A setas o a rólex
La caza es ese gran cajón de sastre donde se dan cita disciplinas tan dispares como la agricultura, la óptica, la balística, la astronomía y hasta la filosofía. Uno sale al campo buscando un corzo y acaba hablando de genética, simientes, de poitevinos o incluso literatura
Corzo en el campo
Confieso que pertenezco a esa amplia categoría de españoles despistados que llevan años escuchando hablar de transversalidad sin terminar de saber exactamente qué diantres significa. La palabra aparece en discursos políticos, proyectos educativos, memorias empresariales y documentos estratégicos con una frecuencia que solo rivaliza con su camaleónica capacidad para adoptar significados a gusto del orador.
Si no ando muy errado y la transversalidad no es uno de los cuarenta nuevos tipos de identidad sexual, me aterra esa creciente afición a rebautizar la realidad mediante «palabros» utilizados con un entusiasmo inversamente proporcional a su precisión. Si la transversalidad consiste en atravesar disciplinas y experiencias aparentemente alejadas entre sí, pocas actividades conozco más transversales que la caza.
Pues la caza es ese gran cajón de sastre donde se dan cita disciplinas tan dispares como la agricultura, la óptica, la balística, la astronomía y hasta la filosofía. Uno sale al campo buscando un corzo y acaba hablando de genética, simientes, de poitevinos o incluso literatura.
Vivimos tiempos en los que las palabras parecen utilizarse menos para describir las cosas que para hacerlas más aceptables. Se maquillan significados, se liman aristas y se asocian conceptos dispares bajo formulaciones aparentemente más amables. A veces por costumbre. A veces por convicción. A veces por simple cobardía intelectual.
Considero mis lances de caza como algo íntimo que no me gusta airear, evito exhibirlos en papel o celuloide. Pero, como muchos otros, he descubierto la «transversalidad» de un buen zoom en una cámara de fotografía.
En busca de corzos
Comentaba Pedrito tres salidas a un machete que no le daba opción a juzgarlo como Dios manda. El muy cabrito sale del monte por la gatera de una chaparra muy cerrada al pie de un cerro donde nace una inmensa parcela de pipas en un llanazo rodeado de rastrojos de cereal. El animal porta una cuerna larga y simétrica que oculta la realidad del nacimiento de las garcetas. Como ni los gemelos ni el visor le permiten tomar la decisión, se me ocurre proponerle coger la cámara de fotos para, con sus muchicientos mil aumentos digitales, poder despejar la duda.
Ni cortos ni perezosos arrumbamos hacia el lugar del «probable corzicidio», uno de esos magníficos morcueros que el paso del tiempo y el acumulo de brozas y cascajos ha transformado en islas de monte, donde la altura, un par de chaparras y algún espino configuran el lugar perfecto para atalayar, apostándonos en el extremo contrario de la linde de la parcela, donde el suelo se abre a escasos cien metros de una barranca.
Hay quien sostiene que la fotografía es una forma incruenta de caza. Otros la presentan como su evolución civilizada
Una colorada sombra nos reclama entre el verdor de los nuevos tallos, y a su lado un par de sombras moteadas comienzan a blincar zumbando en cortas y frenéticas carreras, deteniéndose de vez en cuando, para arrancar algún bocado sin mucha pericia. Empiezo a jugar con el zoom del «fotográfico mirón», embelesado con la belleza de la escena y la dulzura de sus protagonistas. Pedrito se cabrea y me recrimina ¡que a qué hemos venido!, y que deje de hacer el pijo, que hoy hemos venido a hablar de su libro… resignado apoya el rifle sobre el bípode y se enciende un pitillo, pues sabe que tiene la batalla perdida, escuchando entre calada y calada el tenue sonido del único disparador que se accionará esa tarde.
Hay quien sostiene que la fotografía es una forma incruenta de caza. Otros la presentan como su evolución civilizada. Ambas afirmaciones parten del mismo error: utilizar la palabra caza como una metáfora genérica para cualquier actividad que implique búsqueda, paciencia, acecho u observación.
Dos corcinos jugueteando bajo la vigilancia distraída de una confiada corza
Es cierto que un fotógrafo puede rastrear, esperar, ocultarse, leer el viento y conocer la etología del corzo. Exactamente igual que lo hace un cazador. Pero también, a su manera, un detective, un buscador de tesoros o un cazadotes. Compartir técnicas no convierte dos actividades distintas en la misma cosa.
Mucho antes de que existieran teleobjetivos, hides o tarjetas de memoria, hubo hombres que aprendieron a leer una huella sobre el barro, a interpretar una escodadura o a distinguir la silueta de un corzo entre dos luces. Aquella forma de observar no surgió por afición artística. Surgió por necesidad. De ella proceden muchas de las habilidades que hoy siguen utilizando fotógrafos, naturalistas y gestores de fauna.
Hace poco leía a un conocido cazador que alterna cámara, rifle y cucharón, renegar tras muchos años de defensa a ultranza de la «caza fotográfica». Quizás escribir con entusiasmo sobre las virtudes culinarias de la carne de caza, «eso que debería haber después de la muerte del animal». Y dotar de sentido las palabras de quien le antecedió, creo que le honra. Confieso que sonreí. No por el necesario cambio de rumbo, sino porque aquella reflexión resolvía elegantemente una contradicción sostenida durante años.
Aquel que otrora ilustró sus artículos con corzos en libertad, amaneceres brumosos y bodegones de fauna salvaje, las alterna hoy con fotografías de platos delicadamente elaborados y recetas avaladas por reputadas estrellas Michelin. Emulsionando disciplinas complementarias, que una vez más convergen realzando la grandeza de la caza, la fotografía, y una buena pluma, entre el aroma de los fogones.
La fotografía puede emocionar. La observación puede enriquecer. La contemplación puede resultar apasionante. Pero la fotografía no es caza. Y la caza tampoco necesita la fotografía para resultar aceptable. Quizá por eso algunas contradicciones terminan resolviéndose solas. La realidad posee la incómoda costumbre de resistirse a las metáforas demasiado prolongadas.
Aquella tarde salí a cazar y anduve enredado con una cámara de fotos. Sin embargo, cuando vuelvo a ella, no recuerdo ni el rifle ni el teleobjetivo. Solo dos corcinos jugueteando bajo la vigilancia distraída de una confiada corza.
No sentí la necesidad de llamar caza a la fotografía para disfrutar de ella. Ni de llamar fotográfica a la caza para justificarme. Solo sentí la necesidad de dar gracias al de arriba por la libertad del campo y por haber puesto en mi camino a ese impenitente samugo de nombre Pedro. Mi amigo Pedrito.
- Laureano de Las Cuevas Álvarez es vicepresidente del Real Club de Monteros