Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Vivaquear

El pastor se queda donde hace falta, porque mover el rebaño sería peor que quedarse. Se echa sobre la manta, con un ojo en las estrellas y otro en el sonido del campo

Pastor en el vivacImagen generada con IA

Vivaquear suena a verbo provisional, a cosa de paso. Dormir fuera sin casa, sin más techo que el que toque esa noche. El diccionario lo deja ahí, en lo práctico, porque hay palabras que parecen pequeñas hasta que se viven. Pero en el campo, vivaquear es más que pasar la noche: es aceptar que, durante unas horas, no hay paredes, ni techo ni puertas. Estáis tú, la tierra y el cielo.

Vivaquear es tumbarse donde cae el día. A veces en un alto desde el que se ve el ganado recogido como una mancha oscura; otras, junto a una cerca, con el olor seco de la tierra y el rumor de los insectos subiendo cuando baja el sol. No se elige del todo el sitio: lo da la jornada. Lo importante no es la comodidad, sino que el cuerpo entienda que hasta ahí se ha llegado.

El ganado lo conoce mejor que nadie. Hay noches en las que no merece la pena encerrar. Se quedan fuera, rumiando despacio, con ese sosiego que da la costumbre del campo abierto. No duermen como en los corrales: descansan de otra manera, atentos sin parecerlo. El que ha pasado la noche cerca de vacas o de caballos sabe que vivaquear también es aprender ese ritmo, esa vigilancia tranquila que no tiene reloj.

Si todo está en su sitio, duerme. Si no, no hace falta que nadie lo avise: el silencio cambia antes que nada

El pastor no lo llama así, pero lo practica. Se queda donde hace falta, porque mover el rebaño sería peor que quedarse. Se echa sobre la manta, con un ojo en las estrellas y otro en el sonido del campo. Si todo está en su sitio, duerme. Si no, no hace falta que nadie lo avise: el silencio cambia antes que nada.

Vivaquear tiene algo de intemperie aceptada. No es acampar, que suena a plan. Es más bien quedarse donde toca. Y en ese quedarse hay una forma antigua de medir el mundo: por el frío que entra cuando se va el sol, por la humedad que se levanta antes del amanecer, por la manera en que la noche pesa o no pesa.

Con los niños ocurre distinto. Para ellos, vivaquear es una fiesta que no sabe que es lección. Se tumban boca arriba y descubren que el cielo no cabe en la mirada. Preguntan nombres de estrellas que nadie sabe con certeza, cuentan las que pueden y se equivocan sin importancia. Aprenden a reconocer el sonido de un cárabo, el paso lejano de un animal que no ven, el silencio que no es silencio. Y, sin darse cuenta, entienden algo que no se explica: que la noche también es un lugar.

En verano, cuando el calor afloja y la tierra devuelve lo que ha guardado todo el día, vivaquear con niños es enseñarles a no tener prisa. A esperar a que los ojos se acostumbren, a que las cosas aparezcan sin forzarlas. A distinguir entre la oscuridad que asusta y la que acompaña.

Se mezcla todo: el polvo, el cansancio, el olor de la ropa al día siguiente, el café temprano si lo hay, o el simple hecho de levantarse y seguir. Pero queda una certeza difícil de nombrar: que se puede estar sin más, sin paredes, sin más pertenencia que el lugar donde uno ha decidido —o ha tenido que— quedarse.

Por eso, en este diccionario sentimental, «vivaquear» se define así: pasar la noche donde termina el día, aceptando que el mundo no se adapta a ti. Y descubrir, en esa intemperie, que a veces no hace falta techo para estar en casa.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá