Desnortado

Jorge había elegido a un grupo de perros veteranos. Conocedor de la compleja orografía de la mancha y de las endemoniadas condiciones climáticas, había optado por dejar a todos los novatos en casa

En carrera tras la suelta en un día de mucha lluviaCedida por el autor

Deberían haber suspendido. Era un día de esos que quitan la afición. Fría ventisca de agua y granizo. Además, desde año nuevo no había parado de llover y el campo era un trampal. Llegar a la suelta fue una odisea… Los camiones se atascaban y algunos coches se habían salido. Ese barro amarillento era como el jabón.

«No sé por qué no suspenden», escuchaba Ojitos decir a Jorge.

–«¡Ni idea, Jorge! Se han empeñado», respondía Diego, que acababa de llegar a la junta. Van a destrozar la mancha, y será un día duro.

Nosotros, en la furgoneta, esperábamos a que nos abriesen el portón. Al final, ¿a qué habíamos venido? Jorge había elegido a un grupo de perros veteranos. Conocedor de la compleja orografía de la mancha y de las endemoniadas condiciones climáticas, había optado por dejar a todos los novatos en casa. Éramos treinta y cuatro. Siempre número par. Atajo y Balín los más noveles, aunque ya contaban con dos temporadas en sus costillas.

Soltamos pasadas las doce. Los brezos parecían esponjas y el suelo, llano como la palma de la mano, era un estero de agua. Monteábamos una solana, y el temporal que venía del este había castigado la zona a batir toda la noche, por lo que los marranos, que de tontos no tienen una cerda, habían huido buscando horizontes más afables.

Llegando a la suelta con los últimos en un día de nieblaCedida por el autor

Quedaba alguna res suelta. Nos afanábamos para llevarlas a las armadas, pero se iban sin tirar. Los monteros estaban más pendientes de taparse de la lluvia que de otra cosa. Además, el viento y el agua se tragaban nuestra voz. Las ladras no los prevenían.

Mediado el ojeo, en un pequeño alcor cubierto de coscojas, dimos con un buen navajero. No quiso romper al limpio, sabedor de que estaba en desventaja y que corría el riesgo de trabarse al pasar por la cañada. Plantó cara y le costó la pellica.

Ya en el tope, y justo a punto de volvernos, dimos con una piara de primales. Cuando llegamos a la armada de cierre acosando a los bermejos, los puestos se estaban quitando. ¡Qué rabia! El afán me empujó tras ellos, y corrí tras un añejo de cuatro arrobas como si me fuese la vida en ello. Cuando me di cuenta, se había metido la niebla y se me hacía que estaba lejos. Muy lejos. Había sido una larga carrera cuesta abajo.

Imposible orientarse y coger referencias. No se veía a un palmo. Me paré y traté de tropezar mi rastro. Imposible… El agua lo tapaba todo

«Calma, Ojitos», me decía. «Has estado en peores…». Imposible orientarse y coger referencias. No se veía a un palmo. Me paré y traté de tropezar mi rastro. Imposible… El agua lo tapaba todo. Y eso que siempre he presumido de mis finos vientos… En un punto concreto, encontré mi propia pista. Por lo menos ya sabía la dirección.

Llegando a la suelta con los últimos en un día de nieblaCedida por el autor

«Si has bajado, tendrás que ir subiendo», pensaba, pero desnortado, a veces no sabía si la cuesta iba para arriba o para abajo. «Desde tu época de cachorro no te pierdes… ¡Estás viejo!».

Conseguí subir, durante un rato, una pendiente no muy fuerte, pero continuada. Algo me decía que no iba mal. De repente, en un claro de niebla vi a mi sobrino Balín.

–«Mozo, ¡estás perdido!». Me miró como si fuese una aparición.

–«Tío, ¡menos mal que estás aquí! No me he atrevido ni a moverme. No sé para dónde tirar».

–«Tranquilo, le dije.» Vente conmigo, que como llegue sin ti, tu madre me mata…”.

–«Aquí cerca hay un venado muerto», me dijo Balín.

–«¿Seguro? Si eso es verdad, es una buena noticia. Nos acercamos a lo que hemos monteado».

–«Te lo prometo. ¡Ven!».

El cachorrón, atemorizado, fue sabio. Cogió una referencia que no quiso perder y esperó a que, por fortuna, apareciese alguien. Llegamos al venado que yacía muerto en un camino. Desde ahí vimos la tablilla del puesto. Estaba colocada con el número dando la cara. «Hay que ir en dirección opuesta a ese número. ¡Rápido! Empieza a caer el sol y pronto no veremos nada. Menos aún…».

Aquello empezaba a sonarme. Un zarzal que moría en la pared de una charca me puso sobre la pista. Seguí en dirección al agarre. Si acertaba y sabía llegar, no lejos había un camino y si daba con ello, estábamos salvados.

Llegando, de repente, un sonido familiar. Un silbido tenue difuminado por la niebla, el agua, el viento y ya casi la noche. Nos paramos. Le siguió una voz. Alta y clara. ¡Era él! Allí estaba buscándonos y esperándonos. Andando la mancha otra vez en dirección al tope. Corrimos a su encuentro y aparecimos delante de sus narices en la curva del camino. No sé quién se alegró más, si él o nosotros.

Avisó por la radio, nos ató con la collera y empapados seguimos los tres por el camino dirección a la suelta. ¡Qué alivio! Y cómo te sientes cuando sabes que, aunque sea tarde y haga terrible, te buscan con ahínco, esperanza y paciencia.

¿Cómo no vamos a quererlos? Nos cuidan con devoción, nos alimentan con mimo, nos mantienen limpios, nos curan cuando caemos enfermos o heridos y siempre nos esperan, sin importar la hora ni el tiempo. Y, encima, nos dejan campar libres por el campo, cazando como lo hacían nuestros antepasados.

Tenemos mucha suerte.

  • Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero