Mireia Borrás

Lo que Mercosur esconde

La UE sigue apostando por un modelo económico fracasado que en el medio y largo plazo solo conduce a la deslocalización, la dependencia exterior y la destrucción nuestro tejido productivo

El Acuerdo UE-Mercosur no es más que intento desesperado del bipartidismo por afianzar un modelo económico y comercial fracasado que aplasta a los más débiles, consagra la injusticia y destruye nuestro sector primario con el único objetivo de ganar tiempo y mantenerse en el poder.

El 17 enero de 2026 será recordado como un día negro para el campo europeo. El pasado 17 de enero, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo, António Costa, se desplazaron a Paraguay, para rubricar con su firma el Acuerdo entre la Unión Europea (UE) y Mercosur. 700 millones de personas, un acuerdo comercial y más de 20 años de negociaciones para culminar con una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo.

Mientras en Europa miles de agricultores y ganaderos se manifestaban en las calles como consecuencia de costes disparados, normativas ideológicas y precios en caída libre, los máximos responsables de la UE no tenían reparo en sellar un acuerdo que condena al campo a competir en desventaja. Lejos de defender al productor europeo, Bruselas culminaba también, una de las traiciones más grandes del mundo.

Tras la firma, Von der Leyen y Costa se encontraban exultantes. «El Acuerdo es hito histórico entre las dos regiones en su voluntad de reforzar sus relaciones económicas, diplomáticas y geopolíticas en un momento de creciente incertidumbre». «Una respuesta geopolítica de primer orden que demuestra el compromiso de la UE y el Mercosur con el multilateralismo y el orden internacional».

El acuerdo consagra una política comercial en donde el campo es utilizado (otra vez) como moneda de cambio mediante (otra vez) la apertura masiva del mercado europeo a productos agroalimentarios que no están sometidos a las mismas normas de producción

Mercosur sirve a ese relato porque toca el corazón de la política comercial: facilita salidas para sectores industriales europeos y crea un marco amplio para el intercambio de mercancías. Y es en esta partida en donde el campo vuelve a ser la ficha sacrificable.

En Bruselas hay prisa, y por ello el Consejo dio luz verde a la firma el 9 de enero de 2026. Apenas ocho días después Von der Leyen y Costa estamparon su firma en Paraguay. Sin embargo, el 21 de enero de 2026, el Parlamento Europeo intentó poner un freno jurídico —con el impulso y apoyo de Vox (PfE)— y, por una votación ajustada (334 a favor, 324 en contra, 11 abstenciones), decidió elevar el acuerdo a la opinión del TJUE, demostrando que no hay consenso y que, pese al triunfalismo, hay serias dudas sobre el encaje institucional y el método. Ahora todo está en el aire.

De hecho, parte del debate gira ya alrededor de un concepto que para el campo significa alarma: 'aplicación provisional'. Existen vías para intentar activar partes comerciales del acuerdo mientras se tramitan ratificaciones, lo que incrementa la tensión entre instituciones y alimenta la percepción de «puerta de atrás». ¿Alguien tiene alguna duda de lo que va a hacer la Comisión de Von der Leyen?

Y es que detrás de todo ese relato al que Bruselas nos tiene acostumbrados, Von der Leyen y Costa saben perfectamente que la firma de Mercosur, hoy y ahora, va de otra cosa y no va de ese compromiso genuino con el multilateralismo, el orden internacional, y la apertura comercial que Bruselas nos intenta vender.

Lo que Mercosur esconde es algo más terrenal y mundano: la propia supervivencia política de Von der Leyen y de su propio proyecto político. Tras años de Pacto Verde, burocracia e hiperregulación, la economía europea se encuentra estancada. Con una inflación por encima del 2 % y una deuda pública en aumento, se hace urgente encontrar nuevos mercados en los que las grandes industrias europeas, especialmente alemanas, puedan vender sus mercancías.

Y Mercosur con un mercado de más de 270 millones de consumidores y recientemente India con casi 1.500 millones, juegan un papel esencial en esa política expansiva. Si a eso añadimos que las manufacturas y productos asiáticos, especialmente chinos, están lisa y llanamente inundando el mercado sudamericano, tenemos el cóctel perfecto para que Von der Leyen cierre el círculo e intente activar el acuerdo cuanto antes.

Que el canciller Merz y Von der Leyen necesitan Mercosur es comprensible. El primero porque, en un intento desesperado, intenta relanzar una industria destrozada como consecuencia del Pacto Verde y la ausencia de gas barato. La segunda porque intenta asegurarse cuatro años más de supervivencia política en Bruselas tras el fiasco de los fondos europeos. Que Sánchez y Feijoo apoyen entusiastas un acuerdo que pone de rodillas a la agricultura y ganadería españolas en un contexto de altos costes y precios por los suelos es del todo incomprensible.

Y es que lejos de apostar por una auténtica y verdadera reindustrialización que acabe con el Pacto Verde y la hiper regulación, la UE sigue apostando por un modelo económico fracasado que en el medio y largo plazo solo conduce a la deslocalización, la dependencia exterior y la destrucción nuestro tejido productivo. Con Mercosur, Von der Leyen gana tiempo, al campo, en cambio, se le agota.

Mercosur no es solo un acuerdo comercial. Es un símbolo de un modelo político: el de quienes piden sacrificios internos y venden aperturas externas como si fueran inevitables, el de quienes convierten al campo en variable de ajuste para cuadrar la foto, el de quienes hablan de «autonomía estratégica» mientras aumentan dependencias en sectores sensibles.

Y es que es en la alimentación donde se encuentra la verdadera cara oculta de Mercosur. El acuerdo consagra una política comercial en donde el campo es utilizado (otra vez) como moneda de cambio mediante (otra vez) la apertura masiva del mercado europeo a productos agroalimentarios que no están sometidos a las mismas normas de producción.

Lo que Mercosur esconde no es más que la conjunción de dos factores que se retroalimentan: el intento desesperado por ganar tiempo en Bruselas y el grito desesperado de gente que ya no puede más. Mercosur se ha convertido en un auténtico canalizador de la ira y frustración del mundo rural. La gota que colma el vaso tras años de burocracia e hiper regulación por parte de una comunidad que se siente ninguneada, olvidada y huérfana y que necesita urgentemente de un horizonte de esperanza e ilusión.

Por eso, y por ellos, Vox rechaza Mercosur. Porque es un acuerdo injusto y porque supone un golpe de muerte para el conjunto del sector primario y una brecha en la seguridad alimentaria para los europeos.

  • Mireia Borrás es eurodiputada de Vox