ni a llenar el día de disparos. Se acude a estar. A mirar largo. A dejar que el cuerpo recuerde lo que la ciudad olvida.

Perros de CastejónCedida

Cazar no es matar. Cazar es atender. Es entender cuándo sí y, sobre todo, cuándo no. No salir a hacer cuenta. A llenar la percha. Simplemente, es sentir cómo respira el monte imbuido en él.

Cazar no es matar, es conocer el paso, la querencia, el momento justo y el que no. La caza viva cruza y se va. Y uno se queda quieto, que es como se debe quedar. Porque no todo lo que se ve se caza. El campo también se respeta dejándolo seguir.

Cuando el hecho cinegético se consuma, llega como lo hacen las cosas trascendentes: con solemnidad y recogimiento. Porque lo que se toma, se honra. La vida entregada vuelve a la tierra en forma de respeto.

El monte no es plaza de guerra. El conflicto lo traen los que vienen cargados de avaricia. Es su opaca concepción. El respeto es un pilar irrenunciable. La sierra no es lugar para egos ni disputas; es un espacio compartido que exige discernimiento, mesura y educación en los actos. El que va al campo desposeído de codicias, ajeno a las cuantías, lleva consigo la armonía. El concierto entre él y el medio que lo hospeda.

Perros de MorenésCedida

La sierra demanda acudir con sensibilidad, modestia y volver sin presumir. Se regresa cuando el sol cae por detrás de las encinas. Se lleve algo o nada, pero se vuelve pleno, porque siempre se acarrea parte de ese campo. Se ha ido al monte a aprender, a escuchar lo que no habla y a sentir lo que no se ve. Y eso, para el verdadero venador, es caza bastante.

Ser rehalero no es solo llevar perros al monte; es un compromiso de vida, basado en la felicidad y responsabilidad

El rehalero es cazador sublime, carente de avaricias. Caza para terceros, que son los que culminan el lance. Canes y amo conforman una única esencia. Unidos, sin fisuras. Ser rehalero no es solo llevar perros al monte; es un compromiso de vida, basado en la felicidad y responsabilidad.

Todo comienza con un amor sin límites hacia los perros. Un amor profundo y firme, que no entiende de horarios ni de excusas. Un amor que se demuestra cada día, a cada hora, en la perrera y en el monte, a base de cuidados, atención, respeto y presencia constante. Los perros saben que su rehalero siempre estará ahí, en lo bueno y en lo malo. Se juegan la vida por ti; tú se la dedicas entera y, en no pocas ocasiones, también te la juegas por ellos.

El buen rehalero, como el buen cazador, es generoso en la caza y está libre de miserias. Comprende que la caza no es una competición. El verdadero reconocimiento no se exige, ni se proclama, ni se reclama: se gana con el trabajo bien hecho y con la actitud. Porque quien vive y comprende la rehala en su esencia sabe que el orgullo es silencioso y está en la satisfacción propia de ver al perro liberar su instinto, en la música que brota de sus gargantas en cada ladra y en la contribución callada a crear momentos de disfrute y felicidad para todos los concurrentes a la montería.

  • Perico Castejon es ingeniero agrónomo y rehalero