La caza y la cultura
No hay obra de arte que no proceda de la cultura. No hay cultura que no se asiente en una sensibilidad colectiva. No hay sensibilidad colectiva que no se vea excitada cuando encuentra una obra de arte que eleva hasta la excelencia sus propios sentimientos
'Diana y sus ninfas cazando', Pedro Pablo Rubens
No descubro nada si digo que muchas veces, demasiadas, los medios de comunicación audiovisuales y radiofónicos hacen trampas cuando quieren trasladar opiniones. Enfréntese a personas que tienen el colmillo retorcido en la comunicación, que han hecho de ello su modus vivendi, con las que piensan diferente pero no tienen esa ocupación, desde carpinteros, albañiles hasta médicos o ingenieros. Además, de entre ellos, busque al que no tenga la mayor facilidad de palabra y no haya debatido jamás. El resultado estará trucado porque, salvo sorpresas, el invitado saldrá vapuleado.
Recientemente, con la ocurrencia de la ministra de turno, ha saltado la polémica de la posible prohibición de asistencia de menores a los toros y a jornadas de caza. En todos ellos había invitados de determinados partidos gubernamentales, que de forma muy evidente exponían la «hoja parroquial» que les había enviado su komitern, con los mismos argumentos, en el mismo orden, las mismas falacias, que hacían evidente su procedencia, al igual que lo es el de dos exámenes de dos alumnos que coinciden hasta en las faltas de ortografía.
Su voluntad, no otra que la de mostrar a los cazadores como un colectivo de paletos retrógrados e incultos
El colaboracionismo de esos programas y de sus directores es vergonzoso y los descalifica. Su falta de objetividad, palmario. Su voluntad, no otra que la de mostrar a los cazadores como un colectivo de paletos retrógrados e incultos.
La realidad es que el colectivo cazador vive contento en su mundo, iluso él, pensando que no puede molestar a nadie dedicándose a lo que le gusta. Pocas veces hace análisis de lo mucho que hay detrás de su afición, de su historia, de la sensibilidad que exige desplegarse en la observación y aprendizaje, en la promoción de la vida como requisito de la muerte ordenada y equilibrada. Esa sensibilidad, en el colectivo, es germen de cultura que, como es normal, solo los mejores y más hábiles son capaces de desarrollar. Pero si se desarrolla, es que existe y se comparte.
No hay obra de arte que no proceda de la cultura. No hay cultura que no se asiente en una sensibilidad colectiva. No hay sensibilidad colectiva que no se vea excitada cuando encuentra una obra de arte que eleva hasta la excelencia sus propios sentimientos.
Hagan un experimento y busquen en internet cuadros sobre caza y naturaleza. Después, háganlo sobre, por ejemplo, fútbol. Después comparen, por mucho que limiten su búsqueda en los últimos 50 años. No hay más que hablar.
Háganlo después con la literatura (algo más pesado, porque aquí habrá que leer, y eso duele en los ojos de los muchos profesionales del debate bullanguero televisivo) y busquen, no solo monografías, sino también aquellas que recogen escenas de caza en tono laudatorio, sin crítica alguna, plasmando esa afición como actividad normal del ser humano; como inspiración. Ahora intenten algo similar con el fútbol y comparen.
Y vayamos al presente, a las actuales obras, porque esa situación se mantiene. No me hace falta a acudir a Velazquez, Goya, Rubens, Van Dyck, Tillemans, Rosa Bonheur (espíritu tan libre que fue pionera en mostrar públicamente su homosexualidad) … Incluso en los últimos cien años, en una situación en la que el wokismo imperante, con infinitas posibilidades económicas y de medios de comunicación, ha ordenado la condena moral de los cazadores, aun así gana la cultura de la caza. Ya sean los cuadros de Moraleda, de Herrera, de Hardy, de López Quesada; varias de las novelas de Delibes, el Solitario de Foxá, el Mundo de Juan Lobón de Berenguer, la obra de Jim Corbett, el trasfondo social y cultural de las de Wilbur Smith y Hemingway… Porque empiezo y no paro.
Como decía el humorista castizo, no digo que me lo mejores; iguálamelo. Díganme que también hay que prohibir a los menores determinadas novelas o cuadros porque suponen una «normalización de la violencia». Díganme que Goya, Delibes, Foxá o Corbett eran practicantes de una violencia gratuita y ajena a la cultura; que la inspiración procedente de su afición no le ha aportado nada al arte. Afirmen que debe prohibirse a un menor experimentar las mismas sensaciones que dichos autores han plasmado y elevado hasta el nivel de obra de arte. Tengan el valor de decirlo en público.
Ustedes tienen el derecho a educar a sus hijos según sus criterios, pero quiten las manos de los nuestros, que no los queremos incultos e insensibles. Los educamos en la doctrina de la vida, que incluye la muerte. En el respeto y en el equilibrio. En la perduración de las especies y hasta del paisaje. Me consta el resultado de nuestra educación, pero desconozco el del suyo, que a mí me parece lobotomizado, excesivamente dirigido y condicionante; castrador.
No se crean que nuestra descendencia es mayoritariamente cazadora. Unos sí y otros no, lo que demuestra la absoluta libertad de nuestra educación. Ni imponemos, ni prohibimos. Ustedes parten siempre de la prohibición, del dirigismo y la manipulación intelectual, seguramente porque lo que les da miedo es la libertad de elección. Muy posiblemente, la misma libertad.
- Antonio Conde Bajén es miembro de Real Club de Monteros