Es mejor adaptarnos
Pensar que nosotros podemos influir en disminuir el cambio climático de manera significativa, me parece de una arrogancia enorme, y una sobre valoración de las capacidades del ser humano
Un pastor con su rebaño de ovejas en Gran Canaria
Hace años (unos diez sin exageración ninguna), estando en una asamblea de ELO (European Landowners’ Organization), entidad dedicada a la defensa de la propiedad privada rural, los representantes de la organización forestal de Austria presentaron su plan para prepararse al cambio climático. Todos los presentes, casi todos técnicos de los diferentes países europeos, coincidían en la existencia del cambio climático, aunque había divergencias de opinión sobre las causas, siendo la idea mayoritaria un compendio de factores en el que más peso tenía es la propia evolución del clima con sus épocas interglaciares y aumentos de temperatura, en la que podríamos estar llegando a su cénit.
El caso es que los austriacos habían preparado unos mapas con las recomendaciones de especies forestales más propicias, previendo diferentes aumentos de temperaturas. Especies que eran aptas tanto en el momento de la reforestación, como para adaptarse a las previsiones futuras. Lo consideré una herramienta muy útil, teniendo en cuenta que son ciclos que se alargan casi 100 años en algunos casos.
Pensar que nosotros podemos influir en disminuir el cambio climático de manera significativa, me parece de una arrogancia enorme, y una sobre valoración de las capacidades del ser humano. Teniendo el ejemplo del volcán de La Palma tan cercano, podemos darnos cuenta de que nuestra aportación siempre será mínima, sobre todo cuando los países más contaminantes van a seguir haciéndolo, sin tener en cuenta los esfuerzos que hagamos un pequeño grupo de europeos, que encima hemos minado nuestra industria poniéndola trabas y alejando a los inversores.
Para entender lo que supuso el volcán, y según Wikipedia, en los primeros 55 días de la erupción del volcán de La Palma (fueron 85 en total) se había emitido tanto SO2 como los 28 países de la UE durante 2019; además, para esta misma fecha, toda la energía liberada era la equivalente a la electricidad consumida en todo el archipiélago durante 36 años, a lo que habría que añadir el calentamiento del agua del mar al recibir la lava a más de 1000 °C, con las consecuencias que se derivan y la emisión de otros muchos gases contaminantes.
Así que la postura de estos oriundos alpinos, de buscar la forma de convivir con el cambio climático me parece la más acertada.
Y ahora, que tenemos como espada de Damocles los incendios que asolan nuestra península, creo que deberíamos hacer esa reflexión y ver cómo aprendemos a vivir con ellos.
Tenemos la experiencia de siglos sufriendo esta lacra, y la única forma efectiva de prevenirla es eliminar el combustible, ya que sobre los otros dos componentes necesarios de cada fuego, el calor y el oxígeno, no vamos a poder actuar a priori. Sabemos que un terreno adehesado se defiende muy bien, aunque esté con mucha hierba, la separación del suelo con el vuelo es tan grande que no salta a las copas, por lo que el daño es poco. Pero para los que disfrutamos de los cochinos, nuestra muy querida jara les sirve de cobijo y abrigo, aunque suponga un riesgo enorme de que el fuego se descontrole.
La despoblación es un hecho, así como la falta de rentabilidad de la agricultura y la ganadería
Además ya no hay ganado en el monte, que pueda controlar ese monte medio, solamente algún nostálgico que todavía se aferra a base de más años de pérdidas que pocos de ganancia, sin contar con las trabas administrativas e imposiciones legislativas que dificultan la actividad.
La despoblación es un hecho, así como la falta de rentabilidad de la agricultura y la ganadería, por lo que revertir la situación y volver a que sea la población rural quien mantenga el campo limpio, directamente a través de la extracción de leña o bien a través de la ganadería, es una quimera. Una solución podría ser que empiece a ser rentable gracias a la venta de créditos climáticos a través del mercado voluntario del carbono, que las empresas contaminantes están obligadas a implementar.
Como cazadores, ¿cómo podemos preparar nuestras fincas o cotos para asegurar nuestro disfrute al tiempo que garantizamos el alimento y cobijo para la fauna evitando el riesgo de padecer un incendio o atenuando sus consecuencias en el fatídico caso de que ocurra?
En primer lugar, en mi opinión, si las hay, tenemos que proteger la casa o edificaciones de cualquier tipo, asegurando unos accesos fáciles para los medios de extinción y manteniendo limpio un amplio perímetro de las construcciones, sobre todo si hay animales que vivan en ellas.
Por otro lado, hay que también garantizar una red de caminos a las zonas más vulnerables de ser arrasadas por el fuego (principal función de los cortafuegos), y de ser posible, tener puntos de agua disponibles para los medios aéreos. Sé que no digo nada que cualquier persona de campo no sepa, pero no por obvio podemos evitar mencionarlo.
En cuanto a mantener el campo limpio, en nuestro caso es un contrasentido, ya que necesitamos cobertura arbustiva que sirva de refugio a la fauna, así que me limitaría a mantener la vegetación saneada y eliminar la madera muerta.
Un paisaje en mosaico, donde se mezclen zonas agrícolas (menos proclives a quemarse) con las zonas de monte, sería también de gran ayuda, ya que los cultivos servirían de cortafuegos, pero volvemos al problema de quién se ocuparía de mantener esas explotaciones, cuando cada vez hay menos gente en la zonas rurales.
Ya por último, de haberse producido el fuego y tener que actuar, tendremos que pensar en aquellas especies que estén más preparadas para sobrevivir a un incendio, asegurándonos de que se puedan adaptar a nuestro medio: el alcornoque (sobre todo si nunca lo hemos descorchado) es la especie mejor adaptada al fuego, con una corteza que lo protege, rebrotando con gran facilidad tras la tragedia. En menor medida sucede con nuestra encina, que gracias a su profundo sistema radicular también logra rebrotar tras los incendios, y además está más adaptada a todo tipo de terrenos. El castaño también es una especie a tener en cuenta (aunque con sus grandes limitaciones de hábitat por ser más demandante que las anteriores), ya que su madera no resinosa arde muy lentamente y evita que el fuego se propague con facilidad.
En cuanto a las especies arbustivas, deberíamos priorizar especies como el lentisco o el madroño. El primero ya que coloniza rápidamente los suelos degradados, retiene la humedad y rebrota con mucha fuerza tras el fuego. El segundo por su baja inflamabilidad y su gran capacidad para emitir renuevos tras un incendio que ayuda a evitar la erosión.
En principio habría que evitar las especies resiníferas como los pinos o nuestra jara, ya que se inflaman con facilidad. Pero los pinos tienen la ventaja de producir sombra a otras especies que en sus primeros años la precisan, además de que la germinación de los piñones se ve favorecida por las temperaturas extremas. Por eso, no es descartable su utilización siempre que sea masas mixtas, que se encuentren muy mezclados para evitar su continuidad y tras haber valorado si es asumible la dispersión de las piñas por el fuego (tanto por las explosiones como porque rueden incendiadas ladera abajo).
Sé que me he limitado a enunciar obviedades, pero no he querido dejar de aportar mi granito de arena al horror que estamos viviendo, y que tanto dolor está causando.
- Clara Moreno de Borbón es vicepresidente del Real Club de Monteros y vocal de la Junta Nacional de Homologación de Trofeos de Caza