Barca

Al pie de un cerro, Don Alberto –sesenta años, vestido de tweed impecable y ego inflado– apunta al cielo con postureo. Mientras Lorenzo, operario de granja, de cuarenta, realista y harto de todo, vacía una caja de perdices desde la cumbre. Las aves, lanzadas al vacío, caen como piedras, planeando a la desesperada y con ganas de suicidarse.

 

Tres disparos. ¡Qué bravura! ¡Qué herencia de nuestros ancestros! ¡Siente la adrenalina de la naturaleza salvaje!, proclama Don Alberto. Lorenzo observa con desdén y murmura: –Sí, muy salvajes. Si no las mata usted se estrellan contra el pino.

El cazador, mirando su móvil, le replica: –¡Calla, Lorenzo! Apunta ahí ¡cincuenta piezas en diez minutos! Sácame la foto para Instagram. ¡La tradición está más viva que nunca!

A esto no se le llama tradición, Don Alberto. Si su abuelo levantara la cabeza, musita el empleado, quizá se avergonzaría. Nadie lo escucha.