Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Dehesa

Es, sin duda, el mejor destino del ganado. No hay cuadras cerradas ni pasillos de cemento, sino un orden antiguo en el que el animal busca agua, comida y refugio siguiendo un instinto afinado por generaciones

Cerdos ibéricos en la dehesaCedida por el autor

Es un mar de encinas o alcornoques que parece no acabar nunca, un horizonte de troncos oscuros y copas redondas que dibujan islas de sombra sobre un suelo de pasto, jara y piedra. Desde lejos parece un paisaje quieto, casi inmóvil; sólo cuando te adentras entiendes que está lleno de respiraciones: las de las vacas, las ovejas, los cerdos ibéricos que avanzan cabeceando entre bellotas, el crujido de las ramas, el aleteo de algún pájaro que se levanta porque te ha oído llegar.

La dehesa es, sin duda, el mejor destino del ganado. No hay cuadras cerradas ni pasillos de cemento, sino un orden antiguo en el que el animal busca agua, comida y refugio siguiendo un instinto afinado por generaciones. Las vacas rumiando bajo la encina mayor, las ovejas que se refugian cuando el sol cae a plomo, los cochinos que husmean el suelo como si estuvieran leyendo un libro invisible hecho de olores. Aquí el tiempo no lo marca un reloj, sino la rotación de los pastos, la caída de la bellota, la llegada de las primeras heladas. Las estaciones se hacen tan presentes en la dehesa que parece que estás leyendo un calendario eterno e inmutable.

Hay quien, al entrar en ella, siente una paz que no sabe explicar, como si por fin todo estuviera en su sitio

Emocionalmente, la dehesa tiene algo de casa grande y silenciosa. Hay quien, al entrar en ella, siente una paz que no sabe explicar, como si por fin todo estuviera en su sitio. El aire tiene un peso distinto, más denso de aromas: hierba seca, tierra caliente, hojas trituradas bajo las pezuñas. Cuando uno se detiene, escucha. No es el silencio absoluto, sino un murmullo bajo, casi secreto: cencerros lejanos, insectos, alguna voz que llama al perro, el motor lento de un tractor que pasa por una vereda.

Luego está el milagro del corcho. Quitarle la corteza al alcornoque es casi una liturgia. El golpe preciso de la herramienta, el crujido hondo cuando la plancha se despega, el color carne viva del tronco recién desnudo. Y ese olor: una mezcla dulce de humedad, savia y madera caliente que se te queda pegado a la piel y a la ropa. El corchero sabe no hacer daño al árbol y que dentro de unos años volverá a entrar al monte para repetir el gesto, en una relación basada en la paciencia y el respeto. Pocos paisajes resumen tan bien la palabra «sostenible» como un alcornocal bien trabajado.

La dehesa también duele. Duele cuando la ves seca, cuando las charcas se convierten en barro duro y las encinas enferman de silencios que nadie termina de comprender. Cuando el ganado baja a los bebederos con una urgencia que no disimulan los cencerros. Duele cuando se trocea, se abandona o se convierte en postal para turistas que sólo se quedan con la foto del cerdo bajo la encina, sin intuir el esfuerzo invisible que mantiene ese equilibrio.

Para quien ha crecido lejos del campo, la dehesa puede ser simplemente un paisaje bonito que se atraviesa en coche, camino de otro sitio. Pero para muchos es un idioma materno: el de la tierra que alimenta sin estridencias, que da carne, leche, corcho, leña y belleza sin pedir titulares. En cada encina hay un acto de fe, en cada sombra un respiro que el verano concede. La dehesa es mucho más que un tipo de explotación agroganadera, es una manera de estar en el mundo, a medio camino entre el trabajo y la gratitud.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá