Desvaríos veraniegos I
Laureano de Las Cuevas

El corzo optimista

Me reafirmo en mi solicitud de asignar, o cuando menos reservar, el taxón «Capreolus optimisticus» para designar esta nueva categoría, llamada a marcar un antes y un después en el devenir de la historia natural

Corzos entre el cártamo

«Solicitud al Comité Científico y de Validación Taxonómica de la Asociación Internacional del Corzo Hispano»

Queridos amigos y compañeros de esta nuestra Asociación:

Recurro a vuestro auxilio, pues en la tarde de ayer he realizado un descubrimiento sin parangón, jamás descrito ni siquiera insinuado en el corpus venatorio del corzo ibérico. Mi natural discreción me obliga a debatirme entre exponerlo sin demora o mantenerlo en prudente reserva hasta que alguna voz autorizada tropiece con él y lo sancione.

Confieso, además, que temo por mi salud física y mental, pues no he logrado pegar ojo desde esta mañana y empiezo a sospechar si seré capaz de sobrellevar al Lexatín sin que me devuelva a la anormalidad.

Ayer, y pese a los ya numerosos años dedicados a la observación del Capreolus capreolus, me sorprendí gritando un sonoro «¡Eureka!», a la manera de aquel insigne y barbado griego, mientras me aplicaba a las labores de destace y preparación de futuras chacinas y otros nobles derivados.

Fue entonces cuando el hado corcero se me reveló: su cuerna derecha, en fugaz tránsito, rozó mi occipucio como si pretendiera empujarme al limbo de los grandes divulgadores. Y así surgió, por ensalmo, una entidad jamás recogida en la abundante literatura centroeuropea, y mucho menos en la ibérica turolense: el Capreolus optimisticus o, en román paladino, el corzo optimista.

No alcanzo aún a discernir si esta categoría, nueva en su formulación que no en su existencia, debe adscribirse a un epígrafe etológico, fenológico o, sencillamente, al de las verdades irrefutables. ¿Quién habría de decirle a aquel corzo serrano, recostado en un cártamo tras reiteradas montas a una colorada hembra, presto a reincidir en la inefable jodienda, que un súbito episodio de plumbosis vendría a segar su febril optimismo a 843 metros por segundo?

Ignoro si ha sido el saturnismo o alguna implosión de la hidrodinámica lo que ha detonado tan notable hallazgo, razón por la cual someto el caso a vuestro docto criterio, con el sosiego que tal aptitud me depara.

Antes de importunaros con la comunicación del hallazgo que nos ocupa, acudí, como exige la prudencia, a la bibliografía: Lenny y Kravitz describen anomalías conductuales y severas alteraciones en la dieta que parecen agudizarse durante el celo. Los machos dedicaban más tiempo a desplazarse y menos a vigilar mientras buscaban beleño negro (Hyoscyamus niger) y semillas de gloria de la mañana (Ipomoea tricolor), ricas en alcaloides ergolínicos. Joplin, Hendrix y Ferrari encontraron en la Toscana una inclinación semejante hacia el floripondio (Brugmansia spp.) y la belladona (Atropa belladonna); Morrison y colaboradores comprobaron en Noruega que la euforia de los machos púberes se correspondía con el consumo masivo de ciertas solanáceas ricas en alcaloides tropánicos, precursores de tan codiciados efectos alucinógenos. Quedaba así acreditado que el corzo optimista se mueve más, vigila menos y selecciona con admirable precisión las plantas capaces de explicar ambas conductas, amplitud diagnóstica que despejó mis últimas reservas.

Doy fe de que todas las especies mencionadas en la copiosa literatura consultada se hallan presentes, ya espontáneas, ya cultivadas, a lo largo y ancho de nuestra geografía patria. Su abolengo bibliográfico puede rastrearse, según los casos, en el Species Plantarum, de Carlos Linneo, y en la Historia plantarum, de Teofrasto; su presencia actual ha sido constatada personalmente a pie de campo, mediante la recolección de ejemplares que hoy se hallan cumplidamente representados en mis herbarios. A ello debo añadir su estudio y preparación en infinidad de tinturas e infusiones, acometidos a fin de comprobar en propias carnes los posibles efectos de su consumo y proceder a su meticulosa extrapolación al pequeño cérvido.

Creo, además, que la presencia constante de mandrágora (Mandragora officinarum) en la dieta de la totalidad de los individuos estudiados permite dar por resuelta, de facto, cualquier duda que aún pudiera subsistir respecto de los «corros de brujas». Y relega, de paso, las rojas amapolas al olvido.

Decidí recabar el parecer de un reputado especialista en psicología clínica de ungulados

Los estudios anatómicos, por su parte, fueron coincidentes y no revelaron diferencias apreciables con el Capreolus capreolus. No obstante lo anterior, decidí recabar el parecer de un reputado especialista en psicología clínica de ungulados, Herr Pol Hemeterich, quien me traslada lo siguiente:

«Tras examinar las fotografías y la relación de las montas, descarto provisionalmente que el optimismo constituya una especie y propongo considerarlo un trastorno disociativo transitorio asociado al celo, con una más que probable relación directa con el consumo de alcaloides tropánicos y ciertas amidas naturales del ácido lisérgico, emparentadas con el LSD. Entre los criterios diagnósticos figuran la expectativa copulatoria persistente, la sobrevaloración de futuras oportunidades reproductivas y una llamativa infravaloración de contingencias balísticas inmediatas».

Hemeterich se niega, sin embargo, a emitir un diagnóstico definitivo sin entrevistar al paciente. Le he explicado que el «individuo cero» lleva desde ayer en una cámara frigorífica y empieza a mostrarse poco colaborador. Después de leer mi informe, he recibido una calurosa llamada telefónica en la que se ha ofrecido a entrevistarme a mí. No alcanzo a comprender por qué.

Pese a todo, mantengo la validez del hallazgo. La inequívoca cara de satisfacción que conservaba el animal, los ojos aparentemente fuera de sus órbitas y una patente erección post mortem, difícilmente conciliable con el abatimiento, constituían indicios que ningún taxónomo prudente debería desdeñar. Más concluyente aún fue comprobar cómo, cuando toda actividad cerebral debía de haber cesado, la grupa se entregaba a movimientos espasmódicos que parecían un último conato de monta, acompañados de vocalizaciones indescriptibles, nunca antes registradas en el repertorio acústico del corzo ibérico. Hemeterich atribuye lo primero a simples reflejos medulares y lo segundo a expiraciones agónicas. No seré yo quien discuta su ciencia, aunque, de no considerarlo imposible a todas luces, juraría que aquel individuo se estaba acordando de mi madre en términos poco amables.

Por todo lo anterior, me reafirmo en mi solicitud de asignar, o cuando menos reservar, el taxón Capreolus optimisticus para designar esta nueva categoría, llamada a marcar un antes y un después en el devenir de la historia natural.

Quedo, queridos amigos y colegas, a la espera de vuestro dictamen: su publicación inmediata… o la revisión urgente de mi tratamiento.

Vuestro indeciso y, sin embargo, seguro servidor.

  • Laureano de las Cuevas es consultor ambiental