Siembra, que no cae en saco roto
Dejo volar mi imaginación a tierras galas. Repaso los aciertos y los desatinos de esos tres días cazando corzos. Hago examen de conciencia de lo que hicimos mal, de lo que pudimos hacer mejor y de lo que hicimos bien
La autora, con un corzo.
Son las tres de la madrugada. Acabo de llegar a mi casa en el campo. Mi refugio veraniego, el que me obsequia con paz y tranquilidad ante el ajetreo de playas y chiringuitos. Estoy desvelada y con ganas de recoger en estas líneas los pensamientos que han volado por mi cabeza en las dos horas previas.
Los últimos ciento veinte minutos los he pasado al volante. Me gusta conducir de noche, me gusta la velocidad, me gusta saber que el destino que me aguarda —cuando el alba llame a la puerta— tiene vistas al río Huebra, a encinas centenarias y a vacas con encornaduras poderosas. ¿Qué tendrá la querencia al hogar que nos hace engullir los kilómetros a ritmo de boga de combate? ¿Será porque en él te desnudas al completo y te muestras tal como eres?
Dos eran las personas que ocupábamos el auto: la que aquí escribe y, de copiloto, mi mejor amigo, mi compañero de vida, mi marido. Él, dormido, y yo, con los ojos puestos en el asfalto y mi mente en nuestra última cacería juntos. De fondo, a bajo volumen, acompasa mi peregrinar por la meseta castellana Kenny Rogers. Me encanta; descubrí su música allá, a finales de los 90, en Las Ahijaderas, casa de mi querido amigo Alfonso Sánchez-Fabrés.
En la «calma» de la oscuridad y del silencio, con el maestro del country y una luna perezosa en su cuarto menguante como únicos testigos, dejo volar mi imaginación a tierras galas. Repaso los aciertos y los desatinos de esos tres días cazando corzos. Hago examen de conciencia de lo que hicimos mal, de lo que pudimos hacer mejor y de lo que hicimos bien.
Con el petate preparado y con más ilusión que kilómetros de distancia, pusimos rumbo a Francia. Tres éramos los aventureros de esa expedición soñada desde meses atrás: dos adultos y una niña a la que le supura afición por cada poro de su piel. Una afición que a sus doce años ya quisieran poseer muchos de los que alardean de ella. Estudia gateras y comederos cuando el caballo es su asiento; prepara esperas y bañas; levanta puestos con escobas y carrascos arañándose las manos; y… ¡cómo tira! Corre la mano y mantiene el pulso antes de apretar el gatillo.
Una, que es cazadora de cercanías —plagiando la expresión usada por mi admirada Carmen Basarán—, estaba emocionada ante las expectativas puestas en esos días en el país vecino. No me defraudó lo que vi en nuestra primera salida: un bosque oceánico donde hayas, robles, plataneros y acebos querían acariciar el cielo con las últimas hojas que decoraban sus copas; maizales altos y apretados que competían en salud y hermosura con los girasoles, ¡sin olvidar los prados verdes salteados en el monte donde divisábamos nuestra tentación encarnada en pequeños cérvidos!
La autora, con uno de los corzos.
Hicieron falta pocos minutos para ser consciente de que la densidad del Capreolus capreolus era de primera división, de una liga superior respecto a los lares en los que una acostumbra a moverse; y si ya hablamos del trocito de tierra en el que habito, ni qué decir: solo buitres, cigüeñas, milanos, zorros, garduñas y meloncillos es lo que hay en abundancia.
Las jornadas de caza se sucedieron. Vivimos unos lances maravillosos, muchos de los cuales fueron sin ni siquiera encararnos el arma, solo usando los prismáticos, cómplices de esas imágenes tan bellas. El que hacía las veces de guarda nos hechizó con el uso del buttolo, dejando al flautista de Hamelín en un simple hazmerreír. Algunos machos y hembras llegaban, gracias al reclamo, hasta nuestra mismísima sombra; una delicia para cualquier amante de la naturaleza.
Con el celo recién despierto, disfrutaba de esos corros de brujas pateados por los actores del drama: ese don Juan persiguiendo a su amada y ella dándole largas cambiadas
En el ecuador de la cacería el tiempo cambió y los pronósticos meteorológicos se cumplieron: la temperatura había bajado casi diez grados de golpe y la lluvia prometía hacer acto de presencia. Con menos de dos luces —más bien una llamada penumbra—, oteamos un nuevo prado y vimos a una pareja de corzos. Estaban lejos; había que acercarse y valorar el trofeo. Caminamos unos doscientos metros, nos detuvimos y montamos la vara, al mismo tiempo que el agua decidió descolgarse del cielo, introduciéndose por el cuello de mi camisa y escurriéndose por las muñecas mientras sujetaba el rifle. No me importaba; lo que veía me tenía embelesada. Con el celo recién despierto, disfrutaba de esos corros de brujas pateados por los actores del drama: ese don Juan persiguiendo a su amada y ella dándole largas cambiadas.
De repente desaparecieron; el bosque se los tragó. Esperamos. Seguimos esperando. La noche ganaba cada vez mayor protagonismo y la lluvia seguía cayendo. Mis pensamientos agitados me decían: «Has perdido la oportunidad, mañana será otro día», cuando quiso el destino, traidor y villano, que un animal se asomara a la linde del hayedo. Lo apunté, lo volví a apuntar. Vi que era un macho. Apreté el gatillo. El corzo cayó sobre sus patas. Con alegría volví la cabeza hacia mi marido y mi sobrina, que se habían quedado rezagados para no ser multitud al hacer la entrada. Nos acercamos —yo, triunfadora, con el ego suspendido sobre mi cabeza— y lo vimos… ¡No me lo creía! ¡Qué disgusto, qué rabia! El corzo que había cazado era un jovenzuelo, un horquillón.
Solo un cazador puede entender los sentimientos que afloraron en ese momento en mi interior. Mi familia intentaba quitarle hierro al asunto, pero yo seguía rumiando el despropósito cometido. En uno de esos desahogos comenté: «No voy a llevármelo». Fue entonces cuando esa niña de doce años, dejando pasar las horas hasta ver prudente su intervención, me dijo: «Tía Tina, tú me has enseñado que cuando se mata libremente a un animal siempre se llevan los cuernos y, si no, no se tira».
Ese pequeño trofeo lucirá en el recibidor de mi casa y, cuando alce la vista hacia él, no solo recordaré el lance tan magnífico que viví, sino cómo mi sobrina me recordó que hay que poner por obra lo que se predica.
- Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, máster de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá