Recuerdos de mi niñezCristina Clemares

Un no parar eran nuestros días

La fauna sobre la alfombra verde irá aumentando según corra el calendario: pájaros heridos que recibirán nuestra atención veterinaria —¡hasta una cigüeña tuvimos el estío anterior!— y erizos

María con el cordero que veraneó con nosotros aquel lejano verano en el jardín.Cedida por el autor

Voces pidiendo prohibir a los niños ir a los toros y la caza. Voces ignorantes. ¡Vamos allá! Otro pasito más.

Los despertares en el Villar son maravillosos, pan frito o migas con azúcar -hechas con la nata de las vacas ordeñadas en casa- es nuestro manjar preferido. ¡Pilas cargadas, fuerzas renovadas y a vivir el nuevo día que se abre como si no hubiese un mañana!

Primera parada: la cuadra. Hay un potrito alazano careto esperándonos. Se quedó huérfano a los pocos días de nacer, cuando un toro pegado se topó con su madre, la embistió por los pechos y la cornada que recibió fue mortal. Lo cogemos de rabero y nos lo llevamos al jardín donde vamos a pasar la mañana. Sobre el césped también tenemos un cordero. Todos los veranos mis abuelos nos llevan uno durante las vacaciones. Nos siguen como si fueran perros. Al fondo del jardín hay una jaula de conejos. Abrimos la puerta a los tres ejemplares que nos quedan -una zorra se ha ido comiendo el resto-. La fauna sobre la alfombra verde irá aumentando según corra el calendario: pájaros heridos que recibirán nuestra atención veterinaria- ¡hasta una cigüeña tuvimos el estío anterior! - y erizos, todos los que podamos salvar de la portera canadiense, cuyo foso es sinónimo de sepultura. Mi abuela odia los ratones y los topos, y los de las púas, aunque lentos, los ahuyentan. Así que cuantos más erizos mejor.

Hay una plaga de topillos que da miedo. Túneles y más túneles invaden el jardín. Lo tienen destrozado. Es hora de la primera cacería. Mangueras abiertas y a inundar las galerías. Golpes precisos al huir de sus huras con las armas que portamos -cada uno tiene una cayada- y a por el «vacío sanitario». La media es de unos quince topillos al día, y no se acaban ¡son infinitos! Los gatos están felices. Gordos a reventar. Con el ansia del trofeo, uno de los armeros confunde mi pie con un animal y el golpetazo que recibo es de aúpa. Lloro y corro a mis padres. Aprovecho el accidente para recibir mimos y tomar el aperitivo con los mayores y vuelta a la batalla.

Los hermanos Clemares Pérez-Tabernero siguen creciendo...El campo es su paraíso. (Villar de los Álamos)Cedida por el autor

Llega el momento de llevar cada animal a su casa. Barcas, balones y demás objetos de divertimento guardados. Esta noche hay fiesta en casa y todo tiene que estar recogido. Es un día grande: onomástica de mi abuela. Una costumbre familiar su celebración, más antigua que nuestras cuatro vidas juntas. Una centena de invitados acudirán con sus mejores galas. Nos tocará saludar como niños buenos, recién salidos de la bañera y peinaditos, y luego desaparecer.

Sabemos que al día siguiente nos dolerá el cuello de mirar para arriba, pero ya se sabe: «sarna con gusto, no pica»

La fiesta de ayer, hizo que nuestra noche de pájaros se aplazara a hoy. Estamos deseando que la oscuridad se adueñe del firmamento y José Manuel, el tractorista, venga a recogernos. Es más bichero que nosotros. Javier y él son los únicos que tiran. Nosotras no podemos con la escopeta de perdigones, solo hacemos algún disparo suelto. Nuestra tarea es recoger las piezas abatidas. Nos ponemos las gorras, si se te olvida eres un auténtico «pardillo», porque la posibilidad que algún excremento te caiga de las alturas es elevada, mejor en la visera que en la cabellera. Sabemos que al día siguiente nos dolerá el cuello de mirar para arriba, pero ya se sabe: «sarna con gusto, no pica». La chopera está llenita de pardales y tordos. Javier es fino con la de balines, entre los dos tiradores han matado alrededor de trescientos pájaros. La mayoría acabarán en la barra de alguno de los bares de la zona. Unos cuantos se quedan en casa.

Un nuevo día empieza. Fulgencio, el suegro del tractorista, destripa y pela las pequeñas aves que nos hemos quedado: la mitad para él y la otra para mi abuelo. A mi abuelo le encantan frititos con una cerveza al mediodía. Estamos un rato de charleta con él, acribillándolo a preguntas -hace unas flautas con cuerno de cabra que son preciosas- y nos vamos a ver a la mastina que ha parido en la carbonera. Cogemos a los cachorros y cuando salimos tenemos las piernas negras, no es por el mineral, el motivo es otro: ¡están llenas de pulgas! ¡Impresionante! Manuela, la mujer del mayoral, nos echa spray insecticida para matar a las saltarinas y ¡a todas las moscas de la comarca!

Mientas nos están desparasitando oímos unos chillidos, primero el de mi madre y luego el de una de las señoras que trabaja en casa. Unos minutos después entra un vaquero portando unas tenazas de la lumbre. Queremos ir a ver qué pasa, pero por culpa de las pulgas no nos dejan ¡Menos mal! Si no, bronquita al canto. Me regalaron por mi cumpleaños una serpiente de goma que da el pego, una imitación casi perfecta, y con las prisas de ir a ver a Fulgen se me olvidó guardarla, la dejé en el baño de mis padres en posición dormida… Mi madre entró, la vio y gritó como si fuera una serpiente da cascabel, acudieron en su ayuda y la mujer que llegó primero, repitió el ritual: grito, miedo y parálisis de las extremidades. Hubo que recurrir a un hombre que cuando fue a capturarla le entró la risa… a nuestra madre no tanto.

No está «el horno para bollos», será mejor pasar desapercibidos unos días… Todavía está reciente el suceso de los huevos y ahora esto. ¿Huevos? Sí, sí. En primavera cogimos unos huevos de unos nidos, los envolvimos en algodones y los metimos entre las mantas del armario de las niñas para incubarlos. Se nos olvidó sacarlos. Hace unos días fueron a por una manta - ¿a quién se le ocurre coger una manta en verano? – y los huevos se cayeron rompiéndose contra la moqueta de nuestro cuarto y la que se lio. Estaban podridos y su olor… ¡repugnante!

Y estos cuatro hermanos que fueron niños hace ya muchos años, son adultos que siguen disfrutando de las aventuras que les presenta el campo.

Continuará…

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, master de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá