Crónica de un desafío aéreo

El estornino educa la paciencia. No siempre llegan; no siempre entran; no siempre se colocan a la distancia justa. A veces pasan altos, otras se dispersan antes del tiro. Y, sin embargo, esa incertidumbre es parte del encanto. Su caza no garantiza resultados, sino que ofrece desafíos

Bando de estorninos sobre los tejadosCedida por el autor

El estornino es, quizá sin saberlo, uno de los grandes malabaristas del cielo. A primera vista parece un pájaro común, casi humilde en su tamaño; pero basta verlo remontar en grupo, como si una única voluntad gobernara cien alas, para comprender que su caza pertenece a un reino aparte dentro de la cinegética. Porque enfrentarse a él es aceptar que el tiro ya no se dirige a un ave, sino a una forma cambiante.

Llega en oleadas. Aparece la mancha oscura en el horizonte, ensanchándose hasta ocupar el cuadro entero. Enseña a calcular sin pensar, a disparar sin dudar, a corregir la puntería en una fracción de segundo. Su vuelo errático, ese zigzagueo que parece caprichoso, pero que en realidad es una defensa colectiva, es tan perfecto que obliga al cazador a mantenerse despierto y muy atento.

Un tirador experimentado sabe que no debe precipitarse. La escopeta, casi prolongación del brazo, se adelanta ligeramente al vuelo. No se «persigue» al ave; se intuye su dirección. Se apunta no a lo que es, sino a lo que será un segundo después. Pero quizá el momento más bello no es el disparo, ni la espera, ni el cobro. Es ese instante imposible de describir en que la bandada, sintiendo la amenaza, se repliega y se contrae en una figura ondulante. El cielo se oscurece y se ilumina en un parpadeo.

El estornino educa la paciencia. No siempre llegan; no siempre entran; no siempre se colocan a la distancia justa. A veces pasan altos, otras se dispersan antes del tiro. Y, sin embargo, esa incertidumbre es parte del encanto. Su caza no garantiza resultados, sino que ofrece desafíos. Es una escuela de humildad para el tirador, que aprende a aceptar los errores.

El estornino es, en su aparente pequeñez, un generador de historias, anécdotas, fracasos gloriosos o aciertos memorables

También es una caza profundamente social. No son raras las jornadas compartidas, donde varios cazadores se distribuyen en puntos estratégicos del terreno y comentan, al final del día, la mejor entrada, el tiro más limpio o la maniobra más sorprendente de la bandada. El estornino es, en su aparente pequeñez, un generador de historias, anécdotas, fracasos gloriosos o aciertos memorables. En cada relato se mezcla la maestría del tirador con el asombro ante la inteligencia colectiva del ave.

Estorninos, de J.Mª Benedito para MNCNCedida

No falta quien les califique de plaga —y ciertamente, en muchas regiones agrícolas su presencia masiva genera perjuicios considerables—, pero incluso en ese contexto, no hay desprecio en el disparo; hay disciplina. Y aunque su abundancia parezca restarles valor, sucede lo contrario, ya que cuanto más numerosa es la bandada, más exigente es el tiro.

Y así, jornada tras jornada, año tras año, el estornino mantiene su lugar en el imaginario cinegético, como un pequeño adversario veloz e imprevisible, que obliga al cazador a afinar los sentidos. Porque en el fondo, el tiro no es sólo un ejercicio de puntería, sino que es una manera de escuchar el campo. De mirar hacia arriba. De recordar que el cielo guarda todavía misterios capaces de ensanchar la mirada del hombre.

El tiro al estornino en Sevilla, particularmente en zonas como los cañaverales de Villaverde del Río, es una práctica histórica documentada desde el Libro de la Montería de Alfonso XI. Esta tradición, mencionada también en documentos del siglo XVIII, se centraba en estas aves debido a su gran abundancia en la zona. Durante la década de los años veinte del pasado siglo, se alternaron las tiradas de pichón con las del estornino en los campos de tiro sevillanos.

Sobre todo en esta capital andaluza, algunos campos de tiro habían descubierto en el estornino un aliado inesperado, casi poético, para mantener viva la tradición del tiro al vuelo. Allí donde antes reinaba el pichón, se alzaba ahora éste, ave modesta en apariencia, pero dueña de una vivacidad que transformaba cada serie de disparos en un desafío. En lugar del pichón, éste introducía una agilidad distinta, una forma de vuelo menos previsible, nerviosa, casi eléctrica, que obligaba al tirador a ajustar sus reflejos con precisión.

Los veteranos admitían que el cambio les sorprendió al principio. Acostumbrados al vuelo ancho y decidido del pichón, tuvieron que aprender a leer las nuevas claves, como son su ligereza extrema, que hace necesario adelantar un palmo más la puntería; su tendencia a elevarse de golpe como un resorte; su capacidad para mutar de dirección en un parpadeo. El éxito del tiro ya no residía sólo en la técnica depurada, sino en la intuición fina, casi un presentimiento, que permitía anticipar ese giro diminuto que marca la diferencia entre acertar o quedarse con el disparo en el aire.

Poco a poco, la afición sevillana había descubierto un encanto particular en esta modalidad. El estornino introducía un ritmo más vivo, una serie de desafíos sucesivos que obligaban a mantener la atención despierta. Cada salida era distinta, a veces se lanzaba como una flecha, otras zigzagueaba, otras se elevaba casi vertical, empujado por una determinación que desconcertaba incluso a los tiradores expertos.

No faltaban voces nostálgicas que recordaban la época dorada del pichón. Pero incluso entre ellas se reconocía que el estornino había traído algo fresco, una suerte de renovación dentro del respeto a la tradición. La esencia no había cambiado; sólo lo había hecho el protagonista. Además, poseía un rasgo que le daba un carácter especial, su condición de ave abundante y adaptable, que permitía practicar la modalidad sin tensiones éticas ni impacto negativo en el equilibrio del entorno.

Al final, el tiro al estornino no sustituye al pichón, sino que lo sucede, lo prolonga, lo interpreta desde una mirada nueva, pero que conserva el alma del tiro al vuelo. Es un nuevo modo de mirar hacia el cielo, de escuchar en cada disparo el eco antiguo de una afición que, como las alas del estornino, se resiste a caer y sigue elevándose.

  • Julián López Aguado es investigador e historiador