Lucha de fieras

Documentos de las primeras décadas del siglo XIX mencionan luchas entre osos y perros de presa. Estas escenas se relacionaban más directamente con ciertas prácticas cinegéticas tradicionales, en las que los perros rodeaban al plantígrado tratando de acosarlo o sujetarlo

Lucha de un elefante contra un toro en la plaza de Madrid

Las luchas de fieras pertenecen hoy a una categoría de espectáculos que el tiempo ha ido relegando al territorio de lo remoto. No han faltado quienes quisieran ver en estas escenas una exaltación de la bravura animal o una demostración de fuerza y destreza. En el fondo, estos combates no eran sino una reminiscencia de los antiguos celebrados en los anfiteatros de la Roma imperial, donde la violencia de la naturaleza se ofrecía al público como entretenimiento. Y aun así, durante algunos años, estas funciones despertaron un interés considerable entre el público, que acudía a contemplarlas con la expectativa de asistir a algo excepcional.

Madrid no quedó al margen de esta peculiar tradición. Las plazas de toros, escenarios habituales de riesgo y emoción, se convirtieron en el lugar más adecuado para recrear estos enfrentamientos entre animales. Uno de los primeros acontecimientos de este tipo se remonta al año 1631, cuando la Corte organizó un espectáculo extraordinario con motivo de la celebración de los años del Príncipe de Asturias, Don Baltasar Carlos. El escenario fue el espacio que hoy ocupan los jardines del Campo del Moro. El programa anunciaba enfrentamientos tan dispares como el de un toro del Jarama contra un león y un tigre, o el de un camello traído de Arabia frente a un oso de las montañas asturianas.

Con el paso del tiempo estas funciones fueron haciéndose más raras, aunque no desaparecieron por completo. A principios del siglo XIX aún encontramos rastros de ellas en algunos documentos. Uno de los más curiosos es un cartel fechado el 9 de agosto de 1819, en el que se advertía que no había sido posible capturar el jabalí que debía participar en una lucha programada para aquella tarde, coincidiendo con una corrida de toros. La noticia tiene algo de episodio pintoresco, ya que el animal, seguramente más astuto de lo previsto, había logrado escapar a sus perseguidores y frustrar así el espectáculo. De haberse celebrado el combate, habría resultado sin duda interesante, pues el jabalí, armado con sus colmillos y su temperamento combativo, no es adversario fácil para ningún animal.

La lucha que alcanzó mayor notoriedad en Madrid fue la protagonizada por el toro Señorito frente a un tigre de Bengala, el 12 de mayo de 1848

Anuncio de la captura de un jabalí

Otros documentos de las primeras décadas del siglo XIX mencionan también luchas entre osos y perros de presa. Estas escenas se relacionaban más directamente con ciertas prácticas cinegéticas tradicionales, en las que los perros rodeaban al plantígrado tratando de acosarlo o sujetarlo.

Pero la lucha que alcanzó mayor notoriedad en Madrid fue la protagonizada por el toro Señorito frente a un tigre de Bengala, el 12 de mayo de 1848. Señorito era un toro perteneciente a la ganadería de José María Benjumea. Su presencia en la arena ya imponía respeto antes de comenzar el enfrentamiento. El tigre, por su parte, había sido traído desde tierras lejanas y presentado al público como un rival formidable.

El combate, sin embargo, resultó sorprendentemente breve. Apenas iniciado el encuentro, el toro embistió con tal violencia que el tigre fue lanzado por los aires y murió casi al instante, atravesado por una cornada en el cuello. La rapidez del desenlace provocó una reacción tumultuosa entre los asistentes. Muchos habían pagado precios elevados esperando presenciar una lucha más prolongada y al comprobar que todo había terminado en cuestión de segundos estalló un gran alboroto.

Lejos de desanimarse, los organizadores decidieron repetir la experiencia pocos meses después. El 15 de agosto de ese mismo año se preparó un nuevo combate en el que el toro Caramelo, de la ganadería de Manuel Suárez Jiménez, debía enfrentarse a un león y a un tigre. El resultado volvió a favorecer al toro. Caramelo, fuerte y valiente, logró imponerse a ambos felinos en un enfrentamiento que dejó asombrado al público. La fama de Caramelo creció rápidamente. Cuando fue lidiado en Madrid el 9 de septiembre de ese mismo año demostró nuevamente su bravura, tomando doce varas y matando tres caballos.

Años más tarde, en 1865, tuvo lugar otro episodio singular. Un toro llamado Bolero, perteneciente a la ganadería de Doña Gala Ortiz, fue enfrentado a un elefante conocido como Pizarro. El contraste entre ambos animales resultaba evidente, mostrando la agilidad del toro frente a la enorme corpulencia del paquidermo. Bolero embistió varias veces con decisión, pero la piel gruesa del elefante resistía los golpes sin apenas sufrir daño. El combate terminó sin un vencedor claro.

A finales del siglo XIX aún se recuerdan algunos enfrentamientos de este tipo. En 1894 el toro Caminero, de la ganadería de Esteban Hernández, se enfrentó a un león llamado Regardé. Según los cronistas de la época, el toro acometió repetidamente al felino, volteándolo en varias ocasiones y dejándolo finalmente tan malherido que murió pocos días después.

El 13 de febrero de 1898 se produjo en Madrid la esperada lucha del toro Sombrerito con el elefante Nerón, procedente del zoo del Retiro madrileño. El elefante estaba sujeto con una cadena de hierro de 16 metros de larga por una de las patas y el encuentro duró pocos minutos. El toro embistió sin codicia y el elefante rompió la cadena y huyó despavorido. Luego se ignoraron mutuamente y el público montó una bronca colosal.

El último gran episodio de estas luchas tuvo lugar en 1902, cuando en la plaza de Madrid se organizó un combate entre el tigre César y el toro Regatero, de la ganadería de Antonio del Campo. Para evitar riesgos se instaló una gran jaula de hierro que ocupaba buena parte del ruedo. El enfrentamiento fue breve pero espectacular, ya que Regatero embistió con decisión, lanzó al tigre por los aires en varias ocasiones y terminó empitonándolo contra la verja de la jaula, donde el felino cayó inmóvil.

Con aquel episodio se cerraba prácticamente una tradición que el tiempo terminaría por abandonar. Pero queda la pequeña incógnita de aquel jabalí que nunca llegó a presentarse en la arena porque nadie logró capturarlo. Tal vez, de haber aparecido, habría ofrecido una resistencia inesperada. El jabalí, con su coraje obstinado, es un adversario formidable. Pero esa batalla nunca llegó a librarse y quedó para siempre en el terreno de las conjeturas, donde la imaginación completa lo que la historia dejó sin escribir.

  • Julián López Aguado es miembro de la Cofradía Culminum Magister