Trashumancia
Vivir del ganado era, también, vivir a su ritmo, dormir donde tocaba, comer lo que hubiera, aceptar que la estación manda más que cualquier despacho
Trashumancia
Es una palabra que ya casi sólo camina en los libros, pero durante siglos fue un verbo en movimiento: andar. Andar despacio, con el rebaño delante, siguiendo las cañadas que cosían el país de norte a sur, de las sierras frías a las dehesas templadas; irse en otoño y volver en primavera. No era una excursión, era una forma de estar en el mundo, de aceptar que la vida también se escribe con idas y regresos.
Etimológicamente, «trashumancia» viene del verbo «trashumar», heredero del latín (trans + humus), y nombra, literalmente, el acto de pasar de una tierra a otra, de seguir el camino cuando el suelo pide descanso. Cuando el tiempo no se medía en agendas ni en trimestres, sino en partidas y regresos, en pastos de invierno y de verano, en nevadas y en calor.
Cuando la hierba se agotaba en una zona, no se forzaba al suelo con pienso o heno traído de lejos: se ponían en marcha las patas de las ovejas, de las vacas, de las cabras, camino de otros pastos. El pastor, los ganaderos, conocían las sierras y los llanos como quien conoce las habitaciones de su propia casa; sabían dónde se escondía la última agua en agosto y por qué valle entraba primero la helada. Vivir del ganado era, también, vivir a su ritmo, dormir donde tocaba, comer lo que hubiera, aceptar que la estación manda más que cualquier despacho.
Las cañadas reales eran las autopistas lentas de esa vida: pasillos verdes de hasta setenta metros de ancho que nadie podía roturar, porque eran caminos del rebaño y, a la vez, corredores de biodiversidad. Por ellas viajaban animales, pero también semillas pegadas al vellón, insectos, historias, acentos distintos.
Quien ha hecho la trashumancia a pie sabe que no era simplemente trabajo: era escuela. Se aprendía a leer el cielo, a caminar con la luna, a reconocer el terreno
Hoy muchas de esas cañadas están comidas por cultivos, alambradas o asfalto; algunas se han convertido en calles de ciudad y otras se han estrechado tanto que ya sólo cabe el recuerdo.
Quien ha hecho la trashumancia a pie sabe que no era simplemente trabajo: era escuela. Se aprendía a leer el cielo, a caminar con la luna, a reconocer el terreno incluso a través de la suela. A vivir con poco. A agradecer una fuente, una majada, la sombra de una encina.
Los pueblos esperaban el paso del ganado como una fiesta: cencerros, humo de hogueras, perros inquietos, niños corriendo detrás, algún trueque, alguna noticia. La sensación de que el mundo se movía.
Hoy la trashumancia se apaga. Quedan rebaños que aún cruzan montes y carreteras, pero cada año son menos y hay menos pasos libres. El ganado viaja en camión, el pastor se convierte en gestor, los caminos se borran, se abandona el monte. Con ellos desaparece también una manera de ajustar la vida a los ritmos de la naturaleza y una defensa silenciosa contra la erosión, los incendios y la soledad de tantos territorios.
La trashumancia fue una forma de mirar el tiempo y el espacio: despacio, a pie, aceptando la ida y la vuelta como una sola línea de viaje, sin discutir las estaciones. Hoy la UNESCO la ha reconocido como patrimonio cultural inmaterial, pero ningún sello internacional puede sustituir a un rebaño real ocupando una cañada, saliendo en otoño y regresando en primavera.
Mientras queden trashumantes por las viejas rutas quedará también un recuerdo vivo de que el campo tiene sus propias formas de irse y de volver. Y que olvidarlas es perder algo más que paisaje: es ceder territorio, decisiones y futuro a muchos kilómetros de distancia de donde se pisan estas tierras.
- Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá