Las buenas maneras

Los barrancos para los cochinos. Los cerros para los venados. Recuerdo muy niño a Jaime, el magnifico guarda de tía Hilda, en el Peladillo, en Toledo: «Imagina que eres un jabalí… ¿por dónde entrarías para esconderte más? Busca las trochas y las gateras.»

Barca

«No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.»

Queridos Incautos, procuro seguir esta máxima de Voltaire. Aquel personaje fascinante y polifacético, de vida tremendamente turbulenta. Masón y anglófilo. Voltaire tomó su apodo de voulait faire taire (deseaba hacer callar). Siempre próximo al poder a la ciencia , a las letras y a los tronos de Francia, Rusia, Suecia y Prusia. Cambiaba de bandos, de amores y de enemigos de continuo. Uno de los más divertidos enfrentamientos fue con Descartes de quien dijo que «hacía ciencia como quien hace una novela: todo era verosímil, pero nada verdadero». Antirreligioso, una obra suya poco conocida es «El fanatismo o Mahoma».

Por tal, respetando otras opiniones me atrevo a contar lo que es para mí marchar al puesto. Una parte de eterno aprendiz. Intento identificar las especies vegetales. Nuestras sempiternas encinas, las jaras (que significa sucio en árabe) pasando por romeros, madroños o lentiscos. Miro siempre las posibilidades de prosperar que pueda tener. Si se pueden guiar chaparras, si están las encinas «aburrías» a falta de poda invadidas por el monte con muchos líquenes en las ramas. Los ecologistas no comprenden que la encina es un árbol «frutal» guiado por el hombre y que hay que cuidarlo y podarlo.

Sueño las arboledas de caducifolios… por aquel mito de Estrabón que decía de la ardilla que cruzaría la península sin pisar el suelo. En los barrancos si se podrían represar para almacenar agua y reducir el estiaje. Esto que los majaderos de hoy tienen como el mayor de los delitos.

Al llegar al puesto, tras las seguridades, me marcó mi tiradero. Siempre corto. Ya no llevo anteojo. Mato menos pero disfruto el doble. Y aquel cochino que va tan largo a otro le entrará. O se irá a criar.

Luego atento a las zonas querenciosas. Los barrancos para los cochinos. Los cerros para los venados. Recuerdo muy niño a Jaime, el magnifico guarda de tía Hilda, en el Peladillo, en Toledo: «Imagina que eres un jabalí… ¿por dónde entrarías para esconderte más? Busca las trochas y las gateras.» Finalmente un examen de fauna. ¿Hay buitres? ¿Que águilas? Palomas, liebres… ¿Linces? Y, sobre todo, soñar si se puede hacer a caballo.

A veces tras la ladra queda del perro que late a parado, o la ruidosa urraca centinela

Entro en comunión con el monte. Te advierte con ese silencio emocionante que precede a la carrera del jabalí. A veces tras la ladra queda del perro que late a parado, o la ruidosa urraca centinela. El tarameo de las jaras. Ese vínculo lo interrumpe la maldita adicción al móvil. Nos tiraniza la vida, transformándonos en yonquis digitales, al suministrarnos tanta información que no necesitamos, pero que desaforadamente consumimos.

El tirar y el fallar es una lucha personal por controlar emociones y domar el espíritu. En ningún momento es un examen de pericia. Hay una buena parte de suerte. Y otra de cura de humildad. Pasan los perreros. Saludo orgulloso a esas gentes bravas. Me hace gracia cuando salgo a Europa, las voces quedas de los educadísimos ojeadores que musitan a media voz «hi-hoop» a sus cuatro perruchines.

Que piensan los extranjeros de los gritos ininteligibles que damos nosotros. Donde parece que nos va la vida en ello. Y la fiereza con la que entramos a cuchillo. Respetan el valor de nuestro pueblo. Seguimos siendo los mejores amigos y los peores enemigos. «España solo pare hombres armados» dijo en 1525 Francisco I de Francia tras ser capturado en la batalla de Pavía.

Ante la desolación de ver estas tan amansadas generaciones de la play station, tatuadas e indolentes, son redimidos por estas gentes bravas entre quienes me siento orgulloso de ser uno de ellos. Y de ver que aún escondido entre las brasas del hedonismo, apretándoles la necesidad volverá a surgir su alma imperecedera, pues jamás podrán dominar las brisas de la indolencia el apasionado espíritu español.

Suenan las caracolas. A marcar las reses. Nada peor que perderlas. Explicarlas al postor y agradecer el puesto.

Hace poco estuve en las nieves de la estepa Húngara a 13 bajo cero. Hungría, el país de los Hunos de Atila. Me prohibieron tirar a más de 70 m porque la bala rebota en el terreno helado como si fuera en una carretera. Y me contaron que por las pocas horas de luz, vuelan los drones para encontrar los bichos. Encontraron 6 en la última batida. Sentimientos encontrados. Para un antiguo como yo, la tecnología asesina el romanticismo de la caza.

De vuelta a casa. Las reses se discuten en el campo. A mi tío Juancho Tolosa, un prodigio de simpatía y siempre gran cazador, le intentaron «levantar» un cochino. Cuando estaba porfiando le preguntó socarronamente: «¿Tú jabalí tenía también esta jara metida en el culo?»

Siempre me llevo los trofeos aunque solo sea por respeto al animal. Mi abuelo no recogía colmillos de jabalíes en su juventud. Y los venados eran muy pequeños. La caza estaba donde no llegaba el ganado. Al comer poco desarrollaban menos. Jamás se «desperdiciaba» comida echándosela a las reses.Hoy las cacerías comerciales mejoraron exponencialmente la calidad de trofeos y salvaron a la fauna y la flora de su desaparición.

Por fin los tecnicismos sociales. Cambiar de zapatos para no meter barro en la casa, llevar un regalo. Admirar la belleza de la señoras, el arreglo del comedor y unas cuantas normas más recogidas en un divertido libro que escribió mi amiga Rosie Nikerson «How to be asked again» donde su humor británico desglosa la corrección en las cacerías en las Islas de ese pueblo dominado por el ritual.

Hay otras formas de caza. Que respeto y discrepo. Y hay otras formas de vida. De cultura y de educación que discrepo todavía más. Confieso que a veces imagino qué pensarían los romanos ante las costumbres de los bárbaros… Que sin embargo les conquistaron…

¿Es Melancolía contemplar la belleza de la decadencia?

  • El conde de Teba, Jaime patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero.