Berrea
El animal grita contra el silencio para que el mundo sepa que todavía tiene fuerza, territorio y deseo
Ciervo en plena berrea
Hay palabras que no nombran cosas, sino estaciones secretas. «Berrea» es una de ellas. No es solo el bramido del ciervo en celo, ni el rito ancestral que se repite cada otoño en los montes de la península: es una fractura en el calendario, una fisura breve por la que el campo deja oír su respiración más honda.
Llega cuando el verano ya no cabe en los días, pero el otoño aún no se atreve a poner nombre a las mañanas. Las tardes se encogen, la luz se vuelve oblicua y dorada, las encinas hacen sombras más largas que frescas. Todavía hace calor en las siestas, pero por la noche se cierra la ventana «porque ya refresca». Entonces, en ese entretiempo, empieza la berrea.
Al principio es un rumor que no sabes si es viento, perro lejano o maquinaria en la finca de al lado. Una nota grave, como de hierro arrastrado por el suelo. Después el oído se acostumbra y entiende: no es ruido, es llamada. Los ciervos comienzan su liturgia de presencia. Braman para decir «aquí estoy», para advertir a otros machos, para convocar hembras. Es el sexo convertido en sonido, el deseo hecho geografía.
La dehesa entera se tensa. En los caminos aún queda polvo, pero por las noches sube una humedad ligera desde los arroyos exhaustos. Desde la ladera llega la berrea, golpeando el aire como un martillo blando; no se ve nada: solo encinas, jaras, una oscuridad que se espesa. Pero el monte está lleno de cuerpos que se buscan, se desafían, se miden. El campo, tan acostumbrado a callar, de pronto habla en un idioma de garganta.
Hay una violencia antigua en la berrea: macho contra macho, cornamentas que se chocan, músculos tensos, el corazón bombeando como una máquina sin siglo. Pero al mismo tiempo hay una extraña ternura en esa obstinación por seguir repitiendo el gesto milenario de la vida: el animal grita contra el silencio para que el mundo sepa que todavía tiene fuerza, territorio y deseo.
La berrea, en cambio, no avisa de peligro ni de trabajo: anuncia el celo. Es la única alarma rural que suena por puro deseo
Para quien ha crecido en el campo, berrea es también una palabra de infancia iniciática: esa primera vez que alguien te lleva al monte de noche «a escuchar la berrea» y tú no sabes si tienes más miedo de la oscuridad, de los ciervos o de las sombras que se alargan con la Luna. Se aprende pronto que en el campo el sonido siempre quiere decir algo: la cadena del perro, el motor del tractor, el disparo, el silencio. La berrea, en cambio, no avisa de peligro ni de trabajo: anuncia el celo. Es la única alarma rural que suena por puro deseo.
Quien la ha escuchado de verdad reconoce en ella algo que no es solo del ciervo. Ese empeño en ocupar el aire, en que el otro sepa que sigues ahí, en gritar cuando el silencio sería más digno. El monte no juzga: pone el anfiteatro y deja que cada uno se mida. Después viene el frío, y el que bramaba más fuerte duerme igual de solo que el que calló.
Por eso, en este diccionario sentimental, la berrea se queda guardada como se quedan las cosas que asombran un poco al recordarlas: breve, excesiva, necesaria. Un día vas al mismo sitio, a la misma hora, y únicamente escuchas grillos, alguna lechuza, un motor perdido en la carretera. La berrea se apaga como se apagan los veranos: sin ceremonia, por extenuación. Pero mientras dura, es una ceremonia imprescindible y majestuosa.
- Mercedes Barona es periodista y Premio Jaime de Foxá