Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Guadarnés

Tiene además una intimidad muy particular. Quien entra en un guadarnés reconoce enseguida un olor difícil de confundir: piel engrasada, hierro reposado, polvo seco y paja vieja. Es un olor que anuncia caballos incluso cuando no hay ninguno cerca

estancia donde se guardan los arreos, monturas, correajes y demás útiles del caballo

Guadarnés es una palabra de campo y de casa a la vez, una de esas voces que conservan algo del mundo antiguo en su sonido. Nombra la estancia donde se guardan los arreos, monturas, correajes y demás útiles del caballo. Es una palabra de madera, cuero y sombra fresca.

No suena a prisa. Suena a cuidado, a lugar de manos que limpian, revisan, cuelgan y descuelgan con una atención casi ceremonial. Allí el cuero se engrasa para que no se agriete, las cinchas se acomodan, las cabezadas se repasan y la montura descansa en su soporte como una herramienta valiosa. Todo está pensado para durar y para volver a servir cuando llegue la hora.

Tiene además una intimidad muy particular. Quien entra en un guadarnés reconoce enseguida un olor difícil de confundir: piel engrasada, hierro reposado, polvo seco y paja vieja. Es un olor que anuncia caballos incluso cuando no hay ninguno cerca. Las paredes custodian objetos que parecen tener memoria propia: unas botas usadas, una silla apoyada, unas riendas trenzadas, un cepillo gastado por el uso. No hay en él espectacularidad, pero sí una dignidad sobria, la de los lugares donde las cosas útiles reciben respeto.

El guadarnés contiene una paradoja discreta: es el lugar donde el caballo está ausente y, sin embargo, presente todo el tiempo

Quizá por eso el guadarnés contiene una paradoja discreta: es el lugar donde el caballo está ausente y, sin embargo, presente todo el tiempo. No está allí, pero todo habla de él. Ocurre algo parecido en una biblioteca: los libros descansan en silencio y, aun así, contienen la presencia de quienes los escribieron. En el guadarnés, las monturas, las correas y los arreos guardan la huella del animal y de quienes lo montaron. Son objetos inmóviles que conservan una vida en suspenso.

Sentimentalmente, guadarnés habla de una relación antigua entre el hombre y el caballo, hecha de trabajo, confianza y constancia. Allí duerme lo necesario para la jornada siguiente. Cada silla, cada cabezada y cada correa recuerdan una alianza que durante siglos permitió recorrer caminos, cuidar ganados, labrar campos y conocer el territorio. El guadarnés es el reverso de la marcha y el trabajo: el lugar donde la actividad queda en pausa sin perder su forma, donde el oficio se ordena antes de volver a ponerse en movimiento.

En el Diccionario sentimental de campo, es uno de esos lugares modestos que enseñan una verdad antigua: que las cosas destinadas a durar necesitan cuidado, tiempo y memoria.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá