Sigüenza
Medio siglo ha que la vida nos amarró en una invulnerable amistad, sólidamente cimentada. Constatada por los crueles zurriagazos verbales que nos atizamos caba vez que nos vemos. Entre hombres es prueba de férreo compañerismo el vilipendiarse por calvicie, gordura, envejecimiento o achaques, a su cara. Y fidelidad en su defensa ante las críticas a sus espaldas. En las mujeres suele ser al revés.
Queridos incautos, mi gran amigo Cañero y su guapa adorable mujer Andrea han construido su paraíso sobre tierras sometidas en su día al poderoso obispado de Sigüenza. Bajo el subterfugio de cazar corzos, nos invita a festejar la vida como tributo a nuestra incombustible amistad.
Acudimos seis apandadores, entre arquitectos y picapleitos, pues el séptimo quedó atendiendo a su madre cual buen hijo y caballero español
Antonio el guarda desde hace tanto, nos recibe. Un anfitrión en sí mismo. Mesurado, inteligente, perseverante, con esa sabiduría de campo del que adora su profesión. Testigo de nuestras glorias cinegéticas, y de tantos inconfesables fracasos. Dándonos siempre una silenciosa lección de cómo proceder en el campo y en la vida.
De madrugada salgo con Jose Angel, el guarda de 30 años que llegó en diciembre. Aplicado, discreto y de pasiones contenidas. Puede permitirse trabajar en un pueblo remoto porque está soltero. Es la triste realidad. Es imposible convencer a una española joven, para que se venga a vivir al campo. En el resto de Europa no es así.
Jose Angel sabe mucho. Discutimos de plantas. Suelo pedregoso de blandas piedras calizas. La omnipresencia del Quejigo, tolerante a suelos calizos y sequías. Aulagas y matorral bajo semidesértico conformando las estepas más allá de las arboledas.
Alguna corza sale disparada cruzando las claras.
Llegamos al cerro de los molinos. Gigantes encadenados que gimen. Inexorables en sus aspavientos confundiendo a Quijotes y afeando el paisaje. Son vergonzante monumento al sinsentido de los tiempos que nos han tocado vivir.
En toda su vida útil apenas producen la electricidad necesaria para pagar su construcción. Producen energía limpia. Que es aquella inventada para limpiarnos los bolsillos elegante y solidariamente, con perspectiva de género. Ya van cayendo del burro y empiezan a aceptar de mala gana que lo único fiable son las centrales nucleares.
Al borde del nuevo camino de los molinos nacen espontáneamente los chopos. La suave brisa orea las sonrisas. Ausencia casi total de saltamontes. Tampoco mariposas. Apenas hay insectos. En mi juventud a cada paso salían multitudes. Abajo en el valle el mosaico irregular de cultivos. Pipas y cereales.
En las estribaciones Zarzamora, escaramujo, y espino albar conformando matorrales. Lejanas fresnedas de fraxinus angustifolia. Pequeños pueblos adorables de casas de piedra, detenidos en el tiempo. Con fuente de abrevadero «para las bestias».
Rasgando el horizonte el misterioso castillo árabe de la Riba. Todo parece un maravilloso grabado de Doré escapado de sus ilustraciones del Quijote. En los cerrillos semiderruidas tapias de piedra que sujetaban las ovejas. Que titánica trabajera la de aquellas gentes para sobrevivir. Tras la cosecha bajarían para aprovechar los rastrojos. La omnipresente oveja. Hoy en inquietante desaparición. Vuelve Machado:
Castilla de los negros encinares!
Labriegos transmarinos y pastores
trashumantes -arados y merinos-
labriegos con talante de señores,
pastores del color de los caminos.
Castilla de grisientos peñascales,
pelados serrijones,
barbechos y trigales,
malezas y cambrones.
Castilla, azafranada y polvorienta,
sin montes, de arreboles purpurinos
Castilla visionaria y soñolienta
de llanuras, viñedos y molinos.»
Los corzos lejos. Todos jóvenes. Desconfiados ladrando y dispuestos a huir. Empiezan a revolverse las hembras. El guarda se sorprende cuando le cuento que en Europa los corzos se cazan siempre desde torretas. Incluso muy bajas de poco más de 1 m. Su teoría es que en sus terrenos, siempre abiertos, los corzos así no se marchan. Reconocer gente es lo que más les espanta.
Nuestra idiosincrasia fue agruparnos para defendernos en los mil años de luchas contra los moros
También el paisaje es muy diferente al de Europa. Lo lógico serían casas desperdigadas cerca de la labranza. Pero nuestra idiosincrasia fue agruparnos para defendernos en los mil años de luchas contra los moros. De ahí la poca vivienda aislada, sobre el terreno de labranza como en el norte de España, donde apenas estuvieron los moros y el resto de Europa, donde nunca llegaron.
Aquellos moros que nos invadieron. Otro mito. En casi mil años apenas entraron 50.000 invasores. Una menguada élite Siria que despreciaba a las mesnadas de beréberes. 50 al año. Una gota en el océano de los entonces 5 millones de habitantes. Conservamos hoy una ridícula proporción de ADN norteafricano. La desazonadora realidad es que los moros éramos nosotros. Mismos hispanogodos con diferentes costumbres, lengua y vestimenta. Y sobre todo religión. Lo mismo sucede hoy entre israelíes y árabes. Los mismos perros con diferente collar.
A lo lejos la cabeza de partido de los legitimistas Reyes Castellanos. La casa solar del ducado de Medinaceli.
Alfonso X tuvo varios hijos. Fernando, el heredero, murió combatiendo a los moros. Tenía dos hijos muy pequeños, los infantes de La Cerda. Llamados así por nacer con pelo en el pecho. Eran tiempos duros. Acuciado por la necesidad, su enérgico hermano apoyado por la nobleza arrebató el trono y se convirtió en Sancho IV «el bravo». Casado con María De Molina. La Reina diplomática, Quedó como regente a la muerte de Sancho y supo preservar el trono para su hijo Fernando IV y su nieto Alfonso XI. Los infantes de la Cerda serán los antepasados de los duques de Medinaceli.
Sobre el mosaico del Valle los corzos entran tímidamente en los trigales. Cayó en mayo una helada que malogró pastos y siembras.La hierba enmontada quedó a cubierto. Los corzos se quedan comiendo dentro del monte y no les tienta aún salir a las claras.
Cazar es para mi recechar también la vida intentando comprender lo que veo, y como evolucionaron tierras y gentes. En el fondo es buscar respuesta a los eternos interrogantes:
¿Quién somos? ¿De dónde venimos? El tercero me da cada vez más miedo ¿Hacia dónde vamos?
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero