La caza y los trofeos
He reflexionado mucho sobre ello y me gustaría proponer cuáles son, a mi juicio, los factores que deberían tenerse en cuenta antes de intentar elaborar esa imposible —y necesariamente subjetiva— clasificación de las grandes especies cinegéticas del mundo
El autor con un eland gigante de Lord Derby
He tenido la enorme fortuna de cazar en numerosos países a lo largo de mi vida. Después de muchos años, muchas montañas e incontables horas de polvo, nieve, humedad y cansancio, he comprobado que los recuerdos cinegéticos más intensos rara vez coinciden con el trofeo de mayor puntuación.
Con frecuencia vienen amigos no cazadores a casa y, al contemplar los trofeos colgados en las paredes, preguntan por este o aquel animal. Casi siempre terminan formulando la misma cuestión: ¿cuál ha sido el mejor trofeo?, el animal más difícil, más peligroso o más prestigioso que he cazado.
Y siempre les respondo algo parecido: después de patearme medio mundo he dejado de clasificar las especies únicamente por el tamaño del trofeo. Hoy las valoro por la experiencia total de caza. Porque detrás de cada animal existe un paisaje, una dureza, una historia, una emoción y, muchas veces, una pequeña epopeya personal.
He reflexionado mucho sobre ello y me gustaría proponer cuáles son, a mi juicio, los factores que deberían tenerse en cuenta antes de intentar elaborar esa imposible —y necesariamente subjetiva— clasificación de las grandes especies cinegéticas del mundo.
El primero de todos, para mí quizá el más importante, es la dureza física del terreno y del clima.
No es lo mismo recechar un argali de Marco Polo a más de cinco mil metros de altura en Asia Central que esperar un jabalí desde un puesto cómodo. En este apartado cuentan la altitud, el calor abrasador, la humedad, el frío, la nieve, la lluvia interminable, los insectos, las enfermedades, las jornadas caminando bajo la mochila, el aislamiento o la logística extrema. Tampoco es igual terminar la jornada en un hotel que dormir sobre el suelo helado de una tienda perdida en mitad de las montañas.
Bongo en la selva de camerún
Por eso tantas especies de montaña poseen un aura especial. El trofeo empieza a ganarse mucho antes de divisar el animal.
El segundo aspecto es la dificultad cinegética de la propia especie. No solo importa dónde vive el animal, sino cómo sobrevive.
Aquí entran en juego la vista, el oído, el olfato, la inteligencia, la querencia por determinados hábitats, el comportamiento huidizo o la capacidad para desaparecer sin dejar rastro. Un leopardo puede resultar desesperadamente difícil por sus hábitos nocturnos y su extraordinaria cautela; un gran carnero por su vigilancia constante en terreno abierto; o un viejo alce por su tendencia a refugiarse en bosques cerrados donde el cazador apenas ve unos metros por delante.
La rareza y la escasez constituyen otro factor decisivo. Existen animales cuyo prestigio nace simplemente de que quedan muy pocos lugares legales donde cazarlos, los permisos son limitados o las listas de espera duran años. El marjor, el bongo o ciertos carneros asiáticos y norteamericanos pertenecen a esa categoría casi legendaria. La rareza puede ser biológica, geográfica, administrativa o económica, pero siempre añade un componente de excepción.
No es lo mismo seguir el rastro de un búfalo africano herido entre la hierba alta o los espinos, internarse tras un elefante de selva o caminar armado en territorio de osos en Alaska que recechar especies no peligrosas
La peligrosidad real ocupa también un lugar importante, aunque probablemente menos de lo que imagina el gran público. No es lo mismo seguir el rastro de un búfalo africano herido entre la hierba alta o los espinos, internarse tras un elefante de selva o caminar armado en territorio de osos en Alaska que recechar especies no peligrosas.
La estética del trofeo pesa mucho más de lo que algunos están dispuestos a admitir. Hay animales cuya belleza resulta hipnótica: la curva perfecta de unos cuernos de kudu, la simetría de una cornamenta vieja, el grosor imposible de una base, la melena oscura de un león o las rayas increíbles enclavadas entre el pelaje rojizo de un bongo. Por eso fascinan tanto los grandes ciervos, los carneros salvajes o algunos antílopes africanos. Los animales viejos tienen, además, algo difícil de explicar: carácter. Parecen llevar escrita encima toda una vida salvaje.
Con el paso de los años, muchos cazadores terminan valorando por encima de todo la pureza de la experiencia. Tal vez sea el criterio más importante de todos.
No es igual una cacería auténticamente salvaje y dura que una experiencia excesivamente controlada. Se aprecia el verdadero rececho, el animal completamente libre, la soledad, la incertidumbre y la dificultad honesta. Un trofeo modesto obtenido después de diez días de montaña puede significar mucho más que otro objetivamente superior conseguido sin esfuerzo real. Esto lo entienden especialmente bien los arqueros.
También existe la historia y la mística de ciertas especies. Hay animales que pertenecen ya al imaginario universal de la aventura: el león, el oso Kodiak, los grandes argalis o el elefante africano. No son solo animales; representan exploración, África clásica, montañas remotas, campamentos perdidos y literatura de safari.
La accesibilidad económica y logística influye igualmente en el prestigio. Algunas especies exigen expediciones larguísimas, como el carnero azul asiático, permisos complejos, presupuestos enormes o viajes a regiones extremadamente aisladas. No constituye exactamente un mérito, pero sí contribuye al aura de determinadas cacerías.
En los últimos años ha adquirido además enorme importancia la sostenibilidad y el modelo de conservación. Los cazadores internacionales serios valoran cada vez más las concesiones bien gestionadas, las poblaciones sanas, el beneficio para las comunidades locales y la legalidad impecable. Hoy la reputación ética de una cacería pesa mucho más que hace treinta años.
Y finalmente queda algo imposible de medir: las memorias.
Las grandes especies suelen reunir paisaje, sufrimiento, miedo, belleza, tensión, historia y agotamiento. Y esa mezcla crea recuerdos imborrables. Por eso un viejo carnero abatido tras diez días de tormenta y montaña puede permanecer mucho más vivo en nuestra memoria que un trofeo objetivamente mejor.
También importan las circunstancias personales del cazador. A veces el recuerdo más intenso no es el animal más raro, sino el primero. O aquel recechado a una edad avanzada, cuando uno ya sabe que quizá no volverá a vivir algo semejante.
Con los años, los cazadores más experimentados terminan desplazando el foco: cada vez importan menos los centímetros de trofeo y más la calidad total de la aventura.
Porque al final, cuando pasan los años, uno descubre que no recuerda exactamente la medida del trofeo. Lo que permanece es el viento de aquellas montañas, el olor de la tierra húmeda, el silencio del campamento al amanecer y esa mezcla irrepetible de incertidumbre, esfuerzo y libertad que solo conocen quienes han perseguido animales salvajes en lugares remotos del mundo.
- José Luis López-Schummer es presidente de la fundación Artemisan