Semana Santa

En aquellos años 70 el pantalón corto era Identitario de juventud, y asimilado a un estatus de respeto. Impensable un joven sin pantalón corto, ni una persona mayor con uno. Hoy es la vergonzante muestra de falta de decoro, Y sobre todo, de debilidad ante el calor. Flojos. Mi amigo Lolo los llama «vainillas».

Perdiz rojaJuan Lacruz

Queridos incautos: Los primos se quedaban en Jerez a ver las procesiones. Nosotros veníamos con los abuelos. Con mis pantalones cortos. Los usábamos tanto en invierno como en verano. «Si quieres conservarte fuerte y lozano, la ropa de invierno úsala en verano»

Explotaba la naturaleza. Retornaba la verdísima selva de pinchos, adormecida durante el largo invierno. Los gigantescos álamos negros que otros llamaban olmos vestían sus ramas grisáceas que en la lejanía de sus altura desdibujaban las siluetas de los pájaros posados. Los herrerillos, carboneros jilgueros y verderones llenaban el espacio con trinos multicolores.

Habíamos dejado de cazar indiscriminadamente pajaritos. Eso era para principiantes. Empezábamos con la escopeta del 28. Solo urracas, grajas y los sempiternos conejos. Había un término para esa edad en que vislumbrabamos la carrera del aprendizaje de ser hombres: «Cadete».

El desafío era encontrar los nidos. Con especial cuidado si tenían huevos, para que la madre no lo «aborreciera». Pero si estaban nacidos los horribles polluelos, ya nunca lo abandonaba. Intentando no espantar, era una maravilla contemplar la evolución de esos pequeños alienígenas calvos que poco a poco se cubrían de plumas. Alcanzando la dignidad de preciosos pajaritos.

Todos los días, a por espárragos. Con Fina que nos cuidó a todos. Me agachaba a cogerlos con las piernas y brazos siempre arañados. Los guardas sonriendo burlonamente me llamaban «bolo» y me enseñaban: con sus abarcas hechas de ruedas de coche, pisaban la planta de la esparraguera, y quedaban al aire los espárragos. Mi abuelo los comía crudos. Aunque a mí me sabían amargos.

Mientras a la vez buscábamos los sagrados nidos de las perdices y de los faisanes. Los marcábamos de una manera especial: Siempre al contrario. Si estaba en una siembra a la derecha del camino, poníamos una señal a la izquierda para despistar. Casi siempre una rama de retama con una piedra encima.

Se controlaban casi todos días hasta que eclosionaban y abandonaban el nido. Pero ¡ay! Eran los tiempos de las alimañas. Muchos se malograban, ante la desesperación del abuelo. Llegaba una culebra y arramplaba con ellos. Dejando en el suelo su impronta en forma de huellas de barras paralelas. Si quedaban las cáscaras había sido un mustelido menor. Y las zorras… ¡nunca!. Pues los guardas aseguraban siempre que había pocas. Sobre todo porque ese era su trabajo .

El Land Rover descapotado era el centro de todo. Yo aprendía a conducir amparado por mi abuelo o mi padre. Tenía la rueda encima del capó. Y allí iba todo lo que íbamos tirando. Algún conejo. Urracas. Muy de cuando en cuando una paloma, que abrían el buche para ver que había comido. Traía alfalfa muy picada… Está vendrá del río. A veces nos sentábamos en la rueda tirando lo que saliera de los árboles. Era lo máximo.

La comida era compleja. En el enorme comedor, los elegantes criados, mucha pompa y poca chicha. Sempiterno gazpacho. Nada de carne. Mucha verdura algo de pasta y poco más. Alguna lata de sardinas que al abuelo le encantaban y a mí no me gustaba nada. Eso sí. En el postre llegaba una maravilla. Una enorme escultura de mazapán. Un bodegón de un queso un plato y una jarra de vino todo asaltado por simpáticos ratones. Que como a mi abuela no le gustaban era lo primero que me comía encantado.

Luego los ejercicios piadosos en esos días dominados por el ritual. Mi madre era ordenada y disciplinada hasta la extenuación. Y nos hacía recorrer la inmensa casa en una suerte de vía crucis inventado que rezaba por obligación, con cierta velocidad y vehemencia, sin que entendiéramos muy bien para qué.

Yo preguntaba por qué no venían ni mi padre ni mis abuelos, ajenos a las prácticas de la fe de nuestra madre. Eran órdenes y las órdenes jamás se discutían. No se trataban de entender. Solo obedecer.

Venía un cura joven desde el pueblo, a decir Misa en la pequeña capilla. Era encantador. Muy flaco, con gafas ahumadas y cara de asceta. Decía Misa con los ojos cerrados y chorreaba bondad. Tenía los zapatos rotos. Mi abuela le daba un dinero para la iglesia y otro para su sustento. Pero el me decía a mí por lo bajo que era todo para los pobres que lo necesitaban más.

A las 3 de la tarde mi abuelo subía a la torre a disparar tres tiros rememorando las palabras de Cristo

El viernes Santo, los guardas se paseaban con las carabinas mirando al suelo. Se hablaba poco. Y a las 3 de la tarde mi abuelo subía a la torre a disparar tres tiros rememorando las palabras de Cristo. La capilla grande había sido profanada en la guerra y nunca se recuperó. A mi abuelo le traía terribles recuerdos. Asesinaron cruelmente a don Dámaso, el capellán de Ventosilla. Les casó a todos. Era muy querido en la casa. Y Le encantaba la cacería.

Estaba enegrecida de humo y con las hornacinas con disparos Tenía aquellas puertas tan bonitas, en la esquina oculta de la casa que daba al río. Allá por los últimos años de mi abuela, a finales de los 90 apareció un gitano simpatiquísimo. No había nadie de la familia. Se dirigió decidido con su furgoneta hacia el jardinero, un tipo tan bonachón como corto de luces. Saludó muy obsequioso, y le dijo que venía a recoger las puertas, que le había mandado la señora condesa. Remigio se extrañó. No le habían dicho nada. Y no sabía cuáles eran. Le llevó a ver las puertas de la capilla y el pícaro le dijo que por supuesto eran aquellas.

Le ayudó a desmontarlas y cargarlas en su furgoneta. Hasta hoy.

Tengo que reconocer que en la tragedia nos hizo hasta gracia. En este país tenemos una peligrosa veneración por los pícaros. Los elogiaba hasta Cervantes. Hoy nos gobiernan.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero