Cumbres de Asia

Un viaje extraordinario desde el inicio. Llegué a Gilgit en un vuelo de hélice contorneando la mole del Nanga Parbat, porque el avión no tenía techo suficiente para volar por encima de sus ocho mil metros

Abdullah con el sakínCedida por el autor

Las cordilleras del centro de Asia son las mayores del mundo, unen su magnitud a la belleza de todas las montañas y esa hermosura gigantesca emociona también más que otra de menor dimensión.

Durante muchos años he dedicado una parte de las vacaciones veraniegas a cazar y, así como la cabra tira al monte, yo trepaba cuestas con el rifle al hombro. Si mi aniversario cumplía una decena, indefectiblemente lo celebraba en las montañas asiáticas: los 50 años en el Himalaya del Nepal, los 60 en el Cáucaso, la setentena en Kara Tau, y los ochenta en el Tien San donde me corté la coleta porque los noventa los he festejado cazando corzos en España, sic transit

Viajando con la memoria, me viene este verano el recuerdo de una expedición a Pakistán, allí donde se unen el Karakorum con el Indu Kush, un viaje extraordinario desde el inicio. Llegué a Gilgit en un vuelo de hélice contorneando la mole del Nanga Parbat, porque el avión no tenía techo suficiente para volar por encima de sus ocho mil metros y ese rodeo al último coloso del Himalaya fue una experiencia impresionante e incluso sobrecogedora.

Gilgit reposa en un valle estrecho pero bastante llano en su fondo y entonces estaba casi cerrado a los extranjeros pues me sugirieron que vistiera los bombachos y casaca locales para pasar más desapercibido, por supuesto como quien oye llover. Disfruté visitando los comercios locales, abiertos a la calle y en completa comunicación con ella hasta el punto que es difícil distinguir donde acaba una y empieza el otro, con ese desprecio por el orden hermanado siempre con profunda humanidad que es característico de Oriente.

Brindo desde aquí la idea a Ramiro Maura y Jaime Teba para que hagan lo propio en la caza a caballo

Al parecer, el polo nació en esta localidad y aquí no se considera deporte, sino fiesta. La cancha tiene la dimensión del espacio más liso y abierto que haya y el número de polistas que se enfrentan no es siempre igual ni siquiera el mismo; depende de los que estén dispuestos ese día. Cada jinete tiene una música que lo distingue y se toca si marca un tanto para que, al compás de los sonidos que se expanden por las alturas, se sepa quién ha sido el afortunado goleador. Brindo desde aquí la idea a Ramiro Maura y Jaime Teba para que hagan lo propio en la caza a caballo; daría mucho colorido a los lances.

Desde allí, me dirigí a un pueblo perdido llamado Hopas donde encontré a quienes me iban a acompañar en los días siguientes: Abdullah, cazador local con más íbices cobrados que días tiene el año, un cocinero y dos porteadores que constituirían mi equipo y compañía durante la expedición. Compañía de pocas palabras porque el guía conocía algo del inglés, pero los otros solamente el idioma de su valle.

El programa será siempre el mismo durante las siguientes jornadas: patear esas montañas cubiertas de nieve –estamos en enero para aprovechar el celo de los íbices–, desojarse buscando caza y, cuando cae el día, buscar alguna choza de las que usan los pastores en verano y montar dentro mi tienda para combatir las heladoras temperaturas nocturnas y con ese doble techo y un buen saco de dormir, conciliar el sueño a pesar de los 4.000 m de altitud.

Atravesé en toda su anchura el glaciar de Bualtar que mide cerca del kilómetro, y recuerdo aún la impresión de los crujidos que producen los seracs con el lento movimiento de esa inmensa masa de hielo, también que fue una verdadera jimkana el subir y bajar sus irregularidades.

Conseguí cobrar un macho montés del Himalaya, Sakin en lengua local, y fracasé con el urial de Ladak: hubiera sido el primer europeo en cazarlo después de la Segunda Guerra Mundial y además constituiría un hito, pues al poco tiempo se prohibió su caza.

Conservo de esta expedición una memoria muy nítida y creo que ha sido la más completa de las que he realizado: la soledad, la belleza de las montañas, el cumplir el sueño de recorrerlas como había hecho años atrás el conde de Artaza; todo contribuía a darle un carácter extraordinario y casi mágico.

En mi peregrinar acabé en Baltit, capital de Hunza que compone un precioso cuadro que también recordaré siempre: al pie de un interminable farallón de basalto negro que se yergue a las espaldas del poblado y lo defiende del viento del norte, la población desciende en paratas hasta el río que conforma este valle. Los distintos cultivos componen una paleta de pintor en la que juegan los colores y las alturas, todo un espectáculo.

Me despedí del lugar con una cena en el Palacio del Mir, que tiene ese nombre por quien lo habita y no por su arquitectura. Está situado en lo más alto de la población con una soberbia vista y con el respaldo de la roca vertical que se alza hasta el cielo. Además del Mir o príncipe de Hunza, estaba su sobrino, el coronel Shah Khan, que se ocupó de mi cacería como responsable local de la vida silvestre y del grupo de montaña que vigila esta zona.

Comimos verduras de huerta, el inevitable arroz que es la base alimentaria de Oriente y un plato de carne de vaca que no es lo usual. Todo amenizado con dos músicos que tocaban, con instrumentos de cuerda, unas melodías típicas compuestas en medios tonos. Son un tanto monótonas, pero acompañaron perfectamente a la plácida conversación sobre filosofía y naturaleza.

La noche de luna y el embrujo de lo exótico vuelven desde la distancia a repetir las mismas sensaciones de antaño. Broche singular para una cacería que también lo fue.

  • El marqués de Laserna, Íñigo Moreno de Arteaga, es premio Jaime de Foxá