La lección de Storhøbu

Para la expedición, contábamos con un mapa plegable de tamaño Din A2 en noruego, una brújula, una gran mochila con la ropa pertinente, comida liofilizada para ocho días, botiquín, saco de dormir y tienda de campaña, además de rifle y balas

Jacobo Pérez-Maura junto Loren Gutiérrez en el refugio de Storhøbu, NoruegaCedida por el autor

Este pasado agosto, tuve la suerte de poder irme de viaje con mi gran amigo Loren Gutiérrez 3 semanas a Noruega a vivir la que ha sido hasta ahora la caza más pura que he vivido. Fuimos sin guías, ni guardas, completamente a nuestras anchas, con todos los riesgos que supone, pero con la gran ventaja de sentir la caza pura únicamente guiada por nuestros instintos.

En este viaje íbamos inicialmente tras los renos, donde teníamos 196.000 hectáreas para cazar de pura tundra y fiordos que constituyen el Parque Nacional de Reinheimen. La traducción al castellano de «Reinheimen» significa «El Hogar de los Renos», muy propio para la cacería que estábamos haciendo. Para la expedición, contábamos con un mapa plegable de tamaño Din A2 en noruego, una brújula, una gran mochila con la ropa pertinente, comida liofilizada para 8 días, botiquín, saco de dormir y tienda de campaña; además de rifle y balas.

Sin apenas conocimiento del terreno, Lorenzo, Miguel, Nacho Gutiérrez y yo fuimos a la aventura en busca de estos animales, poniendo como primer destino una pequeña cabaña pública ubicada en el perfecto concepto de «estar en mitad de la nada», a unos 10 km rumbo noreste desde donde comenzábamos la expedición. Creo que debo aclarar, que no existe ningún tipo de carretera, camino, calzada o sendero más que las trochas de fauna salvaje y del poco ganado que habita aquellos lares. Por lo que, el único medio para transportarnos durante aquella cacería era a pie.

Tras 4 horas de marcha con las mochilas llenas de ganas y 20 kg de equipo, logramos llegar a este pequeño refugio llamado Storhøbu, en el que pasaríamos las siguientes 4 noches. Storhøbu es un nombre compuesto en noruego que significa «Gran cabaña de las alturas». Realmente me impactó el impecable estado en el que estaba. Contaba con un habitáculo amplio, con dos literas, cocina de gas, un almacén lleno de leña, una maravillosa estufa Jotul que nos calentó los fines de jornada a temperaturas bajo cero, una despensa con reservas de emergencia, velas, un armario con abrigos para casos extremos y más detalles que nos sorprendieron gratamente. Fue como entrar en casa de alguien.

Comenzamos la parte dura de la cacería en la que, entre cuatro jóvenes, teníamos que llevar toda la carne, trofeo y piel de los dos renos. Cada reno pesaría en torno a 200 kg, suponiendo un total de 100 kg por reno de carne

Al día siguiente, tras el éxito en nuestra primera jornada de cacería en la cual generalmente se tardan 9 o más días en completar, pudimos abatir dos grandes renos a unos 12 km de la cabaña en lo alto de una montaña, comenzamos la parte dura de la cacería en la que, entre cuatro jóvenes, teníamos que llevar toda la carne, trofeo y piel de los dos renos. Cada reno pesaría en torno a 200 kg, suponiendo un total de 100 kg por reno de carne, más el peso del trofeo y de las pieles gordas para superar los fríos árticos. Mínimo llevaríamos unos 50 kg cada uno.

Tras 6 horas en las que el peso inhumano de la mochila, el terreno mojado y resbaladizo, un temporal ártico que nos impedía la vista por el espesor de la nevada y la inexistencia de referencias en la tundra, llegamos finalmente a nuestra querida Storhøbu. En el interior había dos noruegos corpulentos, con esa presencia serena y robusta que uno asocia inevitablemente con la herencia vikinga. Estaban allí pues era pública y también andaban cazando. Inicialmente no recibimos con alegría la noticia pues la cabaña era pequeña y no cabíamos todos, pero muy elegantemente se ofrecieron a dormir en el exterior en tienda de campaña.

Tras esa generosa reacción decidimos invitarles a cenar junto a nosotros el liofilizado Thurmat de turno que nos tocaba en el racionamiento del día. Tuvimos una larga conversación, y no pudimos evitar hablar de lo que era incomprensible para los españoles: Una cabaña pública impoluta. Allí nos dieron una lección de moral y de civismo. Los valores generacionales inculcados en esta gente se basaban en dejar las cosas mejor de lo que estaban. Aquello no estaba vigilado por nadie. Era simplemente un refugio reformado y mantenido por cazadores anónimos. Personas que entendían algo muy básico: el siguiente podrías ser tú. La estufa Jotul encendida, la leña apilada con cuidado, las mantas dobladas, la vajilla limpia. Todo hablaba de respeto. De previsión. De una ética no escrita.

Allí nadie necesitaba carteles. No había amenazas de multa ni cámaras ocultas. Solo una norma implícita: deja el lugar mejor de lo que lo encontraste. Ese gesto, repetido generación tras generación, construye algo más grande que una simple cabaña. Construye confianza.

Y luego volvemos a casa.

Subes a Picos de Europa y el contraste golpea. Las cabañas públicas convertidas en vertederos improvisados. Cristales rotos, puertas forzadas, pintadas absurdas. No es pobreza material. Es descuido moral. Es la sensación de que lo público no es de nadie, y por tanto, se puede maltratar sin consecuencias.

La diferencia no está en el clima ni en la economía. Está en la cultura del cuidado. En entender que el monte no es un parque temático ni una extensión de nuestro salón. Es un espacio compartido que exige responsabilidad.

Quizá el problema no sea la falta de leyes, sino la falta de pertenencia. Cuando uno siente que forma parte de algo, lo protege. Cuando se siente ajeno, lo consume. Y para cambiar esto, hay que empezar con el ejemplo.

Tal vez la pregunta incómoda no sea por qué allí sí y aquí no. Tal vez sea qué estamos enseñando sobre respeto, sobre herencia, sobre legado. Porque al final, la caza, la montaña, la naturaleza, son escenarios donde se revela quiénes somos cuando nadie nos mira. Y eso, más que cualquier trofeo, es lo que deja huella.

Los días siguientes los pasamos porteando la carne hasta el coche. Cada jornada pesaba más que la anterior, por los kilómetros y por el cansancio acumulado. Y aun así, cada noche volvíamos a la querida Storhøbu. Una cabaña sencilla, cuidada por gente que probablemente nunca conoceremos. Nos fuimos de allí con dos renos en el maletero y con una idea clara: el respeto no se predica, se practica. Y se nota cuando falta.

  • Jacobo Pérez-Maura Rodríguez-Miñón es ingeniero agrónomo