Rehalas: verdad en la caza

Cuando se decidía montear una mancha, aquellos perros maestros se reunían bajo las órdenes de varios de sus dueños y, con apenas una docena y media de canes, se batían los montes del término. La calidad suplía con creces la cantidad.

RehalaCedida por el autor

Conocí una época en la que los jabalíes escaseaban y, precisamente por ello, los perros debían ser extraordinarios para encontrarlos. Estos canes no abundaban, pero quienes los conocieron aún recuerdan sus vientos, su fortaleza y valentía.

A mediados del siglo pasado, en los pueblos de sierra, cada cazador de oficio contaba con dos o tres perros sobresalientes en la búsqueda de las reses montunas. Muchos de ellos pasaban largas temporadas con los cabreros, donde adquirían una escuela inmejorable para el aprendizaje de la acción cinegética. Cuando se decidía montear una mancha, aquellos perros maestros se reunían bajo las órdenes de varios de sus dueños y, con apenas una docena y media de canes, se batían los montes del término. La calidad suplía con creces la cantidad.

Así nacieron las rehalas y, con ellas, los primeros rehaleros. Eran los hombres más apasionados por los perros quienes asumían la responsabilidad de reunirlos y conducirlos durante la jornada. Al finalizar la montería, cada animal regresaba a casa con su propietario.

El dueño de rehala gozaba de alto prestigio y ocupaba un lugar de consideración en el reparto de las postura

Mantener una veintena de perros resultaba un esfuerzo al alcance de muy pocos. Por eso las primeras rehalas pertenecieron a personas con capacidad para sostener aquel coste y contratar a un perrero. Aquella inversión era comprendida y respetada. Aquel sacrificio era reconocido por todos. El dueño de rehala gozaba de alto prestigio y ocupaba un lugar de consideración en el reparto de las posturas. El perrero era un hombre apreciado y admirado por su dura labor. Los monteros sabían que una buena rehala constituía el verdadero motor de la montería.

Antigua fotografía de un dueño de rehala junto a sus perrosCedida por el autor

Con el paso de los años, la mejora en la gestión cinegética de las fincas permitió aumentar las poblaciones de caza y la montería adquirió una dimensión desconocida hasta entonces. Creció su número y, con ello, aumentó el de las rehalas. Apareció una nueva figura: la del rehalero, que es al mismo tiempo propietario de los perros, perrero en la sierra, transportista, veterinario improvisado y cuidador de sus perros. Surgió una nueva generación de rehaleros en la que el propietario y el perrero pasaron a ser, en la mayoría de los casos, la misma persona.

Sin embargo, esa evolución no siempre ha ido acompañada del reconocimiento que merecen quienes hacen posible la montería desde el monte.

Hoy, los rehaleros sostienen su afición con un enorme esfuerzo. Mantienen instalaciones idóneas, vehículos adecuados, una alimentación de calidad y unos cuidados veterinarios que suponen un esfuerzo económico difícil de comprender para quien nunca ha vivido la rehala desde dentro. Dedican a sus perros un tiempo que restan a su vida personal y destinan unos recursos económicos que les obligan a importantes privaciones.

La evolución de la montería también ha transformado el perfil de algunos monteros.

Fotografía antigua de monteros junto a la rehalaCedida por el autor

Afortunadamente, siguen existiendo monteros que disfrutan contemplando trabajar a los perros, que valoran una ladra bien llevada, una res bien levantada o un lance limpio por encima del tamaño de un trofeo. Son quienes entienden que la montería es mucho más que el resultado final. Muchos siguen siendo auténticos amantes de los perros, de la sierra y de la verdad de esta modalidad de caza; valoran el modo de hacer y la belleza del lance por encima del resultado o del trofeo.

Pero también ha crecido una forma de entenderla donde casi todo se mide por el número de reses cobradas, los disparos efectuados o los centímetros de una cuerna. Desde esa perspectiva, el trabajo de la rehala, la forma de cazar una mancha o la incertidumbre que siempre definió la montería quedan relegados a un papel secundario o incluso irrelevante.

A ello se añade una realidad difícil de justificar: en demasiadas ocasiones las rehalas de alquiler reciben remuneraciones que ni siquiera les permiten cubrir los gastos. Resulta paradójico escuchar, una y otra vez, que «sin rehala no hay montería», mientras ese reconocimiento se queda únicamente en palabras. Como dice el viejo refrán, «hechos son amores y no buenas razones».

Las sierras de España seguirán necesitando buenos perros para ser cazadas. Y esos perros solo existirán mientras haya rehaleros capaces de criarlos, seleccionarlos, mantenerlos, quererlos y dedicarles una vida entera. Por eso ha llegado el momento de que la rehala ocupe de forma definitiva el protagonismo que le corresponde.

Pero ese reconocimiento también debemos ganarlo y conservarlo los propios rehaleros. Nos corresponde mantener el prestigio que históricamente se ganaron nuestros mayores y nos otorgaron los verdaderos monteros y los buenos organizadores. Para ello debemos exigirnos la máxima profesionalidad, presentando perros de mérito que garanticen solvencia en el monte; aportando oficio, esfuerzo y compromiso en cada mancha, sin rehuir las dificultades del terreno; asegurando el máximo bienestar a nuestros perros, desde la certeza de que los mejores cuidados conducen al mayor rendimiento; y disponiendo de instalaciones y un transporte óptimos. Por último, vistiendo con la dignidad que merece la montería, diferenciando esta actividad de una simple jornada de trabajo.

La rehala nunca ha sido un simple servicio contratado. Es una institución nacida de la necesidad de sacar la caza de lo más espeso e inaccesible del monte, elevada con el paso del tiempo a la categoría de tradición y mantenida viva gracias al sacrificio, la pasión y la entrega de generaciones de hombres y perros.

Mientras existan rehaleros enamorados de sus perros y dispuestos a brindarles la entrega humana y el esfuerzo económico que merecen y necesitan, la montería conservará su verdadera esencia. Porque podrán cambiar los tiempos, la gestión de las fincas o el perfil de quienes las cazan; pero seguirá habiendo una verdad que ninguna moda conseguirá desmentir: sin buenos perros no hay montería, y sin buenos rehaleros jamás habrá buenos perros.

Solo así contribuiremos a preservar la excelencia de la montería española, una forma sublime y única de cazar que constituye un patrimonio cultural, genera riqueza en el mundo rural y cuya grandeza sería impensable sin el trabajo generoso y constante de las rehalas.

  • Perico Castejón es ingeniero agrónomo y rehalero