Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Paridera

En la paridera se aprende que nacer no basta. Hay que agarrarse a la ubre. Hay que secarse. Hay que ser aceptado. Hay que pasar la primera noche

Parto de una oveja

Hay palabras que no empiezan en el diccionario, sino en mitad de una noche fría. Paridera no nombra solo el tiempo en que paren las ovejas, ni el sitio donde se las recoge para que críen. Nombra una guardia. Una forma antigua de estar despierto mientras el mundo duerme y la vida, que suele venir sin pedir permiso, exige que alguien no se aparte.

La paridera tiene poco que ver con esa imagen limpia del nacimiento que enseñan las postales del campo. No hay allí dulzura sin barro, ni ternura sin cansancio, ni milagro sin amenaza. Hay una oveja echada que no termina, una primeriza que no sabe, un cordero que sale mal colocado, una madre que no lo quiere, otra que lo llama desde el fondo del aprisco. Hay manos metidas donde no apetece meterlas, mantas viejas, paja húmeda, calostro, linternas, cubos, perros que miran sin intervenir y un frío que no se queda fuera porque las puertas de los apriscos nunca cierran del todo.

El campo, cuando pare, no se pone sentimental. Hace cuentas. Cuántas madres, cuántas crías, cuántas bajas, cuánto pienso, cuánto frío queda, cuánto valdrá después lo que esta noche acaba de nacer. Esa es la parte que conviene no borrar. La paridera emociona porque no separa la vida de la economía, ni el cuidado del oficio. El ganadero acaricia a un cordero con una mano que un minuto después habla de precios, de bajas, de veterinario, de leche o de pienso. No es contradicción. Es el modo rural de no mentirse.

En la paridera se aprende que nacer no basta. Hay que agarrarse a la ubre. Hay que secarse. Hay que ser aceptado. Hay que pasar la primera noche. A veces la madre rechaza al cordero y entonces empieza otro trabajo: frotarlo con la placenta de la propia oveja, o vestirlo con la piel de un cordero muerto para que otra madre lo crea suyo, sujetarla mientras mama, insistir hasta que el instinto se rinde. Nada de eso sale en las palabras grandes. Sale en las pequeñas: «cógelo», «arrímalo», «este no tira», «este sale adelante».

Lo que conmueve de una paridera no es que nazcan animales: es que alguien responde por ellos

Por eso la paridera es una escuela exigente. La esperanza, allí, es de manga remangada. Nadie espera sentado. Se espera haciendo, vigilando, contando respiraciones. Quizá por eso los hombres y mujeres de ganado tienen una relación tan seca con la alegría: saben que lo vivo no está ganado hasta que aguanta.

Lo que conmueve de una paridera no es que nazcan animales: es que alguien responde por ellos. Esta palabra guarda una forma antigua de afecto: levantarse, salir, mancharse, perder sueño, no quejarse demasiado. Amar, en el campo, muchas veces consiste en comprobar si algo sigue vivo.

Y quizá por eso paridera debería entrar en este diccionario como una palabra de vigilancia. La ternura llega después, si el cordero mama, si la madre lo reconoce, si amanece y sigue en pie. Antes están la intemperie y la mano. Antes está esa hora en la que el campo no promete nada y, sin embargo, alguien vuelve a abrir la puerta.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime Foxá