Ilustración de Pepe HornedoBarca

«Qué pena…» Esta expresión, tan suya, la sentimos hoy muchos. Con otra connotación; con mucha aflicción.

Sé que hoy no hablo de rehala, pero por mucho que lo intente, solo me viene él a la cabeza. No es un obituario; solo quiero recordar a una persona extraordinaria.

Pepe Hornedo fue, como muchas veces decía él de alguien, un fenómeno. La RAE da a esta palabra muchas acepciones, pero me quedo con tres: «Una cosa extraordinaria o sorprendente». «Persona sobresaliente en su línea». «Muy bueno, magnífico, sensacional». Todo esto era Pepe.

Fue el cuarto de ocho hermanos. Hermanos que no son solo eso, sino uno de los clanes más unidos que jamás conoceré. Creo que no me equivoco si digo que Pepe, con ese carácter suyo, era de los que más impulsaban su unión y armonía.

Devoto de su gran familia. A la que viene dada por sangre, se unió la de Mercedes. Y a ambas, la legión de amigos que, en presente perfecto, le adoramos. Incondicional sin restricciones hacia su mujer. Fanático de su hijo, Javi, de su nuera Camila, y sus tres nietos, Camila, Jacobo e Inés.

En su vida personal y profesional demostró ser una persona muy valiente que no se amedrentaba fácilmente. Trabajó en zonas de España en las que la amenaza era lo cotidiano, salvando todos los obstáculos y ganándose, desde el respeto, el cariño todos.

De izquierda a derecha Pepe Hornedo, su hijo Javi, su hermano Javier y Pablo, hijo de JavierCedida por el autor

Pepe tenía una altísima inteligencia emocional y era sumamente sensible, aunque se empeñase en disimularlo… Perspicaz y muy agudo, siempre tenía la palabra o expresión acertadas. Aparte de este increíble don de gentes, para mí tenía un poder que solo se lo he conocido a él. Pepe podía decir lo que quisiese, donde quisiese y ante quien quisiese. Fuera lo que fuese, iba a caer bien e iba a arrancar una carcajada generalizada.

Muy habilidoso, fue un virtuoso del bolo palma, ganando multitud de torneos en su querida Montaña. Enseñó a muchos, y muy bien, y tuvo grandes amigos y fenomenales jugadores, como Mosqui, con quien nos hizo pasar muy buenos ratos.

El pasado agosto, tuvimos una gran cacería juntos. Según él, una de las más emocionantes de su vida. Una rata del tamaño de un caballo se había apoderado de la cocina de su casa

Amante del campo y de la caza, afición siempre compartida con su hijo, sus hermanos y amigos. Porque Pepe no entendía hacer las cosas en soledad. Porque quien comparte, quiere. Y porque solo compartidas, las cosas, incluso las más corrientes, alcanzan su máxima expresión. Javi, Javier, Antonio, Jacobo, Bosco y Pablo. Sus cuñados Alfonso y Paco. Jaime, Carlos y Ricardo como hermanos de elección. El mítico Ángel Carlos, con quien alcanzó metas inimaginables. Con estos, y otros muchos, compartió su gran afición.

Mer y Pepe hace unos añosCedida por el autor

El pasado agosto, tuvimos una gran cacería juntos. Según él, una de las más emocionantes de su vida. Una rata del tamaño de un caballo se había apoderado de la cocina de su casa del norte. Reyes ponía la cocina patas arriba, pero el astuto roedor no daba la cara y Mercedes amenazaba con abandonar el domicilio ante el temor que le producía tan enorme alimaña. Allí nos presentamos los dos. Acordamos ojearla. Yo me encargaría de batir alacenas y armarios tratando de hacerla huir, mientras Pepe me cubriría armado con una escoba. De repente, tras una olla roja de hierro fundido, apareció. Al verse ya sin gatera, como animal de naturaleza valiente que es, corrió y se abalanzo hacia mí. Con unos reflejos propios del Mono Burgos, en el aire, Pepe le arrimó un escobazo. Yo, tratando de emular al Cordobés, esbocé un lamentable salto de la rana para, por pura coincidencia, caer de pie encima de ella. Inmovilizada, Pepe aprovechó el momento para darle el golpe de gracia. «Diegui, ¡parece un conejo!», exclamaba.

Momento grande eran los faisanes del Pozo. Repartidos entre los presentes, se hacía lo propio con los sobrantes por la zona y, algunos se cambiaban por copas en los bares cercanos.

- «¿Han venido ya los Reyes Magos?»

- «No», contestaba el parco tabernero.

- «Pues ponnos tres whiskies», mientras dejaba en la barra cuatro faisanes.

El paisano, por supuesto, sin cambiar mucho el rictus, recogía los pájaros y servía lo pedido. Chupito seco, aderezado con una imitación del canto del urogallo.

Sin curvas, sin claroscuros. Así vivió Pepe. Así quiso Pepe. Y eso se ha visto en las mesnadas de gentes que han querido estar con él y con su familia en estos días. O en amigos como Pedro, que han dado todo y más, sin esperar más a cambio que su compañía.

Pepe se va, pero nos deja un gran legado en su familia. También en nosotros, pues todos los que tuvimos la suerte de conocerle tenemos ya algo suyo dentro. Nos deja una manera de entender la vida llena de verdad. Que era suya y de nadie más.

Va a estar siempre. En Mer, en Javi y su familia, en un paseo por Valdáliga, en una partida de mus, en una montería, en un aperitivo en Cofiño… Solo hay que estar despierto para saber interpretarlo. Como una luna cautiva que nos besa y se va.

Que Dios te guarde, Pepe. Qué suerte haberte conocido.

  • Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero