Mejor reír que llorar, aunque la sonrisa me duela

Puesto precioso. Un testero interminable por delante, delicia de todo cazador. La tragedia griega se inicia con las primeras voces de los perreros

Imagen de recurso de un cazador apuntando con un rifle

Imagen de recurso de un cazador apuntando con un rifleiStock

Ayer la realidad me golpeó. El diagnóstico fue infalible. La verdad dolorosa. Todo empezó hace dos meses en tierras cacereñas. El día amaneció templado, el sol y las nubes se daban el testigo en la mañana mientras el reloj avanzaba. Oíamos tiros y ladridos en armadas lejanas, a nuestro alrededor, poco movimiento. Después de un tentempié a la hora del Ángelus, mi marido es secuestrado por el sueño mientras los rayos bañan su cara. Lo dejo descansar unos minutos y ante el silencio que me envuelve, me distraigo con el maldito móvil cuando lo veo: un bonito venado corre a mi derecha a unos 140 metros. Suelto el artefacto dichoso y me echo el rifle a la cara mientras el animal galopa por una hondonada donde solo unas encinas sueltas interrumpen mi visión. Uno, dos y tres balazos escupe mi rifle sin hacer diana. La rabia y el disgusto me arrebatan el ánimo. Mi querido esposo, despierto desde el primer trallazo, mina mi autoestima con sus jocosos comentarios. Aguanto las envestidas; mañana será otro día.

Y llegó la atardecida y el siguiente alba, y otra vez la suerte vino a visitarme. Un ciervo rompe al cortadero a escasos 15 metros de mi alma y se para. Con el arma ya encarada deslizo el gatillo con la suavidad de una caricia. Esta vez la diana quedó marcada y el de las luchaderas dice adiós a la sierra que le dio cobijo.

El acierto de la jornada repara mi desdicha. ¡Efímero fue el alivio!

La Navidad llega. Las monterías se suceden. Las oportunidades aparecen. Cuatro lances en pocos días. Cuatro. En el primero de ellos una cochina pierde la batalla ¡Me vengo arriba! Segundo asalto: día gélido en la sierra de Salamanca, nieve y lluvia presentes, y cuando los copos caen con más fuerza una cierva aparece en mi postura. Otro fallo inexplicable que justifico por la poca visibilidad del momento, por el visor empañado y por más argumentos que no me convencen. El nuevo desatino me preocupa. La cuesta abajo se inicia. El tercero llega antes de haber olvidado el segundo. Caminando por Ituerino una piara aparece de la nada. Se para. Me paro. Los veo. Me ven. Huyen. Disparo. Balance: dos balazos y un cochino pinchado que no cobro. El cuarto encuentro mejor ni recordarlo… Los frenos se han roto, el abismo a mis pies.

Mi ánimo está soterrado. No sé lo que me pasa. Busco explicaciones y solo me llegan consuelos injustificables. Creo que he tocado fondo y nada más lejos. Lo peor no había llegado. El batacazo me estaba esperando a la vuelta de la esquina y este sábado, sin ir más lejos, salió a mi encuentro en Sierra Morena.

A cada plomo liberado un coro lo acompaña, mi marido y sobrina repiten: «apunta, pero… ¡cómo se te puede estar yendo...!»

Puesto precioso. Un testero interminable por delante, delicia de todo cazador. La tragedia griega se inicia con las primeras voces de los perreros. Primer animal óptimo de tiro: empieza a subir la pendiente mientras mi cargador pierde peso. A cada plomo liberado un coro lo acompaña, mi marido y sobrina repiten: «apunta, pero… ¡cómo se te puede estar yendo...!», cinco veces oí ese estribillo mientras la manita de cartuchos se estrellaba contra la tierra. Debió el ciervo encontrase a otros colegas en su huida e informales que en el número seis de la armada -cuyo nombre no recuerdo- había una mujer lanzando fuegos artificiales inofensivos y allá que fueron tres más a humillarme… Solo a uno le salió mal la jugada.

Después de semejante «petardazo» llegué a la conclusión que era el arco, y no la india, el causante de mis desgracias. Imposible tan magno desacierto así que acudí presta al armero nada más pisar la capital charra: «Ponedme a tiro el rifle que debe estar mal, algún golpe en el visor…». Como les decía al principio, ayer fue cuando el jarro de agua fría cayó sobre mi cabeza empapándome todo el cuerpo y congelándome hasta las entrañas: «Cristina, hemos ido al campo de tiro y el rifle está perfecto».

He perdido el sitio como un matador de toros. Al igual que un torero cogido por un buril a la hora de entrar a matar, que cuando monta la espada para ejecutar la suerte suprema la memoria le golpea recordándole la cornada, así estoy yo, me echo el rifle a la cara sin confianza. Las dudas me persiguen: ¿Cuánto adelanto el tiro?, ¿hasta dónde lo dejo cumplir?, ¿uso la horquilla o no?, etc. La mano no me corre, me asomo al balcón cuando me encaro, doy gatillazos y cerrojeo sin destreza. He perdido el sitio, lo tengo clarísimo y para colmo los fallos me atormentan cuando mis párpados se cierran. Aparecen los venados, las ciervas y los cochinos que no solo ganaron la batalla, ahora también la guerra, desfilando ante mí con una risa burlona que se me antoja como un suplicio golpeándome mi orgullo.

No hace ni tres meses que donde ponía el ojo ponía la bala, a lo mejor tengo que ir al oftalmólogo… ¿Qué hacer ante semejante situación? Creo que lo más sensato va a ser comprarme un tirachinas o una cerbatana hasta que pase esta endemoniada racha. Sentarme en el banquillo se me antoja una cobardía, mas dudo si hacerlo mientras el mal de ojo no se diluya con las lluvias de este enero perverso.

Con estas líneas, querido lector, le he contado la realidad de mi momento. Espero haberle robado una sonrisa con mis desatinos en estos días en los que las desgracias y malas noticias azotan las tierras de España. Yo intentaré sonreír también, aunque mis mejillas se quejen.

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, master de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá

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